Gobierno
Vacunapaloza y cuarta categoría
Por Pablo Cano
Hasta el sincericidio de Verbitsky, el gobierno había estructurado un relato y una estrategia electoral sumamente realista.

Cierta liviandad de la gestión del Frente de Todos invita al comentario rápido y superficial que galvaniza la opinión de un gobierno fofo, un Presidente condicionado y un oficialismo estructurado sobre una coalición en constante crisis.

Sin embargo, hasta el sincericidio de Horacio Verbitsky, el gobierno había estructurado un relato y una estrategia electoral sumamente realista (lo que hay, lo que puede haber y lo que no hay) que dejaba a la oposición en un limbo de halcones y palomas que le consumía tiempo político vital.

Pasó de largo la lectura profunda de lo que implicó la secuencia iniciada con la presentación efectuada por Sergio Massa del proyecto el impuesto a las ganancias a los trabajadores. Tal proyecto, que vuelve a un esquema de "piso" impositivo similar al vigente hasta 2015, conlleva una mejora de ingresos para cerca de 1.3 millones de personas, la mitad de ellos votando en la provincia de Buenos Aires. Allí estuvo el diferencial del ballotage del 2015, la promesa de Macri (luego incumplida) de bajar el impuesto frente a la incomodidad de Scioli que, siendo candidato del oficialismo, apenas podía prometer algo difuso al respecto frente a la negativa fiscal del gobierno de CFK de rever aquel tema. La propuesta de Massa no sólo reconoce tal error y trata de enmendarlo 3 elecciones después, también brinda información acerca del amalgama de la coalición del peronismo. Si la mayoría del capital electoral lo tiene el kirchnerismo y éste delega la agenda en el socio minoritario, e incluso el Presidente se priva de anunciarlo primero, está claro que el dispositivo peronista está sumamente atento a fortalecer todas sus aristas antes que a provocar el desequilibrio. Una síntesis forzada de los roles y la oferta del oficialismo para ganar las elecciones de medio término podría deducirse aquí: El Presidente lidera el vacunapalooza, El Peronismo de centro (Massa) lleva agendas de clase media y el Kichnerismo aporta la fibra identitaria a la masa crítica del volumen de la coalición bancando las contradicciones que emergen de la mano de la malaria económica y las pendulaciones en algunas agendas, aceptando, asimismo, su vocación de ser parte de un proyecto de poder y no de resistencia.

La horizontalidad de este esquema también mantiene una rítmica que marca roles y jerarquías. Alberto Fernández tiene, naturalmente por su condición, la exclusividad de la agenda de la vacuna acaparando los traspiés por los contratiempos pero también perfilándose al final de esta secuencia como el protagonista principal de una campaña exitosa ya que una amplia mayoría de la población vacunada para el momento de la votación dará un rédito transversal, propio de la figura Presidencial, que debería ser facturado en las urnas. Sergio Massa transita botoneras de poder real que le permiten jugar la bisagra entre su amplia llegada a los diversos círculos rojos y el dispositivo de toma de decisiones del peronismo, aportando esenciales caminos de ida y vuelta entre ambos. Finalmente, el kichnerismo (a veces CFK, a veces Máximo) sostiene el activo militante y aporta marcos y límites que se traducen en las contradicciones internas que hasta ahora se vienen administrando con pericia. Visto de afuera, la descripción calza a la perfección con aquella famosa analogía felina de Perón respecto de que sucedía cuando parecía que los peronistas se estaban peleando.

Aunque en estos días la agenda del vacunatorio vip se imponga y sus esquirlas todavía estén disparándose en el aire, la historia reciente habla sobre el poco impacto de estos hechos en las agendas electorales y probablemente, pasado el tembladeral, no alteren la hoja de ruta prefijada. El peronismo se prepara a afrontar una elección de medio término en el peor contexto imaginable pero en las mejores condiciones posibles para una fuerza política (con el asterisco de Córdoba, van todos juntos y esto no sucede desde 1991). Si hay una real crisis política compleja de sortear, ésta sucederá con el cierre de listas porque tal evento es lo único que tensiona desde adentro el mecanismo de funcionamiento que se viene dando desde el 10 de diciembre de 2019. El post pandemia y el camino de cara a 2023 conlleva una suerte de reacomodamiento de roles que se transita en un escenario voluble por la ausencia de una conducción verticalista del espacio, algo que sólo sucede en el peronismo cuando es oposición, y por la natural transición hacia otros liderazgos fruto del paso adelante de una nueva generación. Estos sub 50 alcanzan una heterogeneidad cuya síntesis es el verdadero desafío que debe atravesar el peronismo. Máximo, Massa, Kicillof, decenas de intendentes y hasta -con alguna licencia en el corte etario - gobernadores como Sergio Uñac y Gustavo Melella, llegan al tamiz de esta elección de medio término con una expectativa de constituir un punto de partida hacia el Peronismo post (post pandemia, post Alberto, post Cristina, post crisis económica...y todos los post posibles). Un ejercicio habitual, y a veces poco saludable, de toda fuerza política en el poder que tiende a imaginar los próximos 10 años con una mezcla de planificación y voluntarismo que suele dar resultados desparejos.

Más allá de esto, resulta mucho más interesante la evolución de esta situación interna del peronismo -que implica una tensión histórica del movimiento aggiornada a estos tiempos- que el derrotero de la oposición, atrapada en la discusión entre un trumpismo tardío y un centro que siempre es políticamente correcto pero segunda opción en todas las encuestas.

Por lo pronto, el año electoral (muy presente en la política y totalmente ausente en la agenda de la sociedad) encuentra al Presidente con toda su fuerza encolumnada, prendiendo la vela al pronóstico de Martín Guzman para que el rebote se empiece a sentir para el tercer trimestre y con la expectativa fundada de tener un alto porcentaje de la población vacunada para cuando se abran las urnas. No es ni mucho, ni poco. Es lo que hay.

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