Editorial
El anticristo en boca de Caputo
Por Pablo Tigani
Cuando el clero de la Ilustración oscura descubre que el infierno son los demás.

El Gran Teatro de la Pobreza Administrada atraviesa sus horas más bizarras y degradantes. En el púlpito de la posverdad macroeconómica, donde los operadores de la timba financiera cambiaron los hábitos cardenalicios por sotanas de lino importado de Silicon Valley, se proclama ahora la nueva teología dogmática del ajuste permanente. El ministro de Economía, un ex trader reconvertido en exorcista de conventillo, ha decidido expulsar formalmente al demonio de la platita ajena bautizando a la oposición provincial como el mismísimo Anticristo, al tiempo que califica a los jubilados que protestan por sus haberes de miseria como pecadores que ignoran su propia gracia celestial traducida en una licuación inflacionaria. Es la apoteosis terminal del cinismo neoliberal; el capital financiero global, fuertemente asociado a la derecha alt-tech y a los profetas de la Ilustración Oscura, no gobierna ya para transformar la realidad social, sino para administrar el purgatorio con planillas Excel y una retórica puramente medieval. Mientras los magnates tecnológicos de la Costa Oeste de Estados Unidos sueñan con corporaciones soberanas y desprecian explícitamente el sufragio universal bajo el delirio de un elitismo cognitivo que confunde la avaricia corporativa con la selección natural, los gerentes locales de la miseria tercerizada repiten letanías burdas contra empresarios de la industria nacional a los que tildan despectivamente de "momias miserables". La coincidencia operativa y conceptual es perfecta y patética a la vez: incapaces absolutos de comprender el significado histórico, político y social de la escasez estructural que ellos mismos provocan con sus programas deliberados de tierra arrasada, estos sacerdotes de la timba entonan salmos seudoapocalípticos mientras celebran el derrumbe histórico de los salarios reales y del consumo interno como si se tratara de un triunfo místico del Espíritu Santo del libre mercado. Bienvenidos una vez más al desierto árido del realismo capitalista, donde los verdugos seriales se disfrazan cínicamente de mártires de la libertad y la única salvación que se le permite al pueblo es entregar mansamente su alma y su esfuerzo al algoritmo de los monopolios.

