Editorial
Un acto institucionalmente cuestionable
Por Osvaldo Nemirovsci
Ser granadero no es un título vacío: es un compromiso con la ética, la entrega a la Patria y la coherencia entre pensamiento y acción.

Reflexionar sobre la distinción honorífica entregada al presidente es una cuestión de principios y memoria histórica.

La reciente designación del presidente Javier Gerardo Milei como "granadero honorario" por parte del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín trasciende lo meramente protocolar. No se trata de un debate económico ni de coyuntura política, sino de un acto que vulnera la memoria histórica y los valores que encarnó el Libertador. Es, en esencia, un intento, consciente o no, de revestir de legitimidad simbólica a una figura cuya trayectoria contrasta abruptamente con los principios que definieron a San Martín y su legado.

"El Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín distinguió este domingo al presidente de la Nación, por lo que, desde ahora, y simbólicamente, Javier Gerardo Milei es "granadero honorario". Esto informa la noticia. Esto se publicó en medios.

Treinta palabras; pocas para tanto desdoro, muchas para tamaña insensatez; en una información que debe conmover el alma nacional y debe alertar sobre lo riesgoso de esa acción cometida.

Ser granadero no es un título vacío: es un compromiso con la ética, la entrega a la Patria y la coherencia entre pensamiento y acción. El general San Martín forjó este cuerpo militar bajo pilares inquebrantables: honestidad, defensa de la libertad, rechazo a la tiranía y sacrificio por el bien común. Fue un hombre de ilustración, para quien la educación era "la llave maestra de la felicidad de los pueblos", y cuyos consejos a su hija Mercedes reflejaban un profundo humanismo: amor a la verdad, caridad con los pobres, dulzura con los vulnerables y lealtad a la Patria.

San Martín dotó a esa fuerza militar de los atributos que él sostuvo en su propia persona. Fue un militar integro, con enorme formación intelectual y que estaba totalmente influenciado por las ideas de la época sobre la libertad, el progreso y la racionalidad como valor social.

Ante estos ideales, resulta pertinente preguntarse: ¿qué conexión existe entre tales virtudes y las acciones y discursos del presidente Milei? Desde el desprecio por los sectores más débiles hasta la frivolización de la verdad y la promoción de un individualismo extremo, su conducta dista de aquella "conducta ejemplar" que San Martín exigía. ¿Puede, entonces, otorgársele un honor que simboliza todo lo contrario? Es, sin dudas, un acto institucionalmente cuestionable

Más allá de lo simbólico, el gesto incurre en una irregularidad técnica: en las Fuerzas Armadas, no es habitual que subordinados concedan distinciones a superiores jerárquicos. El presidente, como Comandante Supremo, recibe un reconocimiento de sus propios subalternos, sean estos, el jefe del regimiento o el Ministro de Defensa, lo cual genera una contradicción en la lógica castrense.

Tenemos cierta obligación de no normalizar lo inadmisible.

Algunos minimizarán este hecho como un "tema menor". Sin embargo, cuando se permiten transgresiones a los símbolos nacionales, se debilita el tejido ético de la sociedad.

San Martín no es una figura decorativa: es el faro de la integridad nacional. Usar su nombre para honrar a quien desdice sus valores no solo desvirtúa la historia, sino que erosiona el sentido mismo de las instituciones.

En tiempos donde la polarización amenaza con banalizar los principios fundacionales de la Argentina, recordar para qué existen los honores, y a quiénes deben otorgarse, es un acto de defensa de la memoria colectiva.

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