economía
Necesitamos cambiar
Por Manuel Adorni
El país encara el tercer año de mandato del Gobierno con varios puntos clave: la reforma laboral, combatir seriamente la inflación, la llegada de inversiones, y la lucha de los jubilados.

El primer año de Mauricio Macri como Presidente de la Nación fue sin dudas un año muy complejo. En efecto, muchos de los analistas esperaban un inicio de mandato con cierto grado de shock en las medidas que se iban a llevar adelante aprovechando el capital político emanado de la victoria ante el desdibujado Daniel Scioli, quien hasta aquel entonces era considerado el heredero cristinista. Estas medidas finalmente se limitaron simplemente a algunas cuestiones puntuales -y no por eso sin importancia- como el fin del cepo cambiario y el arreglo con los holdouts. No mucho más dejaría el año 2016, sin ninguna cuestión de fondo en materia de reforma del Estado, especialmente en cuestiones de déficit fiscal, una de las herencias más crueles y dañinas para la economía y el futuro de Argentina de los doce años kirchneristas.

El año que hemos dejado atrás fue un año signado por el proceso de elecciones. Nada ocurriría hasta aquel ya lejano 22 de octubre donde el gran ganador fue el oficialismo, no solo por haber obtenido la mayoría de votos a nivel nacional sino por su contundente victoria en la madre de todas las batallas: la provincia de Buenos Aires. A partir de aquí, las apuestas fuertes se centraban en que por fin llegaba el verdadero gobierno de Macri, las profundas reformas estructurales y los cambios paradigmáticos que -por cuestiones políticas, de tiempo o de coyuntura- no habían podido ser implementadas hasta ese momento.

Solo con mencionar los vaivenes que ha sufrido el camino de la Reforma Previsional (ya convertida en Ley) es suficiente para entender el grado de incultura, la dejadez intelectual y el fanatismo por la nada de ciertos sectores que han dejado como resultado policías heridos, el espacio público en los alrededores del Congreso de la Nación completamente destruido, una imagen de decadencia que dio vuelta al mundo, un instante eterno de inestabilidad política y social sin precedente en estos dos años de gobierno y, por sobre todo, la culminación de un fracaso más de una casta política que no supo cómo evitar todo este disparate. Todo esto sencillamente demuestra las fragilidades políticas que la Argentina tiene al momento de querer siquiera intentar algún grado de cambios de menor cuantía en alguna materia.

La pregunta que cabría es si lo que viene en materia de cambios, modificará realmente los destinos de Argentina o si será simplemente un maquillaje que siga mostrando al país como un sinfín de esperanzas para el futuro, pero pocas cuestiones concretas en el presente.

Hasta ayer Argentina era un país repleto de desafíos de cara al futuro. Hoy esos desafíos se han transformado en necesidades, y de las más imperiosas. El déficit fiscal abrumador, actualmente en un 6,1% del PBI o, para tener una mayor percepción, unos 600.000 millones de pesos que el Estado gasta por sobre lo que obtiene en recursos. Estos son los recursos que se dilapidan por demás en un Estado ineficiente, inútil y prácticamente inservible, que destroza la riqueza ahogando al sector privado con impuestos, y que a pesar de ello los mismos no alcanzan para alimentar el monstruo estatal.

Las promesas para este 2018 son las de terminar el año con un déficit fiscal primario del 3,2% del PBI. Una baja importante (y hasta contundente) si dejásemos de lado en análisis sobre los intereses que se generan por la nueva deuda pública y títulos del BCRA para lograr cubrir los desajustes fiscales y monetarios. Teniendo en cuenta esto, el déficit fiscal financiero seguramente supere los 6,4 puntos del PBI, que si se le adicionase los déficit provinciales y municipales, el agujero fiscal asoma con la misma fuerza que lo hizo en las últimas crisis, especialmente en la mal recordada Crisis del 2001.

Otras de las necesidades que urgen es seguir atacando la inflación. En 2016 la inflación corrió cerca de los 40 puntos, entendida por la expansión monetaria realizada por el BCRA durante el año 2015 y además por el fin del cepo cambiario (donde el peso se devaluó un 50%) y cierto grado de quita de subsidios a las tarifas de energía. El 2017 -y ya sin tantas razones que lo justifiquen-, la inflación terminó el año en torno al 24%.

