Estados Unidos
Trump pos elecciones
Por Sebastián Velesquen
A dos años de gobierno, se mantiene la grieta norteamericana. Casi la mitad prioriza los buenos resultados económicos y la casi otra mitad rechaza su ideología y comportamiento.

Golpeado por estos días en casi todo el mundo Occidental -el mismo al que ha hecho tan grande- el sistema republicano acaba de darnos una nueva lección con la votación de medio término en Estados Unidos.

Algunas políticas de Trump merecían algo de respaldo, así y todo con tres millones de votos menos, Trump perdió. Pero solo por puntos, no por nocaut, como muchos ambicionaban. Conserva el Senado, pero perdió el control de los Representantes. Una de cal y una de arena. Otra enseñanza del mecanismo democrático buscando equilibrios, llave de la democracia: el presidente ya no podrá hacer lo que le venga en gana.

Con su histrionismo habitual, en el mismo día, Trump despidió al Procurador General y a un periodista de CNN, al que luego acusó falsamente de faltarle el respeto a una pasante.

Haciendo los mismos gestos que en su Reality Show, informó asombrosamente que el ahora ex procurador no había impedido las investigaciones de la Justicia en torno a una acusación sobre él y su equipo electoral, con agentes rusos para influir en la campaña presidencial. Y pudimos ver por televisión como el periodista ni siquiera pudo defenderse ante la enérgica manera de la pasante de la Casa Blanca utilizo para sacarle el micrófono, por orden de Trump dirigiéndola a tres metros.

La primera conclusión es que a dos años de gobierno, se mantiene la grieta norteamericana. Casi la mitad prioriza los buenos resultados económicos y la casi otra mitad rechaza su ideología y comportamiento. No hubo cambios.

Casi todos los presidentes han debido lidiar con todo o medio Congreso en contra. No debiera verse como catástrofe. Si como advertencia: va a tener que negociar cada paso. Y a esa negociación va a conducirla el partido republicano, que de esa manera adquirirá ante Trump una relevancia de la que ha carecido hasta ahora. El sistema institucional norteamericano ya cuenta, en ambos partidos, con herramientas para poner en caja a un free rider demasiado soberbio. Tampoco es que quedó inerme: para votar un impeachment hacen falta los dos tercios del Senado, y eso parece todavía muy lejano.

Trump es un peleador, y necesita enemigos. Una Cámara de Representantes que le ponga dificultades podría facilitarle el culparla cuando en los próximos dos años quizá descienda su principal caballito de batalla, el actual vértigo económico, al terminarse la típica euforia inicial que acompaña a todas las políticas proteccionistas.

Tal vez haga como otros presidentes igualmente jaqueados y se vuelque más a las relaciones exteriores, donde el Congreso puede limitarlo menos. Ya ha pateado un montón de tableros -el NAFTA, el Acuerdo del Pacífico, la relación especial con la UE, el Acuerdo Climático de París, el comercio con China, el acuerdo misilístico con Rusia la OMC, ahora le apunta a la ONU- y se prepara en el G20 a romper mucho más que a construir. Si las señales sirven de algo, ya avisó que va a disminuir a la mitad su paso por Buenos Aires.

La noticia, sumada a la posible concurrencia de Bolsonaro, supondría una disminución sobre la importancia de la relación personal entre Trump y Macri y un consiguiente eclipse a partir de Bolsonaro. Quienes así razonan tienden a atribuir la buena relación de Estados Unidos con Argentina a una suerte de química personal entre ambos presidentes, cosa que tal vez exista pero ya no funcionamos como en la edad media, por la simpatía entre príncipes. A diferencia de la escasísima importancia que Clinton y Obama atribuyeron a nuestro país, Trump, con todos sus criticables defectos, está procurando promover conexiones estructurales entre las alternativas no populistas en América Latina. En lo personal se lleva bien con Macri, probablemente con Bolsonaro y ciertamente no con López Obrador, a quien insiste en la aberración del muro. No obstante eso, tradiciones son tradiciones y abandonara el G20 en Argentina para llegar a la asunción del mexicano.

Hay que terminar con el exceso de entusiasmo en explicar de nuestra inserción en el mundo más allá del encanto personal de nuestros gobernantes, priorizando el equilibrio de las balanzas comerciales. Al final el Peso de la Historia, nos guste o no, se nos impone.

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