Editorial
¿Extorsión o adaptación? Las opciones peronistas
Por Hernán Madera
El atentado forzó a un PJ cada vez más débil a mirarse al espejo.

Tulio Halperín Donghi etiquetó al antiperonismo de 1952 como "el irreductible tercio". Hoy, el irreductible tercio es el peronismo. Ese trayecto de setenta años, en que quedaron la mitad de los votos en el camino, es el que le plantea un dilema al gran movimiento político argentino que empieza a despedirse de Balcarce 50. ¿Se enoja y amenaza al resto país con el caos o se adapta?

El descenso del PJ

En febrero de 1946, la derecha que gobernó durante la década del fraude no fue aceptada en las listas de la Unión Democrática, la coalición contra Juan Perón. Hoy, la derecha encabeza esa coalición, que tiene nuevo nombre: Juntos por el Cambio. ¿Por qué antes la echaban y ahora lidera? Porque la decadencia de la economía peronista es cada vez más insoportable y los innombrables de 1946 son los únicos que siempre propusieron algo verdaderamente distinto.

Podemos probar el declive del PJ de otras maneras. La euforia de los mejores años kirchneristas fue menor a la euforia de los mejores años de la convertibilidad y esos años, a su vez, fueron menos mágicos que los de la primera presidencia de Juan Perón. Es por eso que Perón pudo redactar una constitución totalmente nueva, Carlos Menem sólo pudo reformarla y Néstor Kirchner ni siquiera pudo tocarla.

Entonces, lo que está sucediendo no es que el no-peronismo va ocupando los espacios del PJ, es que el peronismo se agota lentamente porque no puede cumplir ni su gran promesa, la movilidad social, ni tampoco las anexas como sostener el orden.

El peronismo ya no promete ni la Nueva Argentina de 1945 ni la Argentina Potencia de 1973 ni la Argentina Primer Mundo de 1994. El último logro peronista fue, en palabras de Cristina Kirchner, "ganar una década". Usted, estimado lector, puede trazar la línea descendente en los relatos eufóricos de los herederos de Juan Perón.

Las fortalezas

Pero, aún reducido al 30%, el PJ tiene fortalezas obvias. La épica de desplazar al poder oligárquico le sigue perteneciendo: de ahí viene, por ejemplo, el recuerdo de esa chica del interior bonaerense que humilló a grandes apellidos "con olor a bosta de vaca", Eva Duarte. El poder sindical es parte del PJ: Argentina sigue siendo el país con la sindicalización más alta de la región: 37%. Y la contención de buena parte de las personas que viven debajo de la línea de la pobreza también es parte del círculo de influencia del peronismo. Como acertadamente afirma el politólogo Pablo Touzón, el PRO y la UCR renunciaron a conducir a esos millones de argentinos.

Además, una figura con rasgos míticos es la líder del movimiento. El atentado que sufrió hace unos días se suma como clímax a la historia de la joven setentista que atesoró duras lecciones en los años de dictadura, a la compañera del intendente Néstor Kirchner en su acumulación originaria de poder, a la senadora rebelde expulsada del bloque menemista, a la primera dama que se preparaba para ser la pieza subordinada en el esquema de sucesión intercalada y a la presidenta que estatizó las AFJP e YPF.

Esa figura mítica que vive la mayor parte del tiempo encerrada en su departamento es la guardiana de que el peronismo no se vacíe por dentro. Es decir, que el PJ no siga el camino ni del PRI mexicano ni del Partido Colorado uruguayo. Porque un peronismo que ordena las cuentas, un peronismo que no sobrevalúa la moneda ¿es un peronismo que reelige? Cristina se dio una respuesta con la derrota de 2009: No. Por eso fue que, a partir de 2010, se produjo lo que la economista Marina Dal Poggetto denominó "el asesinato de la macroeconomía": el tipo de cambio se sobrevaluó aún más que durante la convertibilidad haciendo explosivas las moratorias previsionales, la reapertura generalizada de las paritarias, el aumento geométrico del empleo público y la fuga de divisas que nos caracteriza. Todo eso hubiese podido continuar con un dólar recontra alto. Y esa era la idea inicial. Pero una economía peronista es una economía para la reelección.

