Los seguros contra default se dispararon para después de 2027. Todos empiezan a apostar a que el modelo no cierra. |
Wall Street tiene una manera precisa de decir lo que no se anima a decir en público; el precio del seguro. Cuando un banco le vende a otro banco una cobertura contra el impago de un bono, ese precio -el Credit Default Swap, o CDS- no opina, no milita, no hace campaña. Simplemente calcula, en basis points, cuánto vale dormir tranquilo. Y en agosto de 2026 esa cifra empezó a decir algo sobre la Argentina de Javier Milei; el mercado no le teme al 2027. Le teme al dÃa después.
La curva de CDS argentina muestra un dato que cualquier lector de Michael Lewis reconocerÃa de inmediato. Según un informe de Alyc-Agente de Liquidación y Compensación-, la probabilidad implÃcita de default a un año apenas subió 30 puntos básicos en agosto, mientras que a cuatro y a diez años trepó 400 y 510 puntos, respectivamente. La suba es fuerte y absolutamente lógica, dada la inconsistencia entre la tasa de crecimiento del producto y la tasa de crecimiento de la deuda pública más los intereses, -que no puede reflejar el riesgo paÃs que elabora J.P. Morgan. Traducido al idioma de la calle: nadie apuesta, todavÃa, a que el Gobierno no pague en 2026. Todos empiezan a apostar a que el modelo no cierra, y tarde o temprano lo que ha de suceder, acontecerá. No es la sucesión presidencial lo que inquieta al mercado. Es el fracaso.
El mercado eleva el riesgo de default para el próximo gobierno
En "The Big Short", Lewis explica que la elegancia perversa del CDS; resuelve el problema del tiempo. El comprador no necesita adivinar cuándo estallará la crisis, solo necesita tener razón sobre que estallará. Michael Burry no apostaba contra una fecha; apostaba contra una estructura insostenible -hipotecas otorgadas a quienes no podÃan pagarlas, disfrazadas de activo AAA- sabiendo que el reloj corrÃa a su favor. PodÃa perder dos, tres años pagando la prima del seguro, y aun asà ganar, porque el problema no era de coyuntura sino de diseño. Los CDS a cuatro y diez años sobre la deuda argentina hacen exactamente eso hoy; no fechan el default, lo estructuran. No importa si Milei gana en 2027, pierde, o gobierna con el Congreso en contra; lo que la curva larga está cotizando es que el edificio, tal como está construido, no llega entero hasta ahÃ.
Y como todo CDS es, un juego de suma cero, cada punto básico que sube de un lado es una convicción que crece del otro; alguien, en algún escritorio de Nueva York, ya cobra por adelantado la certeza de que esto no cierra. Ese mecanismo -un instrumento pensado originalmente por J.P. Morgan a comienzos de los años noventa como cobertura defensiva, y que terminó convertido en el termómetro más cÃnico y más honesto de las finanzas globales- es hoy la letra chica en la que se lee, con meses de anticipación, lo que la city porteña todavÃa discute en eufemismos.
Ese "alguien" tiene nombre y pasado argentino. En "Los Golden Boys", el retrato de los jóvenes traders vernáculos que hicieron carrera en Nueva York y Londres operando deuda latinoamericana incluye a Luis "Toto" Caputo, descripto por sus propios colegas como "el Pelé blanco" de las mesas de dinero de J.P. Morgan. Caputo trabajó en Wall Street entre 1994 y 1998 gestionando bonos y acciones latinoamericanas; después, entre 1998 y 2003, encabezó en Londres el trading de Europa del Este y América Latina para Deutsche Bank (Infobae 14 de junio, 2018), exactamente el escritorio donde se cotizaba, dÃa a dÃa, el colapso argentino. En 2003 pasó a presidir Deutsche Bank Argentina, cuando el paÃs todavÃa masticaba las cenizas del Megacanje y el default de Cavallo-Sturzenegger. Santiago Bausili, su socio de siempre, hizo un camino paralelo; entró a J.P. Morgan en 1996, fue vicepresidente de la mesa accionaria para Argentina, China y Perú, y también terminó en Deutsche Bank supervisando las operaciones de deuda de varios paÃses sudamericanos. Ahà se conocieron el ministro de Economia y el presidente del banco central. Ahà aprendieron el oficio de leer, en el precio de un seguro, la fecha de vencimiento de un paÃs.
No serÃa académico imputar ordenamientos de CDS contra la Argentina en 2001, solo es anecdótico e ilustrativo, porque todos los traders argentinos lo hicieron, y alguien lo justifica en forma anónima, en el libro de Hernán Iglesias Illia "Golden Boys". Explica que si un operador no toma un riesgo o no cierra una operación rentable, otro compañero o competidor lo hará en su lugar. En esa época, el mercado todavÃa era incipiente, el instrumento recién empezaba a popularizarse como forma de apostar sobre la deuda de paÃses emergentes.
