Editorial
Malvinas y el espejismo de Washington
Por H. Lenz y J. Sersale
Repetir hoy, 44 años después, la fascinación por las señales provenientes de Washington es complicidad, torpeza política y ceguera estratégica.

Hace apenas unas semanas sostuvimos en estas páginas que la causa Malvinas se encuentra resguardada por un latido identitario profundo. La bandera con la leyenda "Las Malvinas son argentinas" que los jugadores de la Selección desplegaron tras la semifinal contra Inglaterra en el Mundial 2026 no fue una simple anécdota deportiva o un espectáculo mediático: fue la manifestación viva de una sociedad que, más allá de la apatía u omisión de las élites políticas, mantiene el reclamo de soberanía anclado en su memoria colectiva.

Poco después, la realidad geopolítica puso a prueba la vigencia de ese latido. Analizamos entonces el avance de las perforaciones en el yacimiento Sea Lion, proyecto en el Atlántico Sur impulsado por una joint venture entre Navitas Petroleum -con fuerte presencia de capital israelí- y la británica Rockhopper Exploration. Aquella nota subrayó la contracara dramática de la diplomacia argentina: un silencio oficial estruendoso frente a la enajenación material de recursos marinos, energéticos y estratégicos. La soberanía, advertimos entonces, no se pierde solo por la fuerza de las armas, sino también por la paulatina naturalización del despojo sobre el propio territorio.

Malvinas y el espejismo de Washington

En estos días, el debate abierto suma un nuevo capítulo. Ante las recientes declaraciones de Donald Trump sugiriendo que Estados Unidos podría "revisar" su postura histórica en la disputa de Malvinas, la diplomacia oficial no tardó en aferrarse a la frase con entusiasmo desmedido. El antecedente histórico es contundente: en 1982, sectores de la Junta Militar interpretaron como favorable el clima en Washington, alimentados por una lectura parroquial y miope de los alineamientos regionales y la retórica anticomunista. En noviembre de 1981, con el gobierno de Viola agonizando, durante la XIV Conferencia de Ejércitos Americanos celebrada en Washington, Galtieri fue bien recibido por altos funcionarios de la administración Reagan y, tras una cena en la residencia del embajador argentino, el consejero de Seguridad Nacional Richard Allen comentó que le parecía "un hombre de una personalidad majestuosa". 

De ahí derivó el mote de "general majestuoso", que halagó profundamente al dictador y reforzó su convicción de contar con un margen de maniobra que, en los hechos, no existía. Esa ilusión se quebró la mañana del 1° de abril, cuando el propio Ronald Reagan se comunicó a Leopoldo Galtieri para solicitarle que detuviera la operación en curso; a lo cual Galtieri respondió que "ya era demasiado tarde". Lo que sigue es historia conocida. En plena Guerra Fría, Estados Unidos priorizó a su aliado histórico y socio estratégico, proveyendo a Londres inteligencia satelital y de señales, comunicaciones, misiles Sidewinder AIM-9L aire-aire, Harpoon antibuque, Shrike antirradar y Stinger de defensa antiaérea portátiles, además de apoyo logístico y facilidades de uso de bases estratégicas como Ascensión para facilitar las operaciones inglesas. 

Repetir hoy, 44 años después, aquella fascinación por las señales provenientes de Washington es complicidad, torpeza política y ceguera estratégica. Aquellos halagos de Allen en 1981 no alteraron un solo milímetro los intereses estratégicos de Estados Unidos; del mismo modo, las frases transaccionales de Trump en 2026 no modifican la arquitectura de poder que sostiene la presencia británica en el Atlántico Sur. En ambos casos, la seducción por el reconocimiento externo opera como un espejismo que distrae de lo esencial.

