Editorial
Cuando el neoliberalismo colonizó a sus enemigos
Por Pablo Tigani
Economía política de una derrota anunciada en la Argentina.

La llegada de Javier Milei a la presidencia fue leída, dentro y fuera del país, como una anomalía histórica. Un fenómeno excéntrico, una reacción emocional desbordada, un exceso discursivo que caló en una sociedad cansada. Sin embargo, observada desde la economía política, esa interpretación resulta superficial. Milei no es un rayo en cielo despejado. Es el producto coherente de una secuencia histórica más larga.

El interrogante central no es cómo pudo triunfar un proyecto abiertamente hostil al Estado, a los derechos sociales y a la tradición nacional-popular, sino por qué ese proyecto encontró tan escasa resistencia. ¿Cómo fue posible que un programa de ajuste extremo, desposesión social y subordinación financiera se impusiera con rapidez?

La hipótesis que organiza este ensayo es incómoda pero necesaria: el neoliberalismo no venció solamente desde afuera. Su triunfo decisivo fue interno. Se produjo cuando su racionalidad penetró en las prácticas, los lenguajes, las formas de organización y las subjetividades del propio campo que decía combatirlo.

Cuando la economía se vuelve forma de vida

Durante demasiado tiempo, el neoliberalismo fue entendido como un conjunto de políticas económicas: privatizaciones, apertura comercial, desregulación financiera, ajuste fiscal. Esa definición, aunque correcta, es insuficiente. El neoliberalismo es, ante todo, una racionalidad política que desborda la economía y se proyecta sobre el conjunto de la vida social.

Esta racionalidad redefine al sujeto como emprendedor de sí mismo, transforma los derechos en costos, sustituye la solidaridad por competencia-incluyendo a la militancia nacional y popular- y convierte a la política en una administración técnica. No se limita a imponer mercados; produce sentido común. Establece qué es razonable pedir y otorgar cargos.

Cuando esta lógica se naturaliza, la política deja de concebirse como transformación colectiva. El cálculo sustituye las convicciones. La espera estratégica reemplaza a la urgencia social. En la Argentina, esta racionalidad sobrevivió incluso a la experiencia neoliberal traumática de los años noventa. Aunque fue políticamente derrotada en el plano discursivo, permaneció activa como estructura mental subterránea. Incluso durante los años de expansión del Estado y ampliación de derechos.

Militancia y mutación organizativa

Uno de los efectos más profundos de esta colonización fue la transformación de la militancia. La tradición nacional y popular había concebido históricamente la militancia como forma de entrega, sacrificio y organización colectiva orientada a la justicia social.

La militancia comenzó a articularse alrededor del acceso a cargos, presupuestos y posiciones institucionales. Emergió así una figura central del período, el militante-funcionario. No se trata de una condena moral individual, sino de un fenómeno estructural. Cuando la militancia se organiza en función de trayectorias personales dentro del Estado, la lógica colectiva se debilita.

La lealtad deja de orientarse al pueblo y comienza a orientarse al esquema. El silencio se convierte en virtud, la obediencia se transforma en capital político.

Este proceso dio lugar a una oligarquización interna del campo nacional-popular. Se consolidaron núcleos cerrados de decisión, se reprodujo el poder de manera endogámica y se clausuró el disenso. El movimiento empezó a parecerse peligrosamente a aquello que decía combatir.

Liderazgo, afectos y sacralización

Todo proyecto político necesita liderazgo. Pero ningún liderazgo emancipatorio puede sostenerse sin interpelación. En el kirchnerismo, el liderazgo fue progresivamente sacralizado. La figura central se volvió incuestionable por blindaje afectivo. La crítica interna fue interpretada como ataque. La discusión estratégica se confundió con deslealtad. La militancia dejó de interpelar y pasó a custodiar. Esta dinámica no fortaleció al liderazgo; lo debilitó, encerrándolo en un círculo de confirmaciones y alejándolo de la realidad social.

La tradición peronista ofrece un contraste elocuente. Históricamente, el peronismo fue un movimiento atravesado por la interpelación permanente, incluso hacia su líder. Cuando esa tradición se abandona, el movimiento pierde vitalidad, capacidad de corrección y conexión con su base. La idolatría no protege a los liderazgos. Los inmoviliza.

La derrota material del proyecto nacional-popular

La colonización neoliberal no fue solo cultural, que calo fuerte en la oligarquización político-militante. Tuvo consecuencias materiales decisivas. A pesar de avances indiscutibles en materia social, la estructura económica argentina permaneció anclada en tres pilares nunca seriamente desafiados: la financiarización, el extractivismo y la dependencia externa.

Silencio, miedo y despolitización

La llegada de Milei al poder reveló el resultado final de este proceso. Frente a políticas de ajuste brutal, desmantelamiento del Estado y transferencia masiva de recursos hacia el capital concentrado, la respuesta fue débil, fragmentada y tardía.

El silencio no fue casual. Fue el producto de una cultura política que había aprendido a esperar, a calcular y a no incomodar. El miedo a perder posiciones, a romper esquemas o a asumir costos políticos paralizó a amplios sectores de la dirigencia.

Responsabilidad histórica y reconstrucción

Milei es el resultado de una derrota que se incubó durante años. El neoliberalismo no solo venció cuando recuperó el poder del Estado en 2015; venció cuando colonizó subjetividades, prácticas y organizaciones de quienes decían combatirlo. La reconstrucción del campo nacional-popular no será posible sin asumir esta responsabilidad histórica. Es necesario desmontar las lógicas que lo hicieron posible, recuperar la crítica como forma superior de lealtad y restituir a la política su dimensión ética y colectiva. Sin autocrítica no hay política. 

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  • 1
    arminioleonardo
    03/01/26
    02:17
    Hoy, este Estado neoliberal está a punto caramelo para todos aquellos que detentan el poder real en Argentina. La Nueva Gestión Pública que tenemos hoy no es más que un afeite nuevo sobre una cara vieja. Sin embargo, el peronismo K fue un paréntesis (12 años) en estos últimos 50 años de historia, con un Estado que gastaba a favor de la clase media criolla y los sectores populares, pero se pasó de largo varios pueblos con el vehículo y generó en su momento abultados déficits (fiscal, energético, etc.), caída de reservas internacionales e inflación alta. En fin, era solo una cuestión de tiempo que llegue al poder un economista libertario amante de los tecnicismos de la Chicago School y la Austrian School y solo el tiempo dirá si es la solución que necesitábamos o fue la razón de otro nuevo problema.
    Responder
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