Cavallo asumió con poderes plenos para "restituir la confianza" y desatar un cÃrculo virtuoso de financiamiento. Caputo llegó veinticinco años después prometiendo lo mismo. |
Hay una palabra que nadie en el Gobierno pronuncia en conferencia de prensa: 2001. Pero los números, tercos, insisten en decirla por ellos. Riesgo paÃs que ya no suma ni resta, inflación que jura bajar y sube igual, consumo cayéndose a pedazos y un Presidente que les explicó a los deudores morosos que a nadie les puso un arma en la sien para pedir un préstamo.
Como alguien que dedicó diecinueve años a diseccionar la agonÃa de la Alianza, puedo asegurar algo incómodo; la comparación con 2001 no es una metáfora de cronista apurado, sino un diagnóstico conservador.
En mi tesis doctoral sobre el gobierno de Fernando De la Rúa definà a 2001 como una "coyuntura crÃtica"; el momento en que una élite tecnocrática, convencida de que la técnica reemplaza a la polÃtica, terminó devorando las condiciones de gobernabilidad que necesitaba para sobrevivir. Cavallo asumió con poderes plenos para "restituir la confianza" y desatar un cÃrculo virtuoso de financiamiento. Caputo llegó veinticinco años después prometiendo lo mismo. Cambiaron algunos apellidos. El guion no.
Milei descartó una ayuda a los morosos: "nadie les puso una pistola en la cabeza para endeudarse"
Robert Putnam definió a la tecnocracia como la creencia de que la planificación racional reemplaza a la negociación polÃtica; Jorge DomÃnguez bautizó "technopols" a los economistas con doctorado que, en los noventa, saltaron del sillón académico al gabinete convencidos de que su expertise alcanzaba para gobernar. Cavallo fue el technopol argentino por excelencia. Caputo repite la estructura, con un matiz que agrava el cuadro; el objetivo de Cavallo en 2001 era restaurar el crédito al sector privado; en 2023-2026 absorbieron abundantes recursos del sistema financiero local y produjeron un crowding out, por eso no logran que suceda, y encima hoy; el 13% de los créditos a las familias está en mora, sin contar que hay empresas del sector privado concursadas, y otras nuevas que no estan pagando.
La diferencia empieza en los números y empeora en la lectura. El riesgo paÃs ronda hoy los 450 puntos básicos, apenas un tercio de los 1.422 que marcaba en 2001. El Gobierno exhibe ese dato como trofeo. Pero hoy, con un tercio del riesgo paÃs, se financia una situación de riesgo de insolvencia de casi el doble: la relación deuda/PBI-aunque un tanto indescifrable- está 90% y 100%, contra el 50% de hace veinticinco años. Eso no es solvencia, es maquillaje actuarial. Y ocurre con un viento de cola que en 2001 no existÃa: el comercio mundial crece, no se desploma, y aun asà no alcanza para traccionar la economÃa local.
Lo mismo con la inflación. En julio el Ãndice de la de la Ciudad de Buenos Aires saltó a 2,9%, tras 1,8% en junio, cortando tres meses de desaceleración; en Córdoba los almaceneros midieron 2,1%, revirtiendo también su propia baja. El acumulado del año ya bordea el 19%, el doble de lo presupuestado, con una proyección interanual del 33%. Le pidieron a la sociedad que aguantara la recesión para bajar la inflación. Aguantó: 340.000 empleos formales perdidos en dos años y medio, un tercio de los despedidos tardando más de un año en reinsertarse. Y la inflación, en la ciudad más rica del paÃs, volvió a subir. ¿Para qué sirvió el sacrificio?
El propio FMI, que respaldó el ajuste con entusiasmo, empezó a dudar en voz baja del nivel de actividad y la informalidad laboral. Cuando el acreedor duda de que la sociedad aguante, es porque la sociedad ya está avisando que no aguanta (dos dÃas, 6 y 7 de agosto, con gente en la calle y fuertes disturbios represivos). El consumo lo confirma; el Ãndice de la Cámara Argentina de Comercio cayó 1% interanual en junio, con patentamientos hundiéndose 18%, indumentaria retrocediendo 4,6% y recreación 8,1%. Lo único que sube es lo que no se elige; vivienda, alquileres y servicios, 9,4%. No es que el consumo baje; es que a la gente le queda cada vez menos para decidir en qué gastarlo.
El punto de mayor densidad histórica es otro. Con el 13% de las familias endeudadas en mora, Milei descartó cualquier auxilio: "nadie les puso una pistola en la cabeza". La frase no es ridÃcula como la moral hazard de Caputo; pero también es contra el deudor de a pie; esto es una alerta al depositante, porque el banco que le prestó al que no puede pagar es el mismo donde cualquiera tiene sus ahorros. En 2001 el crédito y los depósitos cayeron juntos antes del corralito. La lógica de "que se hagan cargo los privados", mal gestionada, terminó ahÃ. La diferencia de 2026 es apenas cronológica; hoy se avisa antes del estallido, no después.
A esto se suma un dato que en 2001 no existÃa con esta claridad; las encuestas ya no miden humor social, miden riesgo de mercado. Zubán Córdoba registra 65,3% de desaprobación y 61,9% dispuesto a votar un cambio de rumbo en 2027. Los acreedores leen esos números tan atentamente como el propio REPO. El ajuste no solo le cuesta el bolsillo a la gente; empieza a costarle los votos al Gobierno, y eso también se cotiza en dólares.
Mi tesis sostuvo que la tecnocratización fue, en 2001, la fase desencadenante de la crisis; un gobierno que delegó su polÃtica económica en un experto terminó despolitizado, aislado y sin sustento social cuando más lo necesitó. Veinticinco años después la escena se repite con un agravante; existe menos margen fiscal, más deuda relativa y una sociedad que ya hizo el ajuste sin que la inflación premiara el esfuerzo. No hace falta que suene la palabra corralito para reconocer, otra vez, la antesala de un colapso de confianza.
Hay una regularidad que mi investigación sobre 2001 documentó; los mismos mercados que reclaman economistas al mando en la bonanza exigen polÃticos con sustento social apenas asoma la crisis. Lo que erosionó a Cavallo no fueron sus medidas técnicas, sino la ausencia de una base polÃtica capaz de sostenerlas. Ese "riesgo de incapacidad polÃtica" es, en el fondo, lo que hoy empieza a cotizarse otra vez.
Estudié 2001 durante casi dos décadas convencido de que entenderlo era la única forma de no repetirlo. Hoy, con la planilla en la mano y la tesis en el escritorio, la conclusión incomoda pero no sorprende; la historia no se repite por fatalidad, sino porque el diagnóstico tecnocrático vuelve a confundir maquillaje financiero con solvencia real, y porque nadie en el poder quiere leer una tesis hasta que ya es tarde. La pistola, en 2026, no la tienen los deudores. La tienen quienes, otra vez, prometieron confianza y entregaron coyuntura crÃtica.
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