FMI
Vivir y morir bajo el FMI
Por Ignacio Fidanza
La decisión de Alberto Fernández de cerrar con el FMI abre el debate de fondo que la coalición de Gobierno venía eludiendo. Gobernabilidad y futuro político.

 Alberto Fernández planteó el acuerdo con el FMI como el punto cero de un relanzamiento de su gobierno. Un reseteo refrescante que le permita desplegar su hasta ahora frustrada promesa de un gobierno de orientación socialdemócrata, en su versión uruguaya. Responsabilidad fiscal y macroeconómica con "sentido" social.

La módica ambición del Presidente que acaso busca en el andador del acuerdo con el FMI el plan que no supo darse en estos dos años de mandato, se complementa con la decisión de mantener a la actual conducción del área económica: Guzmán, Kulfas, Marcó del Pont y Pesce.

Esa hoja de ruta debe transitar contradicciones relevantes. Cristina Kirchner, Máximo y Sergio Massa creen que al Gobierno le sigue faltando gestión y proponen un cambio "paulatino" de gabinete, luego que se cierre el acuerdo con el FMI. Un cambio que debería empezar por el Palacio de Hacienda. Alberto resiste esa opción.

¿Cómo queda la correlación de fuerzas al interior del Frente de Todos después de la elección? Acaso el dato más relevante es que el resultado no arroja un resultado, en la pulseada de Alberto y Cristina. Se enoja la oposición porque el Gobierno festeja una derrota, en realidad festejan que siguen vivos. No es un motivo menor.

Pero hay un tema que excede esa discusión de poder y que el máximo nivel de la coalición oficial no tiene saldado. ¿Qué implica cerrar con el FMI? O mejor dicho: ¿Cerrar con el Fondo contribuye a retener el poder? ¿Inyecta o socava gobernabilidad?

Esta claro a esta altura que el capítulo "técnico" del acuerdo no está saldado, como filtró durante todo el año el ministro Guzmán. Hay por lo menos dos discusiones relevantes que permanecen abiertas: el nivel del tipo de cambio y el ajuste fiscal.

¿Cómo queda la correlación de fuerzas al interior del Frente de Todos después de la elección? Acaso el dato más relevante es que el resultado no arroja un resultado, en la pulseada de Alberto y Cristina.

El FMI quiere acortar la brecha cambiaria, esto es una devaluación, que sumaría de manera inmediata millones de pobres, como anticipó LPO. Sobre esa herida se rociaría la sal de un ajuste de tarifas para achicar el déficit vía reducción de subsidios. Eso es un acuerdo con el FMI. La idea de un acuerdo sin ajuste es fantasía.

Cristina se pregunta con algún sentido común de que le sirve a la fuerza política que lidera ser el Remes Lenicov de un futuro gobierno de la oposición. Frente a esta pregunta interesante, Alberto contesta que Néstor Kirchner le pagó en su momento al Fondo, que no hay margen para hacer locuras.

La pregunta entonces se puede reformular: ¿Ajustar y seguir en el mundo, pero enfrentando más inflación y una escalada de la tensión social o prolongar esta idea de vivir de la emisión y aguantarse los costos de un default con el Fondo?

Es evidente que el dilema que enfrenta el Gobierno habla de un margen de maniobra muy estrecho, que es lo mismo que reconocer que la estrategia de Guzmán de patear dos años el acuerdo con el FMI para terminar más o menos donde se empezó -ni el premio consuelo de eliminar las sobretasas quedara- no parece haber sido la más acertada.

La dinámica de vivir bajo un acuerdo duro con el FMI ya la conocemos. Fiscalización permanente del manejo económico, bajo la amenaza de suspender el acuerdo y disparar los pagos ante incumplimientos. Un regreso a una palabra maldita que parecía olvidada: los famosos "waiver" del Fondo, el "perdón" que se transforma en palanca de condicionamiento, en instrumento para forzar rendiciones sucesivas.

Los optimistas imaginan que el acuerdo con el Fondo será el inicio de un proceso virtuoso, baja del riesgo país, calma cambiaria y recuperación económica con fuerte desembarco de inversiones. La panacea del crecimiento sano.

Sólo un recordatorio. La Argentina vive un récord del riesgo país, aún después de haber cerrado con los acreedores privados. La Argentina creció este año un 8 por ciento -tasas chinas- y la inflación licuó ese derrame y se perdieron las elecciones. Si post acuerdo con el Fondo está previendo el Gobierno un crecimiento del 2 por ciento, cuesta imaginar que eso empuje algún entusiasmo.

Crecimiento sin mejora del empleo y el poder adquisitivo no parece traducirse en votos. Por eso, las proclamas de dar la vida por Alberto que lanza la CGT habría que tomarlas con prudencia. Una cosa es pedir el acuerdo, como hicieron, y otra muy distinta es que estén dispuestos a soportar los costos de esa decisión, si se vuelve insoportable.

El otro camino, la ruptura con el Fondo y seguir con la impresión de billetes bajo la amenaza de perder las pocas reservas que quedan, sugiere un desenlace tan oscuro, que directamente no hay pronósticos detallados.

Estamos entonces ante el regreso de una disyuntiva conocida: Caos o pobreza administrada. Pero también la primera opción se puede reescribir como Caos y después pobreza administrada. Que es como decir, antes que hacer el ajuste para el gobierno que viene, gastemos lo que no hay y que lo hagan ellos. El problema es que esta vez el recambio de poder queda muy lejos. No es el final del segundo mandato de Cristina que maniobró Kicillof. Ahora la vida de las reservas se cuentan en meses, no años.

Se desprende entonces que la hipótesis más fuerte es que vamos a un acuerdo con el FMI. En entonces muy probable, que bajo ese paraguas de plomo transitemos la próxima elección, que ya llegó.

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