La presión de la Embajada de EEUU sobre una empresa argentina por su vÃnculo con Huawei y la inédita respuesta de la Embajada china vuelven a exponer el costo polÃtico del alineamiento automático de Milei. |
Hay una vieja máxima de la polÃtica exterior que sostiene que los paÃses no eligen su geografÃa, pero sà pueden elegir cómo administrar sus relaciones internacionales. El gobierno de Javier Milei parece haber decidido hacer exactamente lo contrario.
En menos de dos años logró deteriorar simultáneamente la relación con Brasil, principal socio comercial de la Argentina, y con China, segundo destino de las exportaciones nacionales y principal fuente potencial de financiamiento para infraestructura, energÃa y tecnologÃa. Lo paradójico es que esa estrategia de confrontación terminó chocando con una realidad económica mucho más poderosa que cualquier consigna ideológica.
El episodio más reciente lo demuestra. La decisión de la Embajada de Estados Unidos de presionar a una empresa argentina por mantener vÃnculos comerciales con Huawei produjo un hecho diplomático inédito: la Embajada de China respondió oficialmente acusando a Washington de violar la soberanÃa argentina, generalizar el concepto de seguridad nacional y obstaculizar la cooperación normal entre empresas argentinas y chinas.
Dos de las principales potencias del sistema internacional discuten públicamente sobre decisiones que corresponden exclusivamente a la Argentina y el Gobierno argentino permanece prácticamente ausente. No deja de llamar la atención que sea la Embajada china la que invoque la defensa de la soberanÃa argentina mientras la administración nacional evita cuestionar una presión diplomática que involucra directamente a empresas locales.
Más allá de la posición de Beijing, la pregunta inevitable es otra: ¿por qué el Estado argentino no defiende con la misma firmeza su capacidad de decidir con quién comercian sus empresas y qué tecnologÃas incorpora para su desarrollo?
El caso Huawei es apenas la manifestación más reciente de una polÃtica exterior que ha reemplazado la autonomÃa por el alineamiento automático. La misma lógica llevó al Gobierno a rechazar el ingreso de la Argentina a los BRICS ampliados, renunciando a integrar el principal espacio de coordinación polÃtica y económica del Sur Global en un momento en que ese bloque incrementa su peso relativo en la economÃa mundial.
También explica el deterioro de la relación con Brasil, profundizado por la intervención polÃtica de Milei en la campaña electoral brasileña y por una confrontación ideológica que terminó afectando el vÃnculo con el principal comprador de las manufacturas industriales argentinas.
La Argentina comenzó a enfrentarse simultáneamente con los paÃses con los que posee mayor complementariedad económica y eso tiene costos. Brasil representa el principal mercado para buena parte de la industria nacional y China es uno de los principales destinos de nuestras exportaciones agroindustriales, un actor central en el financiamiento de infraestructura y un socio clave para proyectos vinculados con energÃa, minerÃa, ciencia, tecnologÃa e inteligencia artificial.
Ninguna estrategia de desarrollo puede ignorar esa realidad y, paradójicamente, fue la propia economÃa la que terminó desmintiendo el discurso presidencial. Durante la campaña, Milei prometió romper relaciones con China, aseguró que no harÃa negocios con "comunistas" y anunció que avanzarÃa hacia una rápida dolarización.
Sin embargo, una vez en el gobierno, debió solicitar la renovación del swap de monedas con el Banco Popular de China para fortalecer las reservas del Banco Central.
Ahora, mientras el presidente cuestiona polÃticamente a Beijing, su ministro de EconomÃa negocia la continuidad de uno de los instrumentos financieros más importantes desarrollados por China para impulsar la utilización internacional del renminbi. Es decir, el mismo gobierno que prometÃa dolarizar la economÃa termina dependiendo de un mecanismo concebido precisamente para ampliar el uso de la moneda china en el comercio internacional.
Los hechos terminaron imponiéndose sobre la retórica. El discurso libertario prometÃa reducir al mÃnimo la dependencia del Estado pero, sin embargo, frente a la escasez de divisas, el gobierno depende cada vez más de decisiones adoptadas por otros Estados: del respaldo financiero de Estados Unidos en los organismos multilaterales, del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y de la renovación del swap con el Banco Popular de China.
La realidad demuestra que las relaciones internacionales continúan estructurándose entre Estados y que ningún paÃs puede construir estabilidad económica ignorando esa dimensión.
La respuesta oficial de la Embajada china agrega otro elemento polÃtico. Mientras Washington justifica sus acciones en razones de seguridad nacional, Beijing responde reivindicando principios como la soberanÃa de los Estados, la no injerencia y el libre comercio. Esa posición coincide con el reciente Libro Blanco sobre la Iniciativa de Gobernanza Global presentado por China, donde vuelve a colocar en el centro del debate internacional el respeto por la igualdad soberana, el multilateralismo y el rechazo a las sanciones y medidas coercitivas de alcance extraterritorial.
La discusión, sin embargo, no deberÃa centrarse en cuál de las dos potencias tiene razón. La verdadera cuestión es por qué la Argentina dejó de defender una polÃtica exterior basada en la autonomÃa para transformarse en un actor crecientemente subordinado a las prioridades geopolÃticas de otros.
Las grandes potencias siempre defenderán sus propios intereses, eso no constituye ninguna novedad. Lo verdaderamente novedoso es que la Argentina haya comenzado a deteriorar relaciones con sus principales socios comerciales y tecnológicos en nombre de un alineamiento polÃtico que reduce su margen de maniobra internacional.
La autonomÃa nunca significó neutralidad. Significó defender el interés nacional manteniendo relaciones maduras con todos los actores relevantes del sistema internacional y ese fue uno de los principales activos históricos de la diplomacia argentina.
Abandonarlo no fortalece la posición del paÃs, la debilita, porque un paÃs que deja que otros definan con quién puede comerciar, invertir o cooperar tecnológicamente comienza a perder mucho más que margen de negociación: comienza a perder soberanÃa.
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