Al exhibir esa bandera ante miles de millones de espectadores, la Selección actuó como un potente canal de diplomacia incontrolable. |
La política exterior de los Estados oscila habitualmente entre dos registros: la alta diplomacia de los despachos oficiales -diseñada bajo una racionalidad calculada de costos, beneficios y equilibrios comerciales- y el latido identitario de los pueblos. Cuando esos registros entran abiertamente en conflicto, las agendas planificadas en el vacío ministerial suelen astillarse. Esto fue precisamente lo que ocurrió tras el reciente partido contra Inglaterra por la semifinal del Mundial. La irrupción de los jugadores de la Selección Argentina, que desplegaron una bandera alusiva a la pertenencia argentina de las Islas Malvinas, no constituyó un mero gesto de celebración deportiva; se transformó en un verdadero cisne negro para el relato del gobierno.
Desde la perspectiva de Nassim Taleb, un cisne negro quiebra las expectativas basadas en la normalidad y genera un impacto profundo y desproporcionado. El gobierno actual había cimentado su política sobre la cuestión Malvinas en una estrategia deliberada de bajo perfil. Bajo la premisa de "desideologizar" los vínculos para favorecer inversiones y alineamientos financieros occidentales, el reclamo soberano había sido sutilmente desplazado hacia los márgenes de la retórica oficial, congelándolo en una pasividad burocrática destinada a no incomodar a Londres ni a sus aliados.
No obstante, la postura diplomática omitió una variable difícil de controlar: el poder de la diplomacia pop o de las celebridades. En el siglo XXI, los futbolistas campeones del mundo poseen un alcance global y una capacidad para instalar agendas que supera con creces la de muchas cancillerías. Más aún, cuentan con un activo escaso en la política contemporánea: legitimidad transversal. Al exhibir esa bandera ante miles de millones de espectadores, la Selección actuó como un potente canal de diplomacia incontrolable. El sentir de la ciudadanía irrumpió en el escenario internacional, demoliendo el "bajo perfil" oficial y colocando al gobierno ante el dilema de convalidar un mensaje que altera su posicionamiento exterior o distanciarse del actor nacional que resulta inmune a la polarización política interna.
La diplomacia de celebridades traslada símbolos y narrativas emocionales al espacio mediático y deliberativo con una velocidad y una legitimidad que las instituciones clásicas rara vez alcanzan. Conceptualmente, ese desplazamiento opera por tres vías complementarias: (1) convertir un gesto puntual en una noticia global que reordena la atención pública y obliga a otros actores políticos y sociales a emitir definiciones; (2) activar identidades colectivas que polarizan o cohesionan audiencias, transformando percepciones sobre lo legítimo o lo inaceptable; y (3) presionar sobre la toma de decisiones al generar costos políticos y diplomáticos que los gobiernos se ven obligados a gestionar de inmediato para preservar su reputación, alianzas y estabilidad interna. Estos mecanismos pueden operar en sentido constructivo (visibilizar injusticias, forzar el diálogo) o en sentido destructivo (internacionalizar conflictos, polarizar sociedades). Ejemplos ilustrativos de uno y otro: el saludo del Black Power en México 1968 por Tommie Smith y John Carlos contribuyó a internacionalizar la agenda de los derechos civiles al denunciar la discriminación racial. La reacción del pívot yugoslavo Vlade Divac ante la exhibición de una bandera croata luego de la final del Mundial de Basket celebrado en Argentina (1990) fue interpretada por muchos como un indicio claro de las tensiones étnicas latentes, alimentando una narrativa conflictiva. En definitiva, el deporte actúa como catalizador simbólico capaz de reconfigurar la política pública y la diplomacia en formas que rara vez resultan plenamente previsibles o controlables por la diplomacia oficial.
