Milei, a diferencia de Perón en aquel momento, todavÃa no parece dispuesto a echar a nadie de la plaza. |
La historia argentina tiene una extraña vocación por repetirse, aunque nunca lo haga de la misma manera. Cambian los nombres, las ideologÃas, los sÃmbolos, los métodos y, por supuesto, las formas de violencia como metodologÃa. Pero los escenarios del poder vuelven bajo nuevas formas: un lÃder carismático convoca a una militancia intensa, joven, convencida de estar protagonizando una revolución histórica y moral; esa militancia lo ayuda a llegar al poder; una vez en el Gobierno, el lÃder descubre (aunque probablemente ya lo sabÃa) que gobernar exige negociar con sectores más conservadores, más pragmáticos y menos épicos; entonces la juventud que se creÃa heredera natural del proyecto empieza a sentirse desplazada. Primero murmura. Después desafÃa. Finalmente erosiona.
El gobierno nacional se encuentra hoy en una intensa interna entre dos bandos bien definidos. Por un lado "Las Fuerzas del Cielo", una militancia joven, ideologizada, digital y creyente de ser los guardianes del proyecto. Por el otro, un sector que encarna el pragmatismo polÃtico conducido por Karina Milei y los Menem.
Como si esto fuera un flashback de los 70s, las Fuerzas del Cielo representan hoy a la vieja "juventud maravillosa" que se agrupaba en organizaciones como Montoneros.
La comparación con Montoneros es deliberadamente provocadora, pero no debe leerse como una equiparación moral ni histórica. Las diferencias son enormes. Montoneros fue una organización polÃtico-militar que ejerció la violencia armada y - sin adherir a la teorÃa de los dos demonios - formó parte de una tragedia nacional. Las Fuerzas del Cielo son una militancia digital, discursiva, hiperideologizada, organizada alrededor de redes, operaciones comunicacionales y lealtades internas. No hay aquà violencia armada ni clandestinidad. Pero sà hay una lógica polÃtica reconocible: la de una militancia que se autopercibe más fiel al lÃder que el propio entorno institucional del conductor.
Perón conoció esa dinámica como nadie. Durante años habÃa alentado a la juventud peronista desde el exilio y habÃa permitido que amplios sectores juveniles interpretaran su regreso como la antesala de una revolución. Pero una vez de vuelta en el poder, eligió otra cosa: sindicatos, gobernadores, orden, verticalidad, negociación y aparato. El 1° de mayo de 1974, en Plaza de Mayo, la ruptura dejó de ser un rumor. Montoneros y la JP cuestionaron al Gobierno desde la plaza; Perón respondió desde el balcón con una frase que quedó grabada en la memoria polÃtica argentina: "imberbes" y "estúpidos". La retirada de las columnas terminó de escenificar una fractura que ya venÃa madurando.
Milei no está en 1974. Santiago Caputo no es Firmenich. Las Fuerzas del Cielo no son Montoneros. Pero el mecanismo polÃtico tiene un aire familiar. Javier Milei llegó al poder montado sobre una épica antisistema, juvenil, digital y moralizante. Prometió destruir la casta, dinamitar privilegios, enfrentar a todos y gobernar contra la vieja polÃtica. Esa narrativa necesitaba soldados de fe, no administradores. Necesitaba creyentes, no burócratas. Y Las Fuerzas del Cielo ocuparon ese lugar: fueron la liturgia, la tropa, el látigo digital y la guardia pretoriana del relato.
El problema es que el poder no se administra con épica permanente. Se administra con votos en el Congreso, vÃnculos con gobernadores, rosca territorial, cajas, nombramientos, estructura partidaria y acuerdos que se realizan tapándose la nariz. Allà aparecen Karina Milei, los Menem, los armadores provinciales y una lógica más conservadora del poder. No conservadora en términos ideológicos, sino en términos de método: ordenar, disciplinar, controlar listas, controlar firmas, controlar cargos y controlar territorio. En otras palabras, pasar de la revolución de redes al partido de gobierno.
Santiago Caputo no encaja del todo en el estereotipo de la militancia juvenil desbordada. Durante buena parte del Gobierno cultivó otra imagen: la del negociador sofisticado, el operador de bajo perfil, el arquitecto de acuerdos difÃciles y el intérprete más fino del vÃnculo entre Milei, la opinión pública y el poder real. Pero también representa una versión más doctrinaria del mileÃsmo: menos partidaria, menos territorial, menos burocrática y más convencida de que el proyecto debe conservar su identidad original. Caputo puede negociar, pero no parece dispuesto a entregar la conducción simbólica del movimiento al karinismo ni al armado de los Menem.
La crisis de los últimos dÃas lo mostró con crudeza. Milei intentó cerrar filas y respaldar a MartÃn Menem, pero la tropa digital no obedeció del todo. Salió a decir que al Presidente le habÃan mentido. La frase es mucho más grave de lo que parece. Porque ya no cuestiona solamente a Menem: instala que Milei puede estar mal informado por su propio entorno.
Ese es el punto de quiebre. Cuando una militancia empieza a decir que defiende al lÃder de quienes lo rodean, está construyendo la teorÃa del cerco. Es una figura clásica de los movimientos personalistas: el lÃder sigue siendo puro, pero está rodeado de traidores, burócratas, oportunistas o infiltrados. La culpa nunca es del conductor, sino de quienes le impiden ver la verdad. En el peronismo de los setenta, esa lógica fue parte del relato y el drama. En el mileÃsmo actual, puede convertirse en la causa de la fragmentación interna.
Milei, a diferencia de Perón en aquel momento, todavÃa no parece dispuesto a echar a nadie de la plaza. Intenta equilibrar. A Caputo lo llama hermano. A Menem lo respalda por su rol institucional. A Karina no la discute porque es el centro real del poder doméstico. Pero cuanto más intenta contener a todos, más expuesto queda. Si avala a Menem, se enoja la militancia. Si habilita a Caputo, se debilita Karina. Si calla, la interna crece. Si habla, la agrava.
El daño al Gobierno ya está. No porque Las Fuerzas del Cielo vayan a romper formalmente con Milei. Probablemente no lo hagan. Su identidad depende demasiado del Presidente. Pero pueden hacer algo más corrosivo: discutir desde adentro la autoridad de quienes gobiernan en su nombre. Pueden condicionar funcionarios, desgastar voceros, atacar aliados, embarrar armadores y convertir cada decisión pragmática en una traición al mandato original.
Las Fuerzas del Cielo no son Montoneros. Pero tal vez estén cumpliendo, en clave libertaria, digital y contemporánea, una función polÃtica semejante: recordarle al lÃder que toda épica revolucionaria, cuando llega al Estado, debe elegir entre volverse poder o seguir siendo protesta. Si elige poder, pierde pureza. Si elige pureza, pierde gobernabilidad. Y si intenta quedarse con las dos, corre el riesgo de que la historia argentina vuelva a hacer lo que mejor sabe hacer: devorarse a sus propios hijos.
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