¿Extorsión?

Mayo 2024. El personal de Aerolíneas Argentinas acampa en las pistas de aterrizaje. Los sindicatos del transporte se encuentran en paro por tiempo indeterminado. Beneficiarios de planes sociales conducidos por Juan Grabois y Emilio Pérsico rodean Nordelta y los clubes de campo más exclusivos. El sindicato de camioneros bloquea el puerto cerealero de Rosario y los yacimientos de Vaca Muerta. El conurbano se convierte en una gran zona liberada. Colapso.

Si este panorama se diese con el peronismo del 60% y en un contexto de dictadura, lo podríamos llamar "resistencia" como lo llamó el historiador Daniel James, pero, como en 2024 el peronismo será minoritario en un contexto de democracia consolidada, tenemos que rotularlo con otra palabra menos romántica: extorsión.

El nerviosismo en la CGT es indisimulable porque la CGT necesita una contraparte pejotista fuerte en el Congreso. Al fin y al cabo, en febrero de 1984, el proyecto de ley de democracia sindical fue rechazado por un solo voto en el senado. Cuarenta años después, los sindicatos no tendrán esa fuerte contraparte legislativa.

Si esta extorsión se da, puede tener el efecto opuesto al que tuvieron los trece paros generales contra Raúl Alfonsín o el caos de diciembre de 2001. El PJ podría estar transitando el mismo camino que el fujimorismo en Perú: conseguir paralizar al país pero, aún así, quedarse fuera de Balcarce 50.

¿O adaptación?

La derecha liberal argentina sigue dejando libre el espacio de la modernización y desarrollo del país. Porque su modelo es el modelo chileno con dos diferencias clave: mucha deuda pública -Chile la mantuvo muy baja por veinte años- y sin ninguna CODELCO, la minera estatal que engrosa las arcas del tesoro. Es decir, un modelo poco serio.

Como ese sigue siendo el plan económico de nuestra derecha, no sorprende que Mauricio Macri haya dicho que una empresa que es un orgullo nacional como INVAP "gana licitaciones en Europa gracias a Máxima Zorreguieta", o que Patricia Bullrich haga chistes sobre entregar las islas Malvinas o que pida frívolamente una "salida negociada" a nuevos conflictos limítrofes que no fueron iniciados por la Argentina como el del Pasaje de Drake, o que a Horacio Rodríguez Larreta se le haga agua la boca ante la perspectiva de poder rematar no sólo las acciones de la ANSES sino también miles de inmuebles y terrenos que le pertenecen al Estado. En definitiva, nuestra derecha liberal cree que se puede llegar al desarrollo vaciando al país.

Este espacio que no ocuparán ni Larreta ni Bullrich ni Javier Milei puede ser tomado por un peronismo que ahora se tiene que adaptar mucho más que en el pasado a los límites de la república, especialmente a los límites temporales en el cargo.

Conclusión

La mayor pregunta es si los dirigentes peronistas pueden renunciar a la ambición que arruinó los dos despegues económicos en sus gestiones, el de 1991 y el de 2003: la reelección indefinida. Los arruinó porque, para conseguir ese fin, se tuvo que detonar el gasto y sostener el tipo de cambio privatizando o expropiando lo que se encontraba al paso.

¿Puede ser el PJ el partido del desarrollo? Que esta administración peronista no nos esté dejando ni una empresa ni una estrategia nacional con el recurso del litio (como lo están haciendo México, Bolivia y Chile)  no es un buen augurio.

Lamentablemente, estimado lector, la respuesta a cómo resolverá el peronismo este dilema no está en estas líneas.

La respuesta estará en las conversaciones y en los soliloquios que cada día se suceden en algún lugar de un departamento en la calle Juncal.

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