Editorial
Ignorar al cisne negro
Por Pablo Tigani
Gobernar como si el mundo fuera predecible, aun cuando la evidencia empírica sugería lo contrario, ha sido sumamente imprudente

El tráfico a través del Estrecho de Ormuz se ha paralizado y podría producir la crisis energética más grave desde la década de 1970. Puede descarrilar la economía mundial. El precio del petróleo ya está cerca de afectarlo todo.

Existe una tentación financiera recurrente que consiste en confundir el resultado favorable con la pericia. La Argentina contemporánea ofrece un laboratorio privilegiado para observar este fenómeno en acción; un equipo económico-financiero que estuvo interpretando resultados transitorios como prueba de genialidad, invisibilizando el papel dominante de la aleatoriedad y naturalizando la toma de riesgos que roza el límite de la inconciencia.

En sistemas complejos -como los mercados financieros globales atravesados por guerras, shocks energéticos, reconfiguraciones geopolíticas y fragilidad institucional- el azar no es una perturbación marginal sino el factor estructurante. Sin embargo, la narrativa libertaria se construye sobre la negación de esa aleatoriedad. El discurso del mérito, la audacia y la racionalidad opera como un dispositivo retrospectivo de legitimación; si el resultado fue favorable, entonces la decisión fue correcta; si fue adverso, se atribuye a factores exógenos imprevisibles.

Esta asimetría interpretativa no es ingenua. Constituye una forma específica de racionalidad que transforma la suerte en habilidad y la temeridad en coraje. En términos de Taleb, se trata de una administración del ruido como si fuera señal, una práctica que no solo distorsiona el diagnóstico sino que amplifica la vulnerabilidad. Y el problema no es moral ni psicológico, sino epistemológico y político; gobernar como si el pasado reciente garantizara el futuro implica desconocer la naturaleza no rectilínea de los procesos económicos.

El aparente éxito financiero del equipo económico argentino ha sido el resultado contingente de una secuencia favorable de eventos aleatorios. Las preguntas que subyacen son: - ¿qué ocurrirá si la suerte deja de acompañar a quienes gobiernan? - ¿cómo y por qué un grupo de trading financiero tiende a subestimar el rol de la aleatoriedad, sobreestimando su capacidad predictiva y adoptando estrategias de alto riesgo en la conducción macroeconómica de un país estructuralmente frágil? -

La literatura especializada sobre riesgo, incertidumbre y toma de decisiones en contextos complejos es amplia, particularmente a partir de las crisis financieras globales de 1997 (arroz), 2008 (Lehman Brothers) y las disrupciones sistémicas posteriores asociadas a pandemias, guerras y reconfiguraciones geopolíticas.

En la economía neoclásica que abraza el gobierno, el riesgo tiende a ser modelizado como una variable cuantificable y domesticable ("domable", dicho vulgarmente por Milei). Los modelos de expectativas racionales, optimización intertemporal y equilibrio general dinámico estocástico (DSGE) incorporan el azar como perturbación exógena, pero no como principio organizador del sistema.

Frente a esta tradición, Taleb constituye un punto de inflexión. En Fooled by Randomness y The Black Swan, Taleb introduce una distinción crucial entre riesgo medible e incertidumbre no cuantificable, subrayando el carácter no lineal de los procesos financieros. Su aporte cuestiona el modo en que las élites financieras construyen narrativas retrospectivas para atribuir habilidad a lo que es, en gran medida, producto del azar. Esta línea de análisis resulta particularmente relevante para el caso argentino, donde el éxito coyuntural es rápidamente traducido en legitimidad técnica.

Las teorías económicas, los modelos y los discursos no describen pasivamente el mundo, pero en cambio, lo configuran, lo performan. Gobernar como si el mundo fuera predecible, aun cuando la evidencia empírica sugería lo contrario, ha sido sumamente imprudente.

La socialización en entornos de trading de alta frecuencia produce disposiciones específicas como tolerancia elevada al riesgo, confianza performativa, desprecio por escenarios extremos y una ética de la supervivencia inmediata. Estas disposiciones, funcionales en ciertos segmentos del mercado, pueden resultar profundamente disfuncionales cuando se trasladan al ámbito de la política macroeconómica. Pero, "cuando baja la marea, se nota quien estaba nadando desnudo".

Decisiones concretas y lógica kamikaze

La conexión entre esta racionalidad y decisiones concretas resulta evidente al analizar episodios específicos; se hicieron apuestas concentradas sobre la continuidad del financiamiento externo- "en 2026 bajamos el riesgo kuka y volvemos a los mercados". Este razonamiento implicaba asumir supuestos de estabilidad geopolítica, desestimación de escenarios adversos vinculados a guerras, sanciones o shocks energéticos.

Estas decisiones comparten un rasgo común; están diseñadas para maximizar beneficios en escenarios favorables, pero carecen de amortiguadores robustos frente a escenarios adversos. En términos técnicos, presentan una asimetría negativa; pérdidas potenciales masivas frente a ganancias acotadas. Este patrón es consistente con una lógica kamikaze; avanzar rápidamente mientras las condiciones acompañan, confiando en que la salida estará disponible antes del impacto. El problema, como señala Taleb, es que en sistemas complejos la salida suele cerrarse sin aviso.

Arrogancia técnica y bloqueo del aprendizaje

El efecto más dañino de esta dinámica no es el riesgo inmediato, sino el bloqueo del aprendizaje. Cuando el éxito se atribuye exclusivamente a la habilidad, cualquier advertencia es interpretada como pesimismo ideológico o ignorancia técnica. La humildad epistemológica -condición necesaria para gobernar bajo incertidumbre- es reemplazada por una confianza performativa que se autopercibe como fortaleza.

En este punto, la política económica deja de ser un ejercicio de gestión prudente del riesgo para convertirse en una demostración de audacia. El mercado, en lugar de disciplinar, convalida la ilusión. Hasta que deja de hacerlo.

La confusión entre éxito, supervivencia y habilidad técnica constituye el núcleo cognitivo del estilo de gobierno económico analizado.

Nuestra advertencia en estos meses era simple, aunque difícil; la suerte no puede institucionalizarse como política pública. Mientras el contexto acompañe, la estrategia puede parecer eficaz; cuando deja de hacerlo, la ausencia de amortiguadores, la rigidez decisional y la negación previa del riesgo amplificaran los costos del ajuste.

La evidencia inicial analizada con el conflicto en Irán sugiere que el peligro no radicaba únicamente en la ocurrencia de eventos extremos -cisnes negros- sino en la decisión consciente de ignorarlos. En entornos complejos y volátiles, gobernar como si las soluciones del pasado-FMI, blanqueo, Swap, BIS- garantizaran el futuro no es audacia, es fragilidad encubierta.

La historia económica ofrece abundantes ejemplos de estrategias que funcionaron hasta que dejaron de hacerlo. La diferencia entre audacia y temeridad no se mide por los resultados inmediatos, sino por la capacidad de reconocer los límites del control. Gobernar como si la suerte fuera habilidad, no ha sido una buena actitud. Haber persistido en esa ilusión, cuando las señales de fragilidad se acumulan-amenazas de Trump a Groenlandia, Mexico, Venezuela, Colombia, Iran-, ahora blanquean peligrosamente que la acción política ha operado al límite de la inconciencia.

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