Malvinas y el espejismo de Washington

La pretensión de encontrar un "padrino externo" que resuelva de un plumazo lo que la propia política de Estado no defiende en el territorio es una vieja trampa del pensamiento periférico. Las declaraciones del mandatario estadounidense no responden a una repentina sensibilidad hacia los derechos legítimos de la Argentina, sino a las presiones domésticas y globales que ejerce sobre sus socios de la OTAN en materia de gasto militar. Utilizar la Cuestión Malvinas como moneda de cambio o palanca de coerción dentro de las disputas internas de las potencias anglosajonas no cambia la condición colonial del archipiélago ni garantiza la restitución de nuestros derechos.

La extraña idea de que EE.UU. puede resolver la cuestión de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos que las circundan solo con una vuelta de tuerca y forzar a Gran Bretaña a una negociación es, por lo menos, poco probable. No solo porque nuestro país no ofrece capacidades disuasivas de ningún tipo, sino porque Washington no parece estar en condiciones de forzar a Londres a resignar su posicionamiento estratégico en el Atlántico Sur, especialmente después de ver como la situación en Ormuz empeora afectando a países aliados, la guerra en Europa no cede y parece extenderse silenciosamente sobre todo el flanco oriental del viejo continente y China fortalece su posicionamiento en torno al Mar de la China meridional. Mientras todo esto ocurre, las elecciones de medio término en los Estados Unidos amenazan con asestar a Trump un revés de consecuencias inusitadas de cara al final de su mandato.

Por su parte, el gobierno argentino, carente de una política exterior orgánica, comete el error de asumir que las relaciones personales y la sintonía fina ideológica pueden sustituir a la estrategia y los intereses nacionales. Las declaraciones de Trump no deben ser interpretadas como un ‘giro geopolítico', sino como el reflejo de un estilo comunicacional volátil y transaccional. Interpretar únicamente lo que se desea interpretar -sesgo de confirmación, tal como ocurrió en 1982- equivale a dar un paso al frente al borde del precipicio, confundiendo la retórica de ocasión de un líder extranjero con un compromiso real con la soberanía argentina.

Asistimos a una suerte de diplomacia de la ilusión, hiperactiva en la sobreinterpretación de gestos y retórica de aliados ideológicos, amplificada por el aparato de propaganda paraestatal (el ecosistema de streaming, influencers y militancia digital financiado desde el propio entorno gubernamental). Mientras esa militancia digital celebra frases como "I always review every position" formuladas desde Washington como si fueran victorias históricas, el canciller Pablo Quirno permanece en silencio ante los hechos concretos: el lecho marino argentino sigue siendo licitado, explorado y saqueado en el marco del proyecto Sea Lion sin que desde la cartera a su cargo se ejerzan las acciones legales, diplomáticas y multilaterales que la gravedad del caso exige.

El contraste no podría ser más nítido. Por un lado, el "latido identitario" demostrado en la cultura popular y los símbolos nacionales sigue vivo, pulsando de abajo hacia arriba de forma innegociable. Por el otro, la gestión gubernamental parece navegar entre dos aguas estériles: el sometimiento cómplice ante la depredación de los recursos o la ingenua esperanza de que una potencia hegemónica haga el trabajo diplomático que la Argentina renuncia a hacer por sí misma.

Recuperar una estrategia soberana sobre Malvinas y el Atlántico Sur requiere librarse del autoengaño. La causa no se resolverá en los márgenes de una negociación ajena ni celebrando giros tácticos de líderes extranjeros que hacen de la impredecibilidad su principal herramienta de control. Para ello, es imprescindible que la Argentina recupere el respaldo de las naciones vecinas, devolviéndole a la causa Malvinas su densidad geopolítica latinoamericana. Esto exige abandonar de una vez la ‘diplomacia de trinchera' y silenciar las imprudentes intervenciones de jefes militares cuyos exabruptos desentonan con la prudencia y el equilibrio que demandan las relaciones internacionales. Solo así la política exterior volverá a sintonizar con la firmeza del latido de su pueblo, transformando la memoria histórica en una defensa intransigente de nuestras Islas Malvinas, nuestra plataforma continental, nuestros recursos y nuestra proyección antártica.

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