La irrupción de este nuevo clero tecnofinanciero en la periferia latinoamericana no constituye bajo ningún punto de vista un fenómeno aislado o casual, sino la estricta filial provinciana de una mutación global y sistémica que hemos conceptualizado rigurosamente bajo el término de technoplutocracia. En nuestras investigaciones previas hemos demostrado de qué manera el capitalismo de vigilancia, magistralmente teorizado por Shoshana Zuboff, y la total concentración de infraestructuras algorítmicas descrita por Nick Srnicek, han dado lugar al surgimiento de una nueva clase de magnates transnacionales -figuras como Elon Musk, Peter Thiel o Alex Karp- que desprecian profundamente los fundamentos normativos, institucionales y republicanos de la democracia liberal burguesa. Estos personajes, lejos de asumir los riesgos schumpeterianos del libre mercado clásico, operan en realidad como gigantescos monopolios extractivos dedicados a la mercantilización integral de la conducta humana. Es precisamente allí donde se produce el maridaje más grotesco y peligroso con las derechas locales y con los ministros timberos; la importación totalmente acrítica de la denominada Ilustración Oscura o corriente neorreaccionaria (NRx). Los ideólogos principales de la Ilustración Oscura, con Curtis Yarvin como su máximo exponente intelectual, postulan abiertamente y sin tapujos la total obsolescencia histórica del sufragio universal, exigiendo el reemplazo del Estado moderno por corporaciones soberanas administradas de forma privada por CEO-monarcas. Dentro de este imaginario profundamente elitista, las grandes masas populares ya no son consideradas ciudadanas dotadas de derechos políticos inalienables, sino simples "usuarios" o, en el peor de los escenarios analíticos, fricciones operativas que entorpecen la eficiencia óptima del código algorítmico. Sin embargo, cuando esta matriz ideológica de raigambre radicalmente antidemocrática recala con fuerza en las pampas criollas, adopta una forma insólitamente esperpéntica. Un operador bursátil reconvertido en burócrata de Estado asume sin pudor el rol de inquisidor digital, agitando un manual rudimentario de teología de cuarta categoría donde sus adversarios políticos son presentados como anticristo o demonios y los industriales que defienden el mercado interno son catalogados como momias. Desde la rigurosa perspectiva de la antropología del hombre de finanzas y de la sociología económica, esta verborragia escatológica evidencia de manera inocultable una profunda indigencia intelectual, una ignorancia supina tanto de la historia económica como de los fundamentos de la teología moral. Los cultores vernáculos de la derecha alt-tech y sus comisarios políticos en el sur global incurren cotidianamente en una colosal contradicción ética; practican de manera sistemática el pecado capital de la codicia y la avaricia, destruyen los lazos comunitarios mediante la precarización laboral absoluta, y al mismo tiempo tienen el tupé de presentarse ante la sociedad como cruzados morales de la civilización occidental frente al "infierno" del supuesto colectivismo estatal. La teología bíblica y patrística ha sido siempre cristalina al respecto; la verdadera esclavitud de la que advierten las Escrituras no es jamás la intervención redistributiva del ingreso ni la acción tutelar del Estado para proteger al eslabón más débil, sino la esclavitud alienante del pecado, cuya manifestación contemporánea más obscena es la idolatría ciega del dinero, la especulación financiera parasitaria y la deshumanización absoluta del prójimo. Pretender seriamente que personajes cuya única brújula moral es la tasa de retorno a cortísimo plazo y la valorización de activos financieros en guaridas fiscales nos vengan a redimir de la opresión es un insulto intolerable a la inteligencia histórica de los pueblos. El panoptismo digital analizado profundamente por Michel Foucault encuentra en estos personajes y en sus métodos de disciplinamiento social su expresión más degradada y burocrática. Mientras los tecnócratas ortodoxos de los años noventa -como documentó Jorge Domínguez- gestionaban la entrega sistemática de los resortes estratégicos estatales a los capitales extranjeros bajo una pátina formal de supuesta neutralidad técnica, los actuales gerentes de la technoplutocracia combinan la más cruda crueldad fiscal con la performance berreta propia de las redes sociales y la cultura del meme. El ministro-trader ya no discute con categorías o argumentos de economía política clásica; opera directamente con los resortes primitivos de la polarización algorítmica, buscando viralizar agravios cotidianos mientras destruye implacablemente el tejido industrial y PyME del país. Calificar públicamente a los empresarios nacionales que advierten con datos sobre los estragos de la apertura comercial indiscriminada como "momias miserables" desnuda la absoluta indigencia mental de una facción gobernante que confunde deliberadamente la rapacidad financiera con el verdadero espíritu empresarial innovador. En la matriz conceptual de Silicon Valley, el empresario disruptivo crea valor tecnológico genuino; en cambio, en la lógica degradada de la timba vernácula, el "megaempresario" al que aspira este modelo de valorización financiera es un simple rentista protegido por un esquema macroeconómico que deprime salarios y transfiere masivamente ingresos hacia la cúpula monopólica. La paradoja antropológica y sociológica se consuma de manera tragicómica cuando este andamiaje discursivo pretende exigir a los sectores pasivos -los jubilados que marchan pacíficamente cada semana frente al Congreso- que agradezcan sumisamente una recomposición licuada por la propia inflación oficial, tildándolos cínicamente de desagradecidos frente a la gracia divina del líder libertario de turno. Nos encontramos ante la consumación perfecta del totalitarismo invertido conceptualizado por Sheldon Wolin, donde las corporaciones transnacionales y los mercados globales dictan la letra chica de la existencia humana mientras reducen el espacio público a un simulacro degradado de libertad mercantil. La Ilustración Oscura sueña con un nuevo feudalismo tecnológico donde los señores feudales poseen en exclusiva los servidores y las patentes de inteligencia artificial; la versión criolla, aplaudida con fervor por nuestros brokers de cotillón, aspira tristemente a un neocolonialismo de bajísima intensidad donde la Argentina es reducida a la condición de factoría extractiva de materias primas y mano de obra barata, administrada íntegramente a través de trolls pagados, decretos de necesidad y urgencia y exégesis apocalípticas de una macroeconomía en ruinas.

Conclusión:

La farsa institucional grotescamente protagonizada por los nuevos inquisidores de la finanza global y sus comisarios locales no representa otra cosa que el desesperado canto de cisne de una racionalidad económica y política profundamente agotada. Pretender disimular el fracaso serial e inocultable de un programa sistemático de miseria planificada mediante el uso berreta y berretín de categorías teológicas de barricada -como el infierno, el demonio o el anticristo- desnuda la patética vulnerabilidad de una élite gobernante que ha perdido por completo el contacto con la realidad social elemental. Como hemos demostrado extensamente a través de nuestros análisis críticos sobre la technoplutocracia y las peligrosas derivas autoritarias de la neorreacción digital, el intento obcecado de subordinar la soberanía popular y los destinos de una nación a los caprichos algorítmicos de corporaciones tecnológicas desreguladas y timberos locales no conduce jamás a ningún renacimiento civilizatorio, sino a la profundización acelerada de la degradación democrática y la desintegración nacional. La historia universal enseña de manera implacable que ningún modelo social basado en la idolatría ciega del capital financiero y en el desprecio sistemático por el trabajo humano puede eludir jamás su propio colapso sistémico. Cuando el humo tóxico de los ejércitos de trolls se disipe por completo y las planillas Excel del ajuste estrangulador terminen estrellándose definitivamente contra la resistencia irreductible y digna de los pueblos, quedará expuesto ante la historia que el verdadero infierno jamás fue la justicia social ni la intervención solidaria del Estado, sino esta distopía codiciosa, fría y oscura que los mercaderes del apocalipsis financiero intentaron imponernos a martillazos digitales.

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  • 1
    Roberto Esteban Pintos Sánchez
    Hace 3 días
    09:06
    Artículo impecable e implacable. Gracias Pablo, por tanta claridad conceptual. Tus artículos son lectura imprescindible para mi, y siempre los recomiendo con fervor.
    Responder
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