Opinión
El Chicago Boy y la restricción presupuestaria
Por Rodrigo Ibarrola
La "economía de guerra" se cobró su primera víctima: el capitán. Quien le suceda heredará una situación fiscal sin beneficio de inventario. La narrativa del déficit maquillado.

Dos semanas después de haber declarado la "economía de guerra" -y asegurar que no dejaría el barco en plena travesía-, el doctor Carlos Fernández Valdovinos deja el cargo. No conocemos los entretelones. Pero sí podemos observar las circunstancias en las cuales esto sucede y lo que queda expuesto en público.

El ministro de Economía no era una figura cualquiera. Carli -como lo llaman sus cercanos- no era el más agraciado en sus maneras. Pero era, sin lugar a dudas, la figura de más alto perfil del gabinete, no solo por su formación sino también por su trayectoria. Expresidente del Banco Central, con paso por organismos multilaterales y el sector financiero, quizás la presea faltante era justamente el cargo que hasta hace días atrás ostentaba.

Los errores acumulados del sistema previsional 

Bajo su conducción se inició un proceso de reestructuración de la administración pública. Desde el nuevo Ministerio de Economía y Finanzas pergeñó una arquitectura que le otorgó amplios poderes, pensada para conducir -más que acompañar- el rumbo económico. Todo esto en un país al que le ha llegado "la hora del desarrollo", como titula Dionisio Borda a su obra reciente.

Y aquí es donde comienzan las divergencias, no precisamente sobre el destino, sino sobre el camino a tomar.

"Queremos duplicar el producto interno bruto" repetía el presidente Peña. Fernández, como buen técnico, nunca replicó esa intención ni la confrontó. No porque la compartiera, sino porque sabía que pertenecía más al terreno de la retórica que a una realidad material. Como alumno aplicado de la Escuela de Chicago su enfoque fue esperable: disciplina macro, reformas estructurales, más apertura externa, disciplina monetaria (control de inflación) y una reducción del rol del Estado.

El presidente Santiago Peña.

Durante la breve luna de miel del inicio de gobierno -esa ventana donde todo parece posible y nada tiene costo-, ya convertido en una suerte de primer ministro, impulsó leyes que estaban empantanadas como la del servicio civil, superintendencia de pensiones, régimen de inversiones y de maquila, la creación de la DNIT, y otros. Siempre que pudo relativizó el hecho de obtener el grado de inversión de las calificadoras. Curiosamente, ese logro es la medalla que se termina llevando y por lo que seguramente será recordado.

Pero el Presidente de la República también tenía su propia hoja de ruta, que incluía la expansión de los programas sociales y las obras de infraestructura. Difícilmente el ministro se hubiese embarcado si dependiese de él, sin embargo, tenía que lidiar con ello. Pues para eso estaba ahí.

El Presidente de la República también tenía su propia hoja de ruta, que incluía la expansión de los programas sociales y las obras de infraestructura. Difícilmente el ministro se hubiese embarcado si dependiese de él, sin embargo, tenía que lidiar con ello. Pues para eso estaba ahí

El Estado paraguayo no tenía -ni tiene hoy- ingresos suficientes para sostener ese ritmo de inversión, sobre todo conduciendo por el sendero de consolidación fiscal (una expresión elegante para no decir ajuste), ya que estos dos elementos transitan en direcciones contrarias.

Los recortes no son populares ni generan votos. Y esa diatriba se expresó con particular crudeza en la discusión sobre la reforma de la Caja Fiscal.

¿Pero qué salió mal? La restricción presupuestaria. En las condiciones actuales es imposible impulsar la expansión y el mejoramiento significativos de los servicios públicos.

Juego de suma cero

El primer año ofreció una ilusión de solvencia: la recaudación creció más de 20%, alimentada en parte por factores transitorios, incluido el reacomodamiento económico argentino tras la llegada de Javier Milei. Pero las ilusiones fiscales tenían fecha de vencimiento. Una vez disipado ese efecto, la recaudación volvió a su tendencia. Y la promesa de no tocar impuestos dejó de ser un compromiso político para convertirse en una restricción operativa.

El resultado fue previsible: acumulación de deuda implícita con proveedores. Contratistas de obras y farmacéuticas empezaron a financiar al Estado sin haberlo decidido. Se sucedieron entonces solicitadas reclamando lo adeudado. La respuesta fue un plan de pagos, lo que siguió fue el incumplimiento. Y nuevamente más planes de pagos. Esa deuda hoy duplica a la que tuvo que afrontar al inicio de su gestión.

Javier Giménez, jefe de gabiente.

En ese contexto irrumpe la reforma de la Caja Fiscal, un agujero negro que amenazaba con engullir cada margen fiscal disponible. Pero su modificación afectaba directamente a la base política del oficialismo. Afloró el conflicto con el Congreso. En Diputados sintieron que absorbían el costo político de una decisión que no les era propia, atribuida a un engaño del ministro. Tal vez el error fue el timing, estas reformas no se hacen cuando ya no queda capital político. Se hacen al inicio o no se hacen.

Quizás en el esquema ideado por Fernández las cosas se sucedían como tenían que suceder. "Quiero una evolución, no una revolución", dijo en más de una ocasión. El problema era que mientras él administraba la evolución, se gestaba una revolución a sus espaldas.

Los conflictos con el ala política, impago sistemático a proveedores del Estado, el cambio metodológico en la medición de la pobreza, una deuda implícita de más de mil millones de dólares, el "error" en la predicción del tipo de cambio y de las transferencias a recibir de las binacionales, la declaración de economía de guerra y la intención de limitar la formación de las reservas facultativas de las empresas crearon un cóctel altamente inflamable que terminó por consumirlo.

Prácticamente no quedó ningún actor ni gremio privado que lamente su salida. Desde el propio entorno presidencial se habló -con delicadeza burocrática- de "habilidades faltantes". La comparación con la salida de Lea Giménez es, en ese sentido, elocuente.

A pesar de haber crecido a más del 4% durante tres años consecutivos, del aumento de la ocupación, de la disminución de la pobreza y de la estabilidad macro, la percepción social es otra: salarios reales estancados hace ocho años. Las largas filas para acceder a carne a precios de oferta lo demuestran

Como resultado, hoy se instala otra narrativa: déficit maquillado para alcanzar el grado de inversión. Puede ser exagerada. Puede no serlo. Pero lo relevante es que resulta creíble.

Pero también hay cuestiones más de fondo, porque a pesar de haber crecido a más del 4% durante tres años consecutivos, del aumento de la ocupación, de la disminución de la pobreza y de la estabilidad macro, la percepción social es otra: salarios reales estancados hace ocho años. Las largas filas para acceder a carne a precios de oferta lo demuestran.

Y así la "economía de guerra" se cobró su primera víctima: el capitán. Quien le suceda -tenga o no las "habilidades necesarias"- heredará la situación fiscal sin beneficio de inventario. Y, probablemente, no será valorado por corregirlo, sino por administrarlo hasta el final del mandato.

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