Editorial
Entre la duda y el desenfreno
Por Santiago Gerber
La oposición debate si conviene dejar actuar a Milei y que pague el costo de sus medidas, o si es preferible intentar evitarlo y que reparta las culpas.

Perpleja, dubitativa, subestimando y sobreestimando procesos casi a la par y, fundamentalmente, con dificultades enormes para entender qué es lo que está pasando en una sociedad a la que aspira a representar. Así luce la oposición hoy y cualquier similitud con agosto del 2023 es mera coincidencia.

Dirigentes de diferentes sectores del arco político, que fueron depositados por la sociedad en el bando de opositores, intentan comprender todavía las causas del fenómeno en lugar de sus consecuencias. Ya han pasado 100 días y el presidente gobierna: devaluando, ajustando, decretando, casi como si no fuera cierto que tiene minoría en el Congreso y que no cuenta con un solo gobernador e intendente propio.

Es paradójico, pero lejos de una presunta debilidad, el Gobierno hace sentir el poder como ningún otro a sus adversarios. Es que gobernaciones, intendencias y bancas en el Senado y Diputados se reparten entre el PJ, la UCR, el PRO y fuerzas provinciales de una manera tal que disimulan la atípica minoría del oficialismo. Divide y reinarás.

Amparados en el discurso de "hacer lo mejor para mi provincia", la mayoría evita el conflicto y mendiga recursos en tiempos de escasez. Ignacio Torres, en Chubut, pareció decidido a hacer valer su postura "hasta las últimas consecuencias" pero luego retrocedió y se cobijó bajo una bandera menos belicosa de Gobernadores Patagónicos.

Carlos Sadir, de Jujuy, firmó un comunicado de apoyo al Gobierno luego del rechazo al DNU en el Senado, a pesar de los constantes embates de Milei para con Gerardo Morales, su jefe político, a quien el presidente parece querer sodomizar ante la opinión pública a través de las Redes Sociales.

Ese, por ahora, es el látigo con el que el Gobierno mantiene a raya a los opositores: la amenaza del escarnio público, de los trolls, de ser trending topic por una semana entera. La crueldad como carpetazo imbatible, al menos mientras entre el líder y las masas no se exhiban grandes fisuras. De hacer política no se habla: a Francos se lo desdice públicamente cada vez que habla, a Posse apenas se le conoce la cara.

Resurge entonces el gran interrogante para opositores: ¿conviene dejarlo actuar y que pague el costo de sus medidas, o es preferible intentar evitarlo y que reparta las culpas? El "no lo están dejando gobernar" siempre es una buena explicación a la que puede recurrir un votante libertario sin necesidad de ejercer un juicio crítico sobre su elección. Y del relato se trata la gran batalla, al menos para los políticos, que pueden estar con la calculadora en la mano.

¿Cuánto puede durar el discurso de "ordenar las variables económicas" mientras se profundiza la recesión? Hoy impera en la sociedad la sensación de estar peor que antes, pero las razones que se esgrimen difieren en el reparto de culpas y la mayoría conserva la expectativa de estar haciendo "un esfuerzo" para que luego todo vaya mejor. La pregunta es hasta cuándo.

El presidente acumula derrotas políticas, pero ya parece haber entendido que por allí no pasa la cosa. Se trata, al fin y al cabo, de un país en el que hace meses rige su Decreto, cuyo tratamiento el Congreso retrasa apelando a todos los vicios de la política. Y si lo voltean, ya dijo que dicta 7 decretos más chicos y chau: hecha la ley, hecha la trampa.

Pero en el medio, se insiste, está "la gente". ¿Encontrará en una hipotética baja de la inflación una victoria, a pesar de no tener empleo? Suena casi cínico, pero hay mucho de eso en el discurso oficial. Lo hay en cada aparición pública del vocero Manuel Adorni, empecinado en patear la tierra hasta encontrar un hormiguero.

Mientras tanto ahí, en el bajo pueblo, rugen tambores que la gran mayoría de los opositores no sabe interpretar: son esos mismos que Milei supo seducir y hacer tronar de manera escandalosa. Pero que corre el riesgo de perder de manera abrupta, como cuando se esfuma un pozo en una mano de póker. Sobre todo, si se trata de alguien que siempre tiene tendencia a apostar all-in.

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