Editorial
Cruzando el Rubicón
Por Gonzalo Arias
El gobierno de Milei parece adentrarse en un territorio que ya parece marcarle los contornos de un campo de acción que probablemente no sea tan amplio como anhelaría en función de sus aspiraciones fundacionales.

Pasaron los tan mentados primeros 100 días de gobierno del presidente Javier Milei. Un experimento político sin precedentes en la historia política parece dejar así atrás lo que los analistas políticos suelen llamar la "luna de miel", una suerte de periodo de gracia que se desprende de la legitimidad de las urnas y que suelen tener todos los presidentes para poner en marcha sus planes, proyectos e ideas, mientras sus votantes y, sobre todo, aquellos que no los votaron observan con relativa paciencia los primeros pasos de los nuevos inquilinos del poder para, una vez transcurrido .

En este contexto, los presidentes suelen aprovechar ese periodo para avanzar con las decisiones o medidas más complejas, drásticas o difíciles, conscientes de que disponen de un gran capital político para respaldarlas, y que la oposición que acaba de perder las elecciones suele oscilar entre las disputas internas por la asignación de responsabilidades de la derrota, la fragmentación fruto de la erosión de coaliciones electorales que no tuvieron éxito y la prudencia frente a la legitimidad de un presidente recién electo.

Los primeros 100 días de Javier Milei no son la excepción a esta suerte de axioma, aunque como en muchos aspectos propios de un proyecto rupturista e inédito, ha procurado hacerlo con una fórmula que combina aspectos novedosos con otros más conocidos.

Así, a lo largo de algo más de tres meses sentado en el "sillón de Rivadavia", Milei avanzó en un brutal y profundo plan de ajuste sin precedentes en nuestra historia: devaluación, achicamiento de la estructura estatal, reducción de subsidios y de transferencias a las provincias, freno a la emisión monetaria, amplísima desregulación de amplios sectores de la economía, generalizada liberalización de precios, entre otras medidas tendientes -según su plan- a reducir la inflación y combatir el déficit fiscal.

Con una sociedad hastiada de los fracasos recurrentes y las promesas incumplidas de los sucesivos gobiernos y, en el marco de una profunda crisis económica y social, Milei no solo allanó su camino hacia el poder sino que también pudo imprimirle a su gestión un ritmo frenético ante el desconcierto y la inmovilidad de una dirigencia política tradicional aletargada por efectos no solo de la crisis de representación y credibilidad, sino por la perplejidad que le genera el apoyo popular a las medidas de ajuste que se sienten en todos los bolsillos.

Como evidencia de este fenómeno de opinión pública que pareciera trascender incluso la figura del propio Milei, el gobierno retiene un apoyo popular de entre el 45% y el 55%, según diversas consultoras. Sin embargo, cruzando el Rubicón que separa la "luna de miel" con un periodo de mayores exigencias, demandas y urgencias, el gobierno de Milei parece adentrarse en un territorio que ya parece marcarle los contornos de un campo de acción que probablemente no sea tan amplio como anhelaría en función de sus aspiraciones fundacionales.

Limites que derivan de, al menos, dos variables muy significativas. En primer lugar, de su constante choque con la política que, más allá de su encuadre en la narrativa anti-casta y del respaldo popular, le ha venido generando problemas para convertir sus promesas en normas y políticas concretas. Una situación que, por cierto, parece ser más fruto de las propias carencias de un gobierno muy concentrado en la figura presidencial, sin figuras de peso en la toma de decisiones y con una concepción negativa del dialogo y los consensos, que responsabilidad de una proporción importante de la oposición que ha venido dando gestos claros de colaboración y apertura.

El fracaso legislativo de la ambiciosa Ley de Bases, el rechazo en el Senado del DNU 70/23, y las dificultades que se avizoran en relación a la nueva versión -reducida- de la malograda ley, son algunos indicios de estos límites. El interrogante, en este caso, radica en hasta cuando la asignación de supuestas responsabilidades de la casta será funcional para conservar el respaldo popular, mientras el ajuste se profundiza en un escenario recesivo y el gobierno no logra transformar lo que entiende son victorias simbólicas en resultados concretos. En otras palabras, reaparece el viejo problema de la satisfacción de las expectativas generadas.

Y, en segundo lugar, los limites inherentes al camino elegido por el propio Milei desde el mismísimo acto formal de asunción de espaldas al Congreso de la Nación. Un camino que, en lugar de avanzar prioritariamente con medidas de corrección económica que tenían amplio respaldo de la opinión pública y de actores económicos, se empecinó con su propia versión de la voluntad kirchnerista de "ir por todo": con una interpretación sesgada del mandato de las urnas, convencido de estar ante una oportunidad histórica para torcer de una vez y para siempre el destino de la Nación que tiene la obligación de aprovechar cueste lo que cueste y a como dé lugar, se inclinó por librar una "batalla cultural" de amplio espectro.

La intransigencia ante los que "no la ven", la agresividad rayana con el insulto que destila el propio presidente en sus redes sociales, la intolerancia e impaciencia que caracteriza su casi imposible relacionamiento con el sistema político, la manifiesta falta de empatía frente al sufrimiento ajeno, su desdén por toda negociación o consenso -que asimila a contubernio o pactos espurios-, el "principio de revelación" con que busca exponer las prácticas de la casta, parecen agotarse y mostrar sus limitaciones para pasar del plano discursivo a las transformaciones reales. Y, si ese particular humor social que lo ha venido sosteniendo comienza a cambiar ante la percepción de una frustración de expectativas, la gobernabilidad podría convertirse en un problema muy acuciante y real.

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