Editorial
Cuánto durará la luna de miel de Milei
Por Leandro Bruni
El interrogante que se nos plantea para los próximos meses es si Milei va a poder sostener este concepto de "cambio" o si la cada vez más liquida opinión pública le dará la espalda.

James Madison, el cuarto presidente norteamericano, decía que "todos los gobiernos descansan en la opinión (pública)"; podríamos agregarle, sobre todo si el que llega a la Presidencia lo hace sin un partido político robusto, sin un número de legisladores necesario para materializar leyes y evitar el juicio político, y sin los equipos políticos y técnicos necesarios para poner en marcha los numerosos ámbitos de decisión en la administración nacional. De todo ello se estuvo encargando por estos días el presidente electo y sus colaboradores más íntimos. Sin embargo, este es, desde 1983, el gobierno que más dependerá de la indómita opinión pública. Se trata de un aliado poderoso, pero inestable; imprescindible, pero voraz; embriagador, pero fugaz. ¿Cuál es el contrato intangible que Milei hizo en campaña y que necesitará satisfacer -o por lo menos, estimular- para suscitar su apoyo en los turbulentos tiempos que recién inician?

Una de las evidencias de la crisis generalizada que la política latinoamericana atraviesa en los últimos años es el de las "luna de miel" cada vez más breves. Ese período inicial en el que un nuevo mandatario asume y puede tomar decisiones complejas respaldado en el fervor de los comicios, el beneplácito de una oposición acomodándose y el resto de los actores expectantes por el nuevo gobierno, es cada vez más efímero. La literatura especializada hablaba de los primeros 100 días de gobierno, pero en términos empíricos podríamos identificar el fin de la luna de miel cuando la aprobación del gobierno cruza la desaprobación. Ese rechazo de la opinión pública hacia la gestión es el inicio de un efecto dominó sobre otras acciones como la parálisis legislativa, el endurecimiento del periodismo, la efervescencia de actividad sindical, distintos procesos judiciales en contra del gobierno y funcionarios, entre otros. Es probable que algunos de estos fenómenos ocurran incluso con una opinión pública favorable al gobierno, pero la experiencia indica que es un factor desmotivador. Alberto Fernández tuvo 7 meses de luna de miel (6 menos que su antecesor Mauricio Macri); Jair Bolsonaro tuvo 6 meses (12 menos que Dilma Rousseff); el ecuatoriano Guillermo Lasso tuvo 5 meses (7 menos que Lenin Moreno) y no pudo concluir su mandato; el chileno Gabriel Boric tuvo apenas medio mes (5,5 meses menos que Sebastián Piñera); el peruano Pedro Castillo nunca tuvo una aprobación positiva y su gobierno terminó abruptamente al año y medio de asumir.

Las expectativas sobre las acciones del nuevo presidente son muy altas. Este año, casi 9 de cada 10 encuestados querían algún tipo de cambio y, en consecuencia, 7 de cada 10 electores votaron en las elecciones generales por una expresión de la oposición. Milei ganó porque fue el que mejor expresó el concepto de lo disruptivo, lo diferente, el cambio. El interrogante que se nos plantea para los próximos meses es si va a poder sostener este concepto de "cambio" o si la cada vez más liquida opinión pública le dará la espalda. Para intentar dilucidar sobre qué trata este "cambio", la pregunta es qué votaron los que votaron a Milei. Ningún estudio sostiene que los votantes de Milei son fanáticos de la Escuela Austríaca, privatizadores convencidos o arengadores de una dolarización inminente. De hecho, cuando se les preguntaba a muchos votantes de Milei por estas propuestas, una frase recurrente en los grupos focales era "no creo que haga esto cuando sea presidente". En consecuencia, uno podría preguntarse qué racionalidad guía a alguien que vota a un candidato suponiendo que no va a cumplir aquello que está prometiendo en campaña.

Es cierto que un porcentaje de los votantes -sobre todo en las PASO- vió en este candidato alguien que expresaba propuestas liberales y de menor intervención del Estado en la cotidianeidad de los individuos; es cierto que este candidato logró canalizar el descontento de la gente hacia la política y la falta de resultados positivos; es cierto que un porcentaje del voto de Milei votó por antikirchnerista -sobre todo en el balotaje-; Sin embargo, la mayoría de los votantes de Milei lo votó por un mismo motivo: la promesa de vivir mejor. Ese es el "cambio" que muchos argentinos vieron en Milei y que los llevó a votarlo en las PASO, en las Generales y en el Balotaje. Un cambio que, como es lógico, los votantes querrán ver materializado en sus bolsillos. No alcanza con el mero recambio de algunos nombres en la política o los tan mentados "gestos de austeridad" como el cierre de empresas públicas, el recorte de privilegios políticos o el despido de "ñoquis".

Milei llega a la Casa de Gobierno como un disruptivo, como un outsider, como alguien que desentona respecto al resto de los políticos. Sin embargo, no es una figura nueva en el panorama de la región. Entre los últimos antecedentes están, cada uno con su estilo, Boric, Bolsonaro, Lasso y Castillo. Estos son tiempos propicios para que un llamativo outsider llegue a presidente, pero no en todos los casos le ha sido fácil gobernar. El interrogante es si la suerte del gobierno de Milei será como el de Bolsonaro y Boric o, por el contrario, como el de Lasso y Castillo. Gran parte de esa respuesta tendrá que ver con la capacidad de gestionar las expectativas que le otorgaron su triunfo este año. Por lo pronto, ya comenzó el operativo para moderar estas expectativas con plazos corridos, promesas dilatadas y el anuncio del propio Sinaí que atravesar antes de llegar a la tierra prometida. Terminó la campaña; comenzó el gobierno.

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