Editorial
Catrasca ataca de nuevo
Por Osvaldo Nemirovsci
La ciudadanía merece gobernantes que prioricen su bienestar, no que se deleiten en su sufrimiento.

La anormalidad es la desviación significativa de los patrones comúnmente aceptados de comportamiento, emoción o pensamiento. No es lo mismo pretender ser disruptivo o rebelde, que ser anormal. En todo caso merece buena atención galena, y si es un presidente, mucho más.

Federico Sturzenegger, el funcionario de las políticas de desregulación en Argentina, relató con una crudeza perturbadora la reacción del presidente Milei al conocer los detalles de los proyectos que dieron origen a la controvertida Ley Bases.

Según sus propias palabras, textualmente citadas, el presidente parecía estar en un éxtasis desbordante: "Era como si estuviera teniendo sexo, gemía", afirmó Sturzenegger, en una declaración que no solo resulta chocante por su vulgaridad (no que el sexo sea vulgar pero sí lo es contarlo de esta manera), sino que revela una desconexión alarmante con las consecuencias sociales de dichas políticas.

Este comentario, lejos de ser una anécdota trivial, expone la perversión ideológica de un gobierno que encuentra placer en el dolor ajeno. ¿Es esto normal?

¿Es aceptable que un presidente, responsable del bienestar de millones, reaccione con un entusiasmo casi de película XXX ante medidas que han sumido a miles de familias en la incertidumbre económica?

¿Acaso es normal que un líder político derive satisfacción erótica de la precarización de miles de conciudadanos?

La Ley Bases, presentada como un pilar para la modernización del país, ha sido señalada como la causa directa de una ola de despidos masivos, el desmantelamiento de derechos laborales y un aumento exponencial de la precariedad. Mientras millones de argentinos sufren las consecuencias de estas reformas, que han priorizado los intereses de las élites económicas sobre los de la clase trabajadora, sectores medios, profesionales y Pymes, la imagen de un presidente exultante, casi en trance, ante un paquete legislativo tan devastador resulta no solo indignante, sino profundamente reveladora.

Este episodio pone en evidencia una empatía nula hacia los sectores más vulnerables y una obsesión ideológica que celebra la desregulación como un fin en sí mismo, sin importar el costo humano. La pregunta persiste: ¿puede un país confiar en un liderazgo que encuentra placer en políticas que generan dolor y exclusión? La respuesta, clara y contundente, es un rotundo no.

La ciudadanía merece gobernantes que prioricen su bienestar, no que se deleiten en su sufrimiento.

¿Dónde queda la ética cuando la euforia de la derecha se mide en lágrimas populares?

Milei no oculta su indiferencia para con él sufrimiento social, ese detalle se convierte para él en un espectáculo excitante, y Sturzenegger, su cómplice, lo narra con sonrisa cínica.

Este es el verdadero rostro del libertarismo: una elite que gobierna entre gemidos de placer mientras aplasta derechos.


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