Editorial
El costo del divorcio geopolítico con Brasilia
Por H. Lenz y J. Sersale
Sin visión estratégica, la política exterior argentina se reduce a eslóganes de ocasión.

Sin visión estratégica, la política exterior argentina se reduce a eslóganes de ocasión, retórica disonante y viajes repetitivos que acotan nuestra proyección internacional. Javier Milei subordina los intereses permanentes de la Nación a la afinidad ideológica, la agenda electoral doméstica y la proyección de su figura en el escenario transnacional.

La República Federativa del Brasil es nuestro aliado estratégico en el frente Atlántico. Nos une un espacio geográfico continental común, que se extiende al oceánico con proyección al sur del Mar Argentino y al Continente Antártico. Alrededor de 1236 km de frontera compartida entrelazan los destinos de ambas naciones. Extendido desde la pampa húmeda al Mato Grosso y los estados del sur brasileño, uno de los corredores agroindustriales más eficientes del planeta abastece la demanda global de materias primas estratégicas. Soja, maíz, trigo, carnes y maquinaria agrícola producida con los más elevados estándares internacionales. La coordinación logística, sanitaria y portuaria convierte a este bloque regional en un actor más relevante que los Estados Unidos, apalancado en la competitividad de los productores, la fertilidad del suelo, el estándar tecnológico y la escala demográfica.

Si la geografía determina la relación bilateral, la política la diseña y le da contenido. Dinamitar caprichosamente el vínculo histórico con nuestro aliado estratégico con exabruptos intempestivos significa ignorar más de dos siglos de aprendizaje de los estadistas que encauzaron la relación por el complejo sendero de la paz, la cooperación y la confianza. Cuando la diplomacia deja de responder al interés nacional, se transforma en un cascarón vacío donde la improvisación reemplaza al rumbo estratégico.

Desde la perspectiva del análisis político, la sobreactuación del conflicto externo suele emerger cuando la gestión doméstica enfrenta tensiones estructurales. Lejos de responder a tensiones geopolíticas reales, la crisis diplomática entre ambos países responde al desborde emocional, al impulso y la intemperancia de un primer mandatario fuera de eje, que proyecta en el escenario internacional sus propios fantasmas ideológicos para cohesionar a su base electoral, controlar la agenda mediática y desviar la atención de una crisis interna que se profundiza.

Al transformar la relación bilateral con Brasilia en un escenario de batalla cultural -mediante el uso sistemático del insulto y el agravio hacia la figura de Luiz Inácio Lula da Silva-, la política exterior argentina opera como una re versión del film ‘Good Bye, Lenin!': el gobierno de Milei monta una escenografía de guerra ideológica y financia streamings de trinchera para mantener un núcleo duro activo habitando un ecosistema ficticio. A tono con ello, la diplomacia presidencial se convierte en el montaje de una realidad paralela fabricada para alimentar la fe de esos creyentes, sacrificando el cálculo geopolítico y el pragmatismo de Estado a cambio de un rédito efímero sostenido en la hiperpolarización.

La degradación del vínculo diplomático con Brasil es inédita. La profundidad del deterioro supera incluso al escenario del conflicto suscitado por el Canal de Beagle con Chile en 1978 -donde, pese a la tensión militar de la época, persistieron líneas institucionales de negociación- y sólo resulta comparable al aislamiento sufrido durante la guerra de Malvinas.

En este tablero de disputas retóricas, la asimetría estratégica juega de forma aplastante en contra de la Argentina. Por un lado, la diferencia geográfica es categórica: mientras la Argentina limita con cinco países, Brasil comparte fronteras con diez. Por el otro, la brecha institucional es determinante: Brasilia administra su inserción global a través de Itamaraty, una de las burocracias más profesionales, disciplinadas y sofisticadas del mundo. Enfrentar con improvisación a un actor de semejante dimensión territorial e institucional coloca innecesariamente a la Argentina en situación de vulnerabilidad.

