EconomÃa polÃtica de una derrota anunciada en la Argentina. |
La llegada de Javier Milei a la presidencia fue leÃda, dentro y fuera del paÃs, como una anomalÃa histórica. Un fenómeno excéntrico, una reacción emocional desbordada, un exceso discursivo que caló en una sociedad cansada. Sin embargo, observada desde la economÃa polÃtica, esa interpretación resulta superficial. Milei no es un rayo en cielo despejado. Es el producto coherente de una secuencia histórica más larga.
El interrogante central no es cómo pudo triunfar un proyecto abiertamente hostil al Estado, a los derechos sociales y a la tradición nacional-popular, sino por qué ese proyecto encontró tan escasa resistencia. ¿Cómo fue posible que un programa de ajuste extremo, desposesión social y subordinación financiera se impusiera con rapidez?
La hipótesis que organiza este ensayo es incómoda pero necesaria: el neoliberalismo no venció solamente desde afuera. Su triunfo decisivo fue interno. Se produjo cuando su racionalidad penetró en las prácticas, los lenguajes, las formas de organización y las subjetividades del propio campo que decÃa combatirlo.
Cuando la economÃa se vuelve forma de vida
Durante demasiado tiempo, el neoliberalismo fue entendido como un conjunto de polÃticas económicas: privatizaciones, apertura comercial, desregulación financiera, ajuste fiscal. Esa definición, aunque correcta, es insuficiente. El neoliberalismo es, ante todo, una racionalidad polÃtica que desborda la economÃa y se proyecta sobre el conjunto de la vida social.
Esta racionalidad redefine al sujeto como emprendedor de sà mismo, transforma los derechos en costos, sustituye la solidaridad por competencia-incluyendo a la militancia nacional y popular- y convierte a la polÃtica en una administración técnica. No se limita a imponer mercados; produce sentido común. Establece qué es razonable pedir y otorgar cargos.
Cuando esta lógica se naturaliza, la polÃtica deja de concebirse como transformación colectiva. El cálculo sustituye las convicciones. La espera estratégica reemplaza a la urgencia social. En la Argentina, esta racionalidad sobrevivió incluso a la experiencia neoliberal traumática de los años noventa. Aunque fue polÃticamente derrotada en el plano discursivo, permaneció activa como estructura mental subterránea. Incluso durante los años de expansión del Estado y ampliación de derechos.
Militancia y mutación organizativa
Uno de los efectos más profundos de esta colonización fue la transformación de la militancia. La tradición nacional y popular habÃa concebido históricamente la militancia como forma de entrega, sacrificio y organización colectiva orientada a la justicia social.
La militancia comenzó a articularse alrededor del acceso a cargos, presupuestos y posiciones institucionales. Emergió asà una figura central del perÃodo, el militante-funcionario. No se trata de una condena moral individual, sino de un fenómeno estructural. Cuando la militancia se organiza en función de trayectorias personales dentro del Estado, la lógica colectiva se debilita.
La lealtad deja de orientarse al pueblo y comienza a orientarse al esquema. El silencio se convierte en virtud, la obediencia se transforma en capital polÃtico.
Este proceso dio lugar a una oligarquización interna del campo nacional-popular. Se consolidaron núcleos cerrados de decisión, se reprodujo el poder de manera endogámica y se clausuró el disenso. El movimiento empezó a parecerse peligrosamente a aquello que decÃa combatir.
Liderazgo, afectos y sacralización
Todo proyecto polÃtico necesita liderazgo. Pero ningún liderazgo emancipatorio puede sostenerse sin interpelación. En el kirchnerismo, el liderazgo fue progresivamente sacralizado. La figura central se volvió incuestionable por blindaje afectivo. La crÃtica interna fue interpretada como ataque. La discusión estratégica se confundió con deslealtad. La militancia dejó de interpelar y pasó a custodiar. Esta dinámica no fortaleció al liderazgo; lo debilitó, encerrándolo en un cÃrculo de confirmaciones y alejándolo de la realidad social.
La tradición peronista ofrece un contraste elocuente. Históricamente, el peronismo fue un movimiento atravesado por la interpelación permanente, incluso hacia su lÃder. Cuando esa tradición se abandona, el movimiento pierde vitalidad, capacidad de corrección y conexión con su base. La idolatrÃa no protege a los liderazgos. Los inmoviliza.
La derrota material del proyecto nacional-popular
La colonización neoliberal no fue solo cultural, que calo fuerte en la oligarquización polÃtico-militante. Tuvo consecuencias materiales decisivas. A pesar de avances indiscutibles en materia social, la estructura económica argentina permaneció anclada en tres pilares nunca seriamente desafiados: la financiarización, el extractivismo y la dependencia externa.
Silencio, miedo y despolitización
La llegada de Milei al poder reveló el resultado final de este proceso. Frente a polÃticas de ajuste brutal, desmantelamiento del Estado y transferencia masiva de recursos hacia el capital concentrado, la respuesta fue débil, fragmentada y tardÃa.
El silencio no fue casual. Fue el producto de una cultura polÃtica que habÃa aprendido a esperar, a calcular y a no incomodar. El miedo a perder posiciones, a romper esquemas o a asumir costos polÃticos paralizó a amplios sectores de la dirigencia.
Responsabilidad histórica y reconstrucción
Milei es el resultado de una derrota que se incubó durante años. El neoliberalismo no solo venció cuando recuperó el poder del Estado en 2015; venció cuando colonizó subjetividades, prácticas y organizaciones de quienes decÃan combatirlo. La reconstrucción del campo nacional-popular no será posible sin asumir esta responsabilidad histórica. Es necesario desmontar las lógicas que lo hicieron posible, recuperar la crÃtica como forma superior de lealtad y restituir a la polÃtica su dimensión ética y colectiva. Sin autocrÃtica no hay polÃtica.
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- 103/01/2602:17Hoy, este Estado neoliberal está a punto caramelo para todos aquellos que detentan el poder real en Argentina. La Nueva Gestión Pública que tenemos hoy no es más que un afeite nuevo sobre una cara vieja. Sin embargo, el peronismo K fue un paréntesis (12 años) en estos últimos 50 años de historia, con un Estado que gastaba a favor de la clase media criolla y los sectores populares, pero se pasó de largo varios pueblos con el vehículo y generó en su momento abultados déficits (fiscal, energético, etc.), caída de reservas internacionales e inflación alta. En fin, era solo una cuestión de tiempo que llegue al poder un economista libertario amante de los tecnicismos de la Chicago School y la Austrian School y solo el tiempo dirá si es la solución que necesitábamos o fue la razón de otro nuevo problema.