Para entender lo que el libro sà documenta con precisión etnográfica; esa generación de golden boys se formó exactamente en el oficio de calcular, con frialdad profesional "world class", la probabilidad de que un paÃs como el teóricamente suyo dejara de pagar. Mientras la city porteña se incendiaba, ellos -a miles de kilómetros, con acento porteño y traje inglés- cotizaban bonos defaulteados, medÃan el riesgo paÃs ajeno como quien mide la fiebre de un paciente al que no conoce, y aprendieron que la deuda soberana no es una promesa polÃtica sino un activo con un precio de default incorporado, que sube y baja según lo que hacen los ministros, no según lo que prometen.
Hoy esos mismos ojos, entrenados en Manhattan y en Londres para leer curvas de riesgo ajenas, gestionan la curva de riesgo propia; Caputo como ministro de EconomÃa, Bausili al frente del Banco Central. La pregunta que el CDS de 2026 les devuelve es la misma que ellos mismos vieron miles de veces desde el otro lado del escritorio, con la calculadora en la mano y ningún interés personal en la respuesta: ¿hasta cuándo aguanta esto?
El Gobierno y sus voceros ensayan una respuesta confortante; la suba de los CDS a plazo serÃa apenas el mercado "anticipando" un eventual regreso peronista, como si el número fuera causa polÃtica de una oposición inexistente y no consecuencia contable. Es la misma lectura que, según narra "Los Golden Boys", ya hacÃa Wall Street en 2001, cuando la city responsabilizaba a "las declaraciones de los polÃticos que dicen que hay que reestructurar" antes que admitir que la deuda, sencillamente, ya no cerraba. Veinticinco años después, el libreto se repite con el signo polÃtico invertido; hoy se culpa a un gobierno que aún no ganó ninguna elección, ni se ha organizado para competir en 2027.
Pero la curva no mide intenciones electorales, mide flujos. Y los flujos de hoy -no los de una hipotética gestión futura- son los que están empujando el riesgo de insolvencia fiscal intertemporal. El mismo deterioro que castigó a los bonos Globales desde comienzos de agosto tiene su correlato exacto en esta curva de CDS; la recaudación cae porque cae la demanda doméstica, golpeada por dos años de recesión parcial inducida; y la motosierra, que funcionó como ancla fiscal de corto plazo mientras hubo gasto para cortar, ya no tiene mucho más para recortar sin cortar también la base tributaria que sostiene el superávit que el propio Gobierno exhibe como su mayor logro. La IED (inversion extranjera directa) es la peor en los últimos 25 años. El ajuste, llevado a su lÃmite, empieza a comerse su propia fuente de financiamiento. Ese es el default que Wall Street cotiza a cuatro y diez años; no el de un gobierno que todavÃa no existe, sino el de un modelo que ya está quemando el combustible con el que se sostiene a sà mismo.
Los Golden Boys de ayer aprendieron, mirando caer a la Argentina de 2001, que el default nunca es un accidente; es el resultado, largamente anunciado en los precios, de una estructura que no cierra. Las apuestas contra el pais empezaron en marzo de 2001. También aprendieron -y esto es lo que "The Big Short" retrata mejor que ningún manual de finanzas- que cuando la señal aparece en la curva larga, casi nadie con poder de decisión quiere leerla a tiempo; es mejor "seguir timbeando" un poco más y luego culpar al mensajero, o a la oposición. Hoy, Caputo y Bausili administran esa misma estructura desde el sillón de enfrente, y disponen de algo que en 2001 nadie tuvo; la posibilidad de leer la advertencia mientras todavÃa hay margen para corregir el rumbo.
La ironÃa no es menor ni es casual; los traders que se formaron leyendo el precio del colapso desde sus oficinas en Wall Street o Londres son ahora quienes deben evitar que el mercado empiece a leer, con la frialdad con que ellos leyeron la Argentina de 2001, el precio del colapso propio. Esta primera señal, apenas una curva que empieza a empinarse a partir de 2027, no es profecÃa autocumplida ni maniobra opositora; es lo que el propio oficio de los Golden Boys enseña a leer sin sentimentalismo. Y esta vez, la mesa de operaciones no está en Nueva York ni en Londres. Está en Hipólito Yrigoyen 250, no en Wall Street.
Por favor no corte ni pegue en la web nuestras notas, tiene la posibilidad de redistribuirlas usando nuestras herramientas.