Editorial
El presidente que no fue
Por Santiago Gerber
Alberto eligió no pelearse con nadie y terminó haciendo enojar a todos, por momentos al punto de la exasperación.

Los últimos días del gobierno de Alberto Fernández arrojan una postal de lo que pasó durante gran parte de su mandato: un dirigente político con la banda presidencial, atravesado por la sombra omnipresente de Cristina Kirchner y comentando los problemas de la Argentina como un observador.

Fernández llegó al sillón de Rivadavia con un triunfo en primera vuelta frente a Macri, y a los pocos meses enfrentó el trágico estallido de la Pandemia. Durante esa Fase 1 la sociedad se abrazó a su liderazgo y sus niveles de aprobación tendían a la unanimidad: eran los tiempos de la contención por parte del Estado y de aguantar por parte de la sociedad.

La salida de esa etapa le dio a Alberto una primera bofetada que terminó siendo de knock out, y que fue exclusiva responsabilidad de él. Ni Macri, ni Cristina, ni el FMI ni la guerra en Ucrania tuvieron nada que ver con la foto de Olivos, que trascendió -vaya a saber cómo y por qué- y desautorizó para siempre la palabra presidencial sobre el tema que más afectaba a la sociedad.

Luego llegó el turno de las elecciones intermedias, en las que se batieron a duelo la llegada masiva de vacunas y el Olivosgate, con un triunfo claro de este último. Acaso también haya tenido que ver el principio de ajuste que el entonces ministro Guzmán ensayó en el 2021, que no fue compensado con medidas de emergencia entre las PASO y las Generales, bautizadas como el "Plan Platita".

Si de medidas para quemar las naves se trataba, Massa mostró dos años después que la audacia para intentar dar vueltas las cosas pudo haber sido mucho mayor. Pero Alberto no lo hizo, ni entonces ni en todo lo que restó de su mandato, dejando la duda de si no quiso, no pudo o no supo. Eligió no pelearse con nadie y terminó haciendo enojar a todos, por momentos al punto de la exasperación.

Durante las negociaciones por las candidaturas en el peronismo mostró su peor cara: la de conservar un único poder, que era el de hacer daño. Luego se corrió a un lugar ceremonial, para evitar el mote de "piantavotos" que se ganó con los gafes permanentes que lo convirtieron en un presidente-meme. Consumada la derrota, reapareció públicamente para hacer leña del árbol caído.

En un pequeño raid mediático, volvió a comentar la realidad argentina como una persona ajena al poder y a exhibir como una medalla el haberse peleado con CFK, casi como una ofrenda hacia alguien. Para coronar los desaciertos, se puso a discutir los números de la pobreza en el país que mide el propio INDEC, aduciendo que son más bajos. ¿La razón de la falla en la medición? "La gente miente para no dejar de cobrar un plan".

Un último tropiezo de alguien que cometió el peor de los errores: creerse su propio relato. El cinismo y la negación de la Era Alberto arrojaron como resultado la victoria de un outsider del sistema político que viene con motosierra y que basó su discurso en el sentimiento anti casta. Pero esa será otra historia, que está a punto de comenzar. La de Fernández ya terminó, casi como si no hubiera ocurrido. 

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