Editorial
Justicia social: el concepto que a Milei le molesta
Por Víctor Colombano
La violencia discursiva de Milei no es un exabrupto, es una política.

En la apertura de sesiones del Congreso, Javier Milei volvió a elegir el formato que mejor le sale: la arenga. No habló como jefe de Estado frente a la representación popular, sino como conductor de una facción que necesita enemigos para sostenerse. El resultado fue un discurso más agresivo que programático y, sobre todo, más nervioso que convincente: una escena de poder que dejó ver fragilidad.

No es un detalle su estilo. En política, el tono es diagnóstico. Cuando un presidente convierte la Asamblea Legislativa en ring, es porque su autoridad ya no le alcanza para ordenar por consenso y busca suplirla por intimidación. En su mensaje abundaron descalificaciones a la oposición, insultos y chicanas que terminaron por degradar un acto institucional.

El oficialismo intenta vender esa beligerancia como "autenticidad". Milei reivindicó recortes, se mostró envalentonado por su músculo parlamentario, y reiteró su agenda de reformas (cambios en códigos, reforma política, nueva Ley de Seguridad Nacional y más privatizaciones) como si el país fuera apenas un tablero normativo.

La Argentina real, sin embargo, no se conmueve con gritos. Quiere saber cómo se vive mejor. Y ahí aparece el nervio: cuando un presidente necesita elevar el volumen para tapar silencios, es porque intuye que la "motosierra" no es un plan de desarrollo, sino una técnica de ajuste. Puede ordenar números de corto plazo, pero deja una economía sin motor interno, con consumo deprimido y un tejido productivo que mira el futuro con desconfianza.

Hay algo que a Milei lo irrita especialmente, porque lo desnuda: la justicia social. No como consigna gastada, sino como criterio moderno de eficacia. Justicia social es que el salario le gane a los precios; que el trabajo registrado vuelva a ser horizonte; que el pibe tenga escuela y club antes que patrullero; que el jubilado no sea variable de ajuste; que una pyme no cierre por tasas imposibles o por una apertura sin reglas. Es la libertad de no tener miedo al fin de mes.

Un párrafo duro, pero necesario: la violencia discursiva de Milei no es un exabrupto, es una política. Sirve para dividir a la sociedad entre "puros" y "corruptos", para reemplazar derechos por sospecha, y para justificar que el costo del experimento lo paguen siempre los mismos. Mientras se grita contra "la casta", se termina conversando -con mayor o menor pudor- con lo más tradicional del sistema. Y se naturaliza el disciplinamiento social: que el jubilado ajuste su plato y que el laburante financie con su cuerpo la "estabilidad". Eso no es orden: es temor administrado.

También hubo, como telón de fondo, una idea de país satélite: el énfasis en el alineamiento internacional, incluido el elogio explícito a Donald Trump, presentado como llave para inversiones. Argentina necesita mundo, sí; pero necesita negociar de pie: vender valor agregado, cuidar su mercado interno y defender su soberanía económica.

¿Qué alternativa moderna puede ofrecer una oposición peronista, sin nostalgia, con los pies en el territorio y vocación de gobierno?

Primero, un acuerdo democrático mínimo. El presidente tiene derecho a su programa, pero no a degradar al Congreso ni a tratar a la disidencia como enemigo interno. Sin reglas de convivencia, la Argentina se vuelve invivible: cae la inversión, se corta el crédito social y la conflictividad se vuelve método. La autoridad democrática se construye con respeto institucional, no con humillación.

Segundo, estabilización con justicia social (sí, con esas dos palabras juntas). Equilibrio fiscal, sí, pero con progresividad y crecimiento. La estabilidad duradera se construye con salarios que recuperen poder adquisitivo, crédito productivo, y una política de ingresos que ordene expectativas sin caer en improvisación. Esto requiere una mesa real -trabajo, producción, provincias, universidades y movimientos sociales- con metas verificables, plazos y responsabilidades. No un "pacto" de foto.

Tercero, un plan productivo de shock, no de marketing: crédito para pymes y economías regionales, alivio fiscal focalizado al que invierte y registra empleo, y un esquema inteligente de comercio exterior que premie exportar trabajo argentino. Apertura, sí, pero con reglas, tiempos y defensa activa de la producción nacional.

Cuarto, Estado moderno y cercano: menos discrecionalidad, más capacidad. La Argentina no se arregla rompiendo el Estado, sino volviéndolo eficaz: compras públicas transparentes, digitalización con control ciudadano, y gestión basada en evidencia. Un Estado que cuide, que invierta y que haga cumplir la ley sin caer en el show ni en la crueldad.

Quinto, seguridad democrática y tejido comunitario. La seguridad no es solo un patrullero: es escuela, salud mental, urbanismo, clubes, prevención del delito y una policía profesional controlada por la ley. La "mano dura" de redes puede sumar likes; la seguridad real exige estrategia, coordinación y territorio.

La apertura de sesiones debería marcar un rumbo común. Milei eligió marcar un enemigo común. Y cuando un presidente gobierna a los gritos, no es porque tenga la razón: es porque le falta el puente. A la Argentina no le sobra antagonismo, le falta futuro. Y el futuro no se construye insultando: se construye organizando con justicia social, producción y democracia.

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