Venezuela
Venezuela y la caída de la Dictadura argentina
Por Sebastián Velesquen
A diferencia de lo que ocurre con el Chavismo, el régimen que languidecía en el 83 estaba condenado desde afuera y, también, por la inmensa mayoría de la población civil. En Venezuela la grieta divide a partes numéricamente relevantes.

 ¿Que semejanzas y diferencias tiene hoy Venezuela con la Argentina de 1983?

Obviamente esta comparación no puede ser exacta, mucho menos cuando se trata de épocas y sociedades bastante distintas, pero podríamos ver algunos rasgos que sirven como un aporte de indicios.

La presión internacional hacia la Argentina en 1983 y la Venezuela de Maduro ha sido y está siendo fuerte en ambos casos. Desde Europa, más centralmente desde la UE, movilizando mucho los temas de los Derechos Humanos y los peligros humanitarios.

Desde Estados Unidos se propicia hoy el fin del gobierno autoritario de Maduro como el del Proceso en su momento entre nosotros, luego de años de abierta tolerancia y beneficios económicos y estratégicos que obtenían de esos mismos procesos, que hoy condenan.

A diferencia de lo que ocurre con el Chavismo, el régimen que languidecía en el 83 estaba condenado desde afuera y, también, por la inmensa mayoría de la población civil. En Venezuela la grieta divide a partes numéricamente relevantes y quien suceda a Maduro no contará, como Alfonsín, con terreno despejado para resembrar democracia: en Caracas no todo el mundo tiene la misma idea acerca del sistema político que ambicionan para su país.

Al igual que aquí en el 83, el sucesor de Maduro tendrá que hacer equilibrio ante visiones muy contrapuestas que anidan entre sus compatriotas. Y, como suele suceder, un gran éxito en ordenar la economía le permitiría maniobrar con vientos que resultarían decisivos. A diferencia de nosotros, el algoritmo mágico de la economía venezolana pasa por su comercio de petróleo con Estados Unidos, de manera que ese resorte debiera bastar para un lanzamiento inicial con mucho viento de cola.

Internamente se presionará al futuro gobierno para que arrase con la enorme corrupción y las notorias violaciones a los Derechos Humanos, pero una cruzada como esa producirá fuertes resistencias del otro lado de la grieta, perjudicando a la gobernabilidad en nombre de las mejores intenciones. Como un esforzado marino, ese gobierno deberá navegar de un extremo al otro cuidando de no arruinar todo en los extremos.

La solución que Argentina aplicó al tema militar admiró al mundo e influyó notoriamente en los procesos de retorno a la democracia de por ejemplo Brasil, Chile y Uruguay. Pero, otra vez, la ecuación de poder en Venezuela es diferente. En esos tres vecinos los militares se retiraron, no fueron expulsados. En Brasil y Uruguay, a favor de economías no tan mal llevadas como aquí, no dieron un paso al costado sin quedar con algún reconocimiento, además de que sus siempre repudiables violaciones humanitarias no alcanzaron el horror de los casos de Viola y Pinochet. Y en Chile un evidente progreso económico permitió distinguir la imprescindible condena de los criminales de las ventajas de una economía floreciente.

La normalización de nuestras fuerzas armadas, que todavía no ha terminado, transitó por los sinuosos caminos del punto final y la obediencia debida, que no todos hasta hoy aceptaron.

Solo Dios debe estar en condiciones de anticipar cuál será finalmente el algoritmo de tensiones para un lado y para el otro que terminen configurando los años venideros en el pos chavismo. La participación miltiar en el narcotráfico y la forzosa intervención de la DEA seguramente introducirán un matiz diferenciador que todavía no ha enfrentado ninguno de nuestros países.

Lo mismo el desarme de los miles de efectivos cubanos y de las milicias populares chavistas, fenómeno sin antecedentes en nuestra región.

La ya efectiva penetración financiera y militar de China y Rusia es vista por muchos impacientes como solo erradicable mediante el uso de fuerzas también extranjeras que, sin embargo, olvidan el profundísimo rechazo de nuestra región a los corolarios imperiales de la doctrina Monroe.

La democracia no es un producto que se compra en la farmacia, se espolvorea en la sociedad y todo solucionado. En el 83, todos queríamos el fin del régimen y la construcción desde cero de un nuevo sistema democrático perdido durante cincuenta y tres años. Lo propio en Chile, Brasil o Uruguay. En Venezuela, en cambio, la mitad de la grieta verá con desconfianza a la democracia como una herramienta de dominio en manos de la otra mitad ganadora. No debe olvidarse que en su momento el chavismo aparece con apoyo arrollador cuando el pueblo venezolano se hartó de los gobiernos que se denominaban democráticos, donde se votaba a cada rato y la vida de los más desamparados cada día iba peor. En la Argentina del 83 todos queríamos elecciones y división de poderes. En Venezuela no es tan así.

La democracia siempre supone una esforzada construcción - nosotros llevamos treinta y seis años en ese camino-, pero en Caracas deberán comenzar por convencer a mucha gente de que se trata de un sistema que puede beneficiar a todos sin ventajas para ninguno.

La no exageración de las expectativas, ayudará a que este proceso de normalización democrática lento y lleno de dificultades llegue a buen puerto y en paz. 

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