Editorial
Cuatro imágenes de la batalla cultural
Por Juan Arrizabalaga
La disputa del 24M es parte de la batalla cultural por las grandes imágenes sociales que anhela reponer la nueva derecha en Argentina. El mercado, el empresariado, las FFAA y el Tío Sam vuelven a la carga.

La primera estrella de la batalla cultural es sin duda "el mercado". No es nuevo este mito o fetiche, pero la fuerza que ha logrado darle Milei como imagen social es sorprendente. El relato del mercado como organizador de la vida social, garante de la prosperidad y la libertad absoluta, toma fuerza por dos condiciones muy especiales de la sociedad argentina.

Primero, por el estado de disponibilidad social, ideológica y cultural, de amplios sectores de la sociedad, producto de la crisis nacional, lo cual representa un terreno fértil a esta interpelación mesiánica y autoritaria. Pero también, consecuencia de las capas que se van sedimentando hace décadas. En el fondo remite a Martinez de Hoz y tiene un hilo de continuidad en las experiencias neoliberales de nuestra democracia con el menemismo y el macrismo.

El libertario promueve la idea de que la sociedad se organiza de acuerdo a un mecanismo abstracto que se expresa en la interacción de la oferta y demanda de bienes materiales y simbólicos, o de cualquier cosa; incluso de personas y de la naturaleza. Y que ese es el valor fundamental desde el cual organizar la economía, la riqueza social, la sociedad y la vida humana, sin importar su distribución y resultados. Cualquier otro valor social debe ser rechazado. Un fundamentalismo antihumanista del cual deviene el ataque virulento contra el Estado y la Justicia Social.

La segunda gran imagen de esta batalla son los empresarios. "Los empresarios son héroes" dice Milei. Incluso los grandes capitalistas son "benefactores sociales" se animó a resaltar. Esta nueva cruzada por la imagen del empresariado no es inocente. El totalitarismo de mercado tiene un sujeto predilecto. La denostación de la política tiene su contracara en la verdadera casta; las corporaciones y monopolios empresarios.

Pero el empresariado, como los militares, no gozan de buena salud en las creencias colectivas. Es que la historia argentina está impregnada por la imagen del trabajo y el trabajador, no del empresario exitoso. La elevación de figuras como Galperin o Elon Musk son elocuentes para contrariar este sentido. Pero también es significativo la propuesta de volver a esa Argentina oligárquica previa a la democracia, la industria urbana y los derechos laborales.

El sueño de una parte de la sociedad de convertirse en rentista, y la idea muy difundida en la juventud de la nueva aventura de "hacer guita" eran extrañas a la cultura nacional. Lo mismo el empresariado evasor que hoy se levanta como modelo de individuo exitoso. Ganar dinero en algún juego financiero disputa terreno en el sentido común en la sociedad.

La tercera imagen de la batalla cultural sin dudas son las Fuerzas Armadas. En tiempos democráticos nuestra sociedad recuerda con desdén o rechazo el accionar histórico de las Fuerzas Armadas. Un cambio de esta imagen en la memoria colectiva ha sido siempre un objetivo de la derecha en Argentina. Sin embargo, este objetivo no ha estado orientado a una revalorización de las Fuerzas Armadas en una nueva política de Defensa Nacional, sino como reivindicación negacionista de los crímenes de lesa humanidad en tiempos de la última dictadura cívico militar.

La imagen de la corporación militar está profundamente ligada a una intervención brutal en la historia nacional. Las masacres contra las luchas obreras, los múltiples golpes de Estado contra gobiernos radicales y peronistas, el bombardeo a la Plaza de Mayo, la sumisión a la Doctrina de Seguridad Nacional, los crímenes del Terrorismo de Estado, Malvinas o los carapintadas, son algunos de los tragicos episodios de su paso por nuestra realidad.

La propuesta actual de borrar la diferencia entre seguridad interior y defensa por parte del gobierno libertario, bajo la excusa del terrorrismo, y la explícita reivindicación de la Dictadura por parte del dúo gobernante Milei - Villarruel es ya una escalada en nuevos términos para la historia democrática nacional.

Finalmente, la cuarta imagen estratégica es el regreso del Tío Sam. Desde la disputa "Braden o Perón" no le ha sido fácil a EEUU tener una imagen positiva en suelo nacional. A pesar del bombardeo de su industria cultural e informativa durante décadas, y de ser el hegemón político y económico indiscutido en este hemisferio, los resultados le han sido esquivos. En el tablero geopolítico de la lucha cultural por la hegemonía global, Argentina no se encuentra entre los casilleros asegurados del Imperio.

El apoyo a los golpes militares y el Plan Cóndor, el rol de apoyo a Gran Bretaña en Malvinas y Atlántico Sur, el sello norteamericano en las reformas neoliberales de Martínez de Hoz y Menem, el caído proyecto del ALCA, o el rol del FMI, son algunas de las imágenes en la memoria colectiva de la sociedad argentina acerca de la participación de EEUU en nuestra historia.

Con el actual giro de 180 grados de la política exterior, el rechazo a los BRICS, y el alineamiento automático a EEUU de corte menemista, la derecha busca reponer la imagen del Tío Sam en la política y la cultura nacional.

Un proyecto de poder no se sostiene por mucho tiempo sin imponer las imágenes sociales que le son funcionales a su consolidación. Milei, como emergente de la crisis nacional y cómo profeta de una utopía reaccionaria, no resulta en este aspecto ser tan novedoso. Su batalla cultural en lo estratégico parece tratarse de viejos conocidos. 

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