Economía
El neoliberalismo en su hora más crítica
Por Ricardo Bloch
La corriente imperante que le dio forma al mundo moderno hoy es rechazada por él. La pandemia abre paso al estatismo y la intervención. ¿Y después?

El semanario británico The Economist fue fundado en 1843 por el financista escocés James Wilson, y desde 2015 por primera vez en su historia, es dirigido por una mujer, Zanny Minton Beddoes. Con motivo del 175° aniversario de su lanzamiento, la revista escribió que "el liberalismo hizo el mundo moderno, pero el mundo moderno se está volviendo contra él". Desde entonces sus millones de lectores globales comenzaron a preguntarse si el semanario, monstruo sagrado del establishment financiero internacional al que Karl Marx llamó la aristocracia de las finanzas, revisaría sus cánones editoriales en materia de política económica.

Desde el atentado contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001 (sí, ya ha pasado una generación de milennials desde entonces), hasta la debacle financiera internacional del 2008, tanto en publicaciones académicas como en las redes sociales, el concepto de liberalismo sufre casi a diario un bombardeo de misiles semánticos. Con inflación creciente de anteojeras dogmáticas, es probable que en poco tiempo liberales y antiliberales descalifiquen hasta las definiciones publicadas en los diccionarios sobre la materia. Posverdad en su máximo nivel de entropía.

Ni apologistas ni detractores de la santísima trinidad enarbolada por John Locke, David Hume y Adam Smith, y en el siglo pasado por Milton Friedman, Friedrich Hayek y Karl Popper, pierden la oportunidad de rezar o blasfemar sobre la bonanza eterna de los postulados del libre cambio.

Tal vez habría que relajarse, tomar aire, soslayar los ímpetus irracionales y emular al notable Umberto Eco, cuando con tono de irónico lamento expresaba que había perdido la libertad de no tener una opinión. Tampoco estaría demás releer la frase más citada del filósofo Ludwig Wittgenstein sobre la oportunidad del callar.

En los últimos años pareciera que sobran los coroneles haciendo fila para aleccionar sobre lo que no tipifica al liberalismo en su vasto y sinuoso concepto. No abundan, por su parte, los soldados que, exentos de culpa, avancen enarbolando la bandera de las privatizaciones como el gran comodín de todo programa liberal. Los tentáculos cada vez más musculosos del Prometeo estatal son un dulce difícil de despreciar en estos trágicos días de pandemia.

Sin ponerse colorado, el GPS de un liberal puede transformarse al rimo del resultado de una elección, del balance de una empresa o, como ha sucedido a lo largo de la historia, por una cuestión sentimental (¿cuántos salvatajes estatales se habrán decido y decidirán entre las cuatro paredes de una habitación conyugal?).

La falacia de su ubicación mayoritaria en el pantanoso centro de la escena política denota la vaguedad conceptual que casi a diario se ve reperfilada por las decisiones que, a diestra y siniestra, toman los gobernantes, tanto en épocas de bonanza como en momentos de apremios económicos y financieros.

La aceleración del desarrollo tecnológico de las comunicaciones a partir de la revolución cibernética de finales de la década del ´60 tuvo su origen en organismos y empresas con mayoría de participación del Estado. Actualmente es el estado quien contrata a esas empresas, muchas de las cuales fueron sancionadas por el propio estado por violación a las leyes que combaten los monopolios.

Pocos recuerdan que la ola de la contracultura, puntapié inicial de internet, nació, creció y murió en California y se reprodujo en billones gracias a los algoritmos de Wall Street en Nueva York. Satisfaction guaranteed para el liberalismo ambidiestro. ¿O acaso no eran liberales de izquierda la mayoría de los artistas e intelectuales amigos de John Maynard Keynes que conformaron el Grupo de Bloomsbury?

Jorge Luis Borges conversando con su amigo Adolfo Bioy Casares refiere que "es un sofisma negar lo que no es fácil de definir", y agrega que quizá no se pueda precisar cuándo acaba el día y empieza la noche, para concluir que nadie confunde el día con la noche. Mario Bunge, quien al final de sus centenarios días renegó de su irracional antiperonismo de juventud, no lo podría haber dicho mejor.

El filósofo y politólogo británico John Gray afirma que el liberalismo fue en la práctica el experimento de disolver las fuentes tradicionales de cohesión social y legitimidad política y reemplazarlas con la promesa de elevar el nivel de vida material.

Los egg heads de los centros académicos comenzaron a ver trastabillar el amplio abanico de la ideología liberal en la década pasada. Sus adversarios de ocasión le facilitaron la tarea ampliando el campo semántico al "neoliberalismo" como el sistema económico que por su supuesta injusticia social degrada a las democracias occidentales. ¿Alguien en Argentina lee hoy a John Rawls y al economista Albert Hirschmann?

Mientras tanto en un país del revoltoso hemisferio está por verse si, tras el final de la pandemia, el partido dominante a lo largo de más de ochenta años cambia el sello de su franquicia. Tal vez el año próximo, como ya ocurriera en el año 2005, un apellido se transforme en un nombre, y éste en la nueva temporada del neoperonismo, con una tarea legislativa no menor. Dictar leyes sobre las nuevas garantías y derechos de lo que la economista y filósofa de Harvard, Shoshana Zuboff, ha bautizado como el "capitalismo de la vigilancia". Parecieran temas de ciencia ficción para un país con un 37,5 por ciento de pobreza.

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