El día previo al partido, sin titubear y sin sonrojarse, la Ministra Monteoliva comunicó oficialmente el acuerdo que las autoridades argentinas habían alcanzado con funcionarios del gobierno de los Estados Unidos y personal de la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) por el cual se prohibía, durante el cotejo, la exhibición de banderas que incluyeran el "mapita" de las Islas Malvinas. Este hecho resalta el quiebre estético y político de la improvisada bandera desplegada por los jugadores de la Selección Argentina luego del triunfo sobre Inglaterra. Su verdadera dimensión se explica por lo que está en juego. En efecto, el reclamo soberano argentino sobre Malvinas no se trata de un anacronismo de corte sentimental ni una disputa folclórica sin relevancia. Conviene no olvidar que el presidente Macri argumentó que la Argentina no tenía problemas de espacio como otros países y que, en ese sentido, las Malvinas representaban un gasto adicional para el país. A tono con esa mirada, la actual senadora Patricia Bullrich afirmó, en 2021, que las Malvinas podrían haberse negociado a cambio de vacunas para el COVID con el laboratorio Pfizer. ¿Es casualidad que este tipo de afirmaciones provengan sistemáticamente del mismo espacio político?
Para los argentinos educados en el valor de los símbolos nacionales, de la importancia del territorio como fuente primigenia de nuestro potencial, de nuestra riqueza y del bienestar de nuestros compatriotas, las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos que las circundan forman parte inescindible de nuestro espacio soberano. Malvinas es la memoria y la carga simbólica del conflicto bélico de 1982; es el reconocimiento eterno a los veteranos y sus familias. Y es también la conciencia de la relevancia geoestratégica especial que esa porción del territorio argentino adquiere en el mapa de las tensiones globales del siglo XXI. Por extraño que parezca, la mirada estratégica sobre Malvinas anida más en esa pulsión popular que se aferra con persistencia al reclamo soberano que en concepciones estrechas de figuras políticas como las mencionadas que, pensando con cierta ingenuidad, pareciera que no logran comprender la relevancia de la proyección argentina sobre el Atlántico Sur. De allí que la máxima aspiración de esta concepción estrecha sea construir una Armada de "patrulleros oceánicos".
Ahora bien, ¿qué significa Malvinas en términos geopolíticos? Sin duda, representa una posición de valor incalculable en, al menos, tres dimensiones clave:
Como pivote de proyección hacia la Antártida: El archipiélago constituye la plataforma logística natural y el punto de acceso más directo hacia el Continente Blanco. Ante la proximidad de la revisión del Tratado Antártico, la disputa por el control de Malvinas es, en el fondo, la disputa por la soberanía y la proyección científica, territorial y militar sobre la mayor reserva de agua dulce del planeta.
Como plataforma logística interoceánica y de seguridad global: Ante la vulnerabilidad crónica de los canales artificiales como Panamá o Suez debido a crisis climáticas o tensiones bélicas chokepoints, el paso interoceánico natural del Sur (Estrecho de Magallanes y Cabo de Hornos) recobra una centralidad absoluta. Más aún, en el escenario de un eventual conflicto de dimensiones planetarias en el Océano Índico o el Pacífico, el Atlántico Sur se posiciona como el espacio clave para apoyar la logística de las grandes potencias marítimas occidentales, funcionando como una retaguardia segura o una ruta de desvío crítica.
Como espacio de incalculable riqueza: Más allá de su valor posicional, las áreas marítimas circundantes albergan recursos pesqueros de una riqueza biológica colosal, hoy objeto de una depredación sin control. A esto se suma el potencial de la minería submarina y las cuencas hidrocarburíferas offshore, activos críticos en un mundo sediento de recursos energéticos y minerales estratégicos para la transición tecnológica.
El gesto espontáneo de la Selección Argentina descorrió el velo del silencio que el pragmatismo oficial pretende imponer al tema Malvinas. Al universalizar el reclamo mediante la diplomacia de celebridades, el fútbol le recordó al pder político que Malvinas no es una carta negociable en el altar de los mercados financieros. La inesperada aparición de este ‘cisne negro' expone con crudeza una contradicción capital: la dificultad de sostener una política exterior de bajo perfil cuando convergen factores de geografía estratégica, recursos económicos y demandas identitarias que reclaman una estrategia estatal coherente y sostenible. La inmediata repercusión planetaria del gesto de los jugadores argentinos al desplegar sobre el césped la improvisada bandera obligó además a un reajuste repentino de la agenda interna: el tratamiento de la cuestionada ley de tierras fue postergado, lo que demuestra cómo una demanda simbólica puede desplazar prioridades y forzar al Ejecutivo a recalibrar costos políticos en el plano interno. Mientras todo esto ocurre, el Canciller Quirno parece deambular por el mundo en foros sin relevancia alguna, escenificando una diplomacia carente de recursos que sólo se sostiene en anacronismos y dogmas irrelevantes.
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