Y para este 2018, luego de que el Gobierno prevea para todo el año una inflación en torno al 15% y el Banco Central fije sus metas en torno al 10% (con un ±2% para situar el techo de la meta en el 12%), el Gobierno metió su larga y dañina cola dentro de la entidad autárquica dirigida por Federico Sturzenegger en un intento de alineamiento en las metas, haciendo que el Banco Central reconozca una meta de igual magnitud que la del Gobierno: un 15%. Ahora bien, si los analistas privados estimábamos una inflación para 2018 en torno al 16% con un BCRA haciendo lo imposible por cumplir una meta de inflación del 10%, la duda que queda por disipar es si ahora el BCRA luchará por su nueva meta del 15% y ya no por el 10%, ¿cuál será la inflación real para todo este 2018?

Sin duda temas como la Reforma Laboral son claves para lograr cierto grado de competitividad que nos logre insertar en el mundo. Los costos laborales, la industria del juicio y las leyes obsoletas son un cóctel que va en contra de cualquier intento de competir en el mundo con nuestros productos. De igual forma la Reforma Tributaria es aún una materia pendiente. Si bien se han modificado algunas cuestiones superficiales, aún estamos lejos del camino donde Argentina baje su absurda presión tributaria, que solo logra imposibilitar el crecimiento, la inversión y el futuro.

Argentina necesita realmente transitar el camino de la transformación estructural. Crecer y desarrollarnos económica, social y culturalmente, transformando el Estado y dejando de maltratar al sector privado, el gran creador de riqueza. Nos merecemos dejar esta Argentina atrás y darle paso a la Argentina del futuro. Aún hay tiempo para el cambio.

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Parece ser que Manuel Adorni la tiene reclara. La cuestión aquí y ahora es flexibilizar todo lo que se ponga por delante y en especial lo atinente a la mayoría poblacional, que en virtud de la política económica que está llevando Cambiemos, observa anodadada como a medida que transcurre el tiempo sus ingresos se van diluyendo en favor de las corporaciones privadas de todo tenor y laya, de las grandes empresas y evidente, de los integrantes de la clase media alta y rica. Desde las épocas de las cavernas que esto siempre ha sido así y por qué, entonces, habría de cambiar. Que en el mundo se propicie un cambio desde los gobiernos populares hacia un neoliberalismo feroz, especialmente en latinoamérica, no es ninguna novedad. Y que los que propician estos cambios dirigidos y apoyados por el imperio, sean profundamente corruptos como Temer y Macri no tampoco lo es. Aseguraría que se está gestando el país estancia en todo su esplendor o por antonomasia el juego de la perinola donde todas sus caras muestran la leyenda del toma todo. La actual clase política gobernante procede como lo hacían los antiguos corsarios, en primera y en última instancia, viles y simples piratas disfrazados de corderos que trabajaban a favor de las potencias de esos años, llámense Inglaterra o Francia y que ahora lo hacen para los estadounidenses. El empresariado latinoamericano y en especial el nativo, fueron, son y serán, sin dudas, enteramente corruptos y que lo único que persiguen en todo tiempo y lugar son ganancias espúreas a su favor en detrimento de las mayorías. Sino no podría creerse que existan cuatrocientos mil millones de dólares de argentinos en cuentas en el exterior y que fueran amarrocadas con flexibilización o sin ella. La inversión de las ganancias en el país para generar fuentes de trabajo es el caballito de batalla de estos sabandijas que pregonan las bondades del libre mercado y la ausencia .de controles por parte del estado para el logro de sus fechorías y que ahora poseen el poder para achicar un estado a su favor. Basta ver que hacen los gobiernos neoliberales de la región como Brasil, Perú, Colombia, Paraguay, Chile y nuestro país para darse cuenta de que imponen la ley del laissez-faire para sus intereses y habiendo asumido por vía democrática, o por golpes democráticos, la pretensión primera y última es desplumar al soberano. Dejemos de boludear conque es necesario hacer un cambio político y económico que favorezca a los intereses empresariales o corporativos. El eje agrícola-ganadero-industrial-bancario-financiero ha vivido y vive -en toda su historia- obteniendo fabulosas ganancias que giran más rapido que rajando al exterior y evadiendo todo tipo de impuestos. Ahora están destruyendo todo el entramado laboral y social y sembrando miseria y sufrimiento a trescientos sesenta grados esféricos y les importa un carajo el país y su gente. Por último, habría que preguntarse si con tanta flexibilización pretendida, algún trabajador con salario en blanco muy bajo o trabajando en negro, podría alguna vez jubilarse y si esta le permitiría vivir decorosamente. Los chilenos que se jubilan en el sistema privado que se generó con el gobierno del asesino Pinochet, apenas logran un 33 % de sus ahorros y se cagan bien de hambre. Así, entonces, dejemos, por favor, de hablar pelotudeces. Lpmqlrmpp.