Colombia y Perú le dejan una advertencia al peronismo: hay que construir una mayorÃa. |
Colombia y Perú acaban de ofrecerle a la región una escena que la Argentina deberÃa mirar con atención. No porque sus procesos sean idénticos al nuestro -cada paÃs carga con su propia historia, sus instituciones y sus heridas-, sino porque en ambos casos apareció una misma señal. Cuando la polÃtica popular no logra transformar el malestar en una propuesta clara, organizada y creÃble, la derecha encuentra el modo de convertirlo en voto.
En Colombia, Abelardo de la Espriella se impuso en una elección presidencial resuelta por un margen estrecho sobre Iván Cepeda. El dato no es solo el resultado. Es la forma: una campaña de lenguaje simple, presencia digital persistente, promesas de orden y seguridad, sÃmbolos de autoridad y el respaldo explÃcito de Donald Trump. Allà donde el debate público se vuelve complejo y la vida cotidiana se vuelve incierta, la oferta reaccionaria aprende a hablar en frases cortas, a fabricar cercanÃa y a presentar soluciones expeditivas para problemas que son profundamente estructurales.
En Perú, al cierre de esta columna, Keiko Fujimori quedó con una ventaja prácticamente irreversible sobre Roberto Sánchez. El paÃs llega a esa definición después de años de inestabilidad extrema, con una ciudadanÃa atravesada por el deterioro de la seguridad, la fragmentación polÃtica y la desconfianza hacia las instituciones. La derecha no gana porque haya resuelto las causas de la crisis: gana, muchas veces, porque promete una salida rápida frente a una sociedad cansada de esperar.
No son procesos calcados, pero sà parte de un clima regional. La nueva derecha ya no se presenta únicamente como restauración conservadora. Se disfraza de outsider, de eficiencia, de rebelión contra "la casta" y de modernidad comunicacional. Hace de la bronca un producto polÃtico. Domina los formatos breves, el algoritmo, la consigna que cabe en una pantalla y la estética de la decisión inmediata. Y, detrás de esa novedad de superficie, vuelve el programa conocido: menos Estado para las mayorÃas, más poder para los concentrados, desregulación como dogma y derechos convertidos en gasto.
También hay que mirar el contexto internacional sin ingenuidad. El apoyo público de Trump al vencedor colombiano y el acuerdo de swap por 20.000 millones de dólares que el Tesoro de los Estados Unidos firmó con el Banco Central de Milei -y que Argentina ya devolvió en enero de 2026- muestran que las afinidades ideológicas pueden convertirse en respaldo polÃtico, financiero y diplomático. La injerencia no siempre llega con un ultimátum. Puede llegar bajo la forma de una foto, de un crédito, de una operación de comunicación o de una validación externa que busca ordenar la polÃtica doméstica.
Pero el problema argentino no se explica solamente por lo que hacen los demás. Se explica, también, por lo que el peronismo todavÃa no termina de hacer. Nuestra responsabilidad no se agota en denunciar el daño que produce el modelo de Milei. Ese daño está a la vista. Una economÃa organizada alrededor del ajuste, la incertidumbre de quienes trabajan, el debilitamiento de la producción y la sensación cada vez más extendida de que el esfuerzo no alcanza. El desafÃo es traducir esa realidad en una alternativa concreta, comprensible y convocante.
Hace demasiado tiempo que una parte del peronismo discute en un idioma que solo entiende su propia dirigencia. La sociedad, en cambio, no espera una sÃntesis de palacio ni un nuevo catálogo de agravios. Espera respuestas para lo esencial, cómo recuperar el salario, cómo defender el trabajo, cómo bajar el costo de vivir, cómo volver a producir, cómo cuidar a los jubilados, cómo garantizar seguridad sin abandonar derechos, cómo darles a los jóvenes un horizonte que no sea emigrar o sobrevivir de una changa.
Por eso, la discusión sobre 2027 no puede empezar por los nombres. Tiene que empezar por el paÃs que queremos reconstruir. La defensa de Cristina Fernández de Kirchner, que para amplios sectores del movimiento representa una causa de justicia y de memoria polÃtica, no debe transformarse en una excusa para suspender ese debate. Defenderla y construir una propuesta de futuro no son tareas incompatibles. Son responsabilidades distintas, y ambas reclaman madurez.
Durante los años de la proscripción y el exilio de Perón, el movimiento no se redujo a administrar una ausencia; sostuvo organización, representación, conflicto, esperanza y voluntad de regreso. No lo hizo desde la resignación ni desde el culto a la derrota. Lo hizo porque entendió que un movimiento nacional existe para interpretar a su pueblo y darle una herramienta de transformación.
Hoy esa herramienta necesita actualizarse sin perder su identidad. Justicia social no es una consigna antigua. Es que quien trabaja llegue a fin de mes, que una jubilación alcance para vivir, que una familia no se endeude para comer, que una pyme pueda producir, que una chica o un pibe encuentren una oportunidad antes que una puerta cerrada. Independencia económica no es una frase de museo: es decidir qué se produce, con qué energÃa, con qué infraestructura y para quién. SoberanÃa polÃtica es que la Argentina no quede subordinada a los intereses de quienes solo la miran como una plaza financiera o una fuente de recursos.
La unidad que sirve no es la foto apurada ni el acuerdo de cúpulas. Es la que se construye alrededor de un programa, de reglas democráticas, de participación territorial y de una competencia honesta de ideas. Hay que escuchar más, estudiar más, recorrer más y hablar mejor. No para maquillar el peronismo, sino para volver a ponerlo en condiciones de expresar una mayorÃa social real.
Colombia y Perú no son una condena escrita para la Argentina. Son una advertencia. La derecha puede ganar cuando convierte el miedo en orden y el cansancio en resignación. Pero también puede perder cuando los pueblos encuentran una fuerza capaz de nombrar sus problemas, defender sus derechos y ofrecer un camino posible. El peronismo tiene historia, organización y una tradición de gobierno. Lo que necesita es volver a tener oÃdo, proyecto y coraje para mirar hacia adelante.
En 2027 se tratará de recuperar la idea de que la Argentina puede ser un paÃs donde el trabajo valga, la producción tenga futuro y nadie sea descartable. Esa esperanza no vendrá sola. Habrá que organizarla, decirla con claridad y convertirla en una mayorÃa. El tiempo para empezar no es mañana: es ahora.
VÃctor José Colombano
Dirigente del NEP
Congresal Nacional y Metropolitano del PJ
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