Mientras el gobierno de Milei se obstina por profundizar su aislamiento internacional, los países de la región -incluso aquellos conducidos por gobiernos de mayor afinidad ideológica con la Casa Rosada- han optado por un estruendoso silencio, intensificando sus contactos bilaterales con Brasilia y dejando a la Argentina marginada de los principales foros de coordinación regional. Sin Brasil, la Argentina carece de política exterior con peso específico; sin la Argentina, Brasil pierde escala en el Atlántico Sur. La parálisis del vínculo bilateral contamina la administración cotidiana, proyecta opacidad y frena proyectos de infraestructura, energía y comercio que resultan esenciales para el desarrollo de la economía nacional.

En este complejo escenario de crisis, el desempeño del canciller Pablo Quirno personifica la desprofesionalización y el sesgo improvisado de la política exterior argentina durante el gobierno de Milei. Proveniente del ámbito financiero como ex ejecutivo del JP Morgan, tras su paso por la Secretaría de Finanzas, desembarcó en el Palacio San Martín con el aval explícito del equipo económico liderado por Luis Caputo, otro ex(?) JP Morgan. No obstante su cultivado bajo perfil, Quirno ha exhibido severas limitaciones conceptuales y operativas cada vez que la agenda geopolítica exigió la presencia de un verdadero Canciller.

La confusión entre finanzas y geopolítica: Gestionar la política exterior bajo la lógica de una mesa de trading desnaturaliza las funciones esenciales del Estado. Las credenciales de Wall Street resultan insuficientes para descifrar las dinámicas de poder regional, el derecho internacional público y la compleja orfebrería de la negociación multilateral.

La marginación del servicio exterior de carrera: En lugar de respaldarse en la experiencia y disciplina de la burocracia profesional del Palacio San Martín para encauzar las intemperancias del Poder Ejecutivo, Quirno se acomodó pasivamente al sesgo ideológico y la emocionalidad de la mesa chica presidencial. Este desplazamiento de los diplomáticos de carrera por cuadros improvisados ha vaciado de rigor técnico la representación internacional del país.

La incapacidad de contención y el consecuente aislamiento: La misión primordial de un Canciller frente a un socio estratégico de la escala de Brasil es blindar la agenda comercial e institucional de los exabruptos de la política doméstica. Bajo la gestión de Quirno, la Argentina perdió toda iniciativa estratégica, limitándose a reaccionar ante las respuestas de Itamaraty. Esta falta de reflejos para evitar el congelamiento del Mercosur profundiza un aislamiento inédito que perjudica de manera directa al propio sector productivo y exportador.

El "sincericidio" privatista y la ligereza sobre la soberanía: En el marco del frustrado debate alrededor de la Ley de Tierras -inserto en la narrativa oficial como proyecto de "inviolabilidad de la propiedad privada"-, Quirno dejó al descubierto la su alarmante nivel de desorientación conceptual. Al validar públicamente que la desregulación habilitaría la eventual compra de "un pueblo o una provincia entera" por capitales extranjeros argumentando que esto "traería beneficios para el país", el Canciller provocó estupor en todo el arco político, con repercusiones en el plano regional e internacional. Reducir la integridad territorial y los activos estratégicos de la Nación a una mera transacción inmobiliaria desnuda una incomprensión alarmante de la soberanía del Estado, la cohesión del territorio y el bienestar de los ciudadanos que lo habitan; todo lo cual se traduce necesariamente un la desautorización de su voz ante la comunidad internacional.

Atados por la geografía pero separados por la diplomacia de trinchera, la Argentina arriesga décadas de acumulación de capital político y previsibilidad internacional a cambio de un rédito político efímero. Cuando el espectáculo mediático desplaza a la geopolític real, los costos no tardan en materializarse: aislamiento internacional, degradación del prestigio de la Argentina en el mundo, pérdida de mercados, estancamiento de inversiones de escala y un severo retroceso de la soberanía en la arquitectura de poder del siglo XXI.

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