Coronavirus
Alerta en las villas por el Covid-19
Por Javier Gentilini
Condiciones ambientales deficitarias, informalidad y hacinamiento justifican el temor a una disparada de contagios. La falta de una urbanización completa en la raíz del problema.

Un par de casos positivos en la 31 bastaron para encender la alarma en el tablero de control de qué pasa en las villas con el virus. La confirmación no llama la atención por el escaso número, obviamente lo hace por la potencialidad de los contagios.

Es que las formas de vida del lugar, como en cualquier otro parecido de la Ciudad de Buenos Aires, el conurbano bonaerense, Rosario o Córdoba (sólo por citar las urbes más populosas), presentan un escenario estremecedor desde el punto de vista de qué es lo que podría pasar.

De antemano sepamos que las imágenes de corredores comerciales y pasillos muy concurridos, para los estándares del "quedate en casa", no son producto de ninguna "incultura"; son la resultante lógica de la imposibilidad material de cumplir con el aislamiento social tal y como se pretende, ya que las condiciones ambientales de las villas son muy poco aptas para ello.

Pensemos en la prototípica densidad e irregularidad constructiva, con superficies diminutas que hacinan en su interior a familias muy expandidas. La escasa ventilación que imponen tiras de casas entre pasillos estrechos, a raíz de la proximidad e irregularidad de las edificaciones (varios pasajes, por ejemplo, quedan techados bajo losas de los pisos de arriba que van hacia el medio del vacío para ganar algunos pocos metros); más las insalubridades reinantes por la dotación deficitaria del tendido de agua potable y desagüe cloacal, cuando existen, justo en un momento en que el aseo y la limpieza "a rajatabla" son imprescindibles contra la pandemia.

Ese breve repaso, para nada exhaustivo, ya degradaba la vida de sus pobladores antes de esta catástrofe mundial. Hoy los pone directamente en riesgo.

Como si fuera poco, hay que sumar las restricciones económicas. La gran mayoría de las familias están ligadas al trabajo informal, las changas y a ganarse el mango en el día a día. Sus mermas sustanciales, a las que el menú de ayudas del Gobierno Nacional y las administraciones locales ni siquiera se acercan a empatar, ya están resquebrajando la cuarentena. Qué esperar para mayo, entonces, cuando se transforme en "cincuentena".

De ahí el pedido de las organizaciones sociales que se reunieron con el Presidente, que se suman a la permanente prédica y actuación de los curas villeros, para que se aumenten las provisiones a comedores que ya están "explotados" y se inicien obras que hagan la doble de dar trabajo y resolver las insuficiencias sanitarias más graves.

Esas carestías corrieron otro velo, el que cubre el negocio del alquiler informal. El decreto 320/20 no "aplica", porque las facilidades y garantías previstas para los inquilinos están amparadas en contratos formales. En las villas, el monto "pactado" es de palabra y su cumplimiento no admite ninguna excusa, bajo amenaza de desalojo y a la fuerza, tal como se destaca en el informe de Silvia Gómez en Clarín del 15/04. Y que, por lo general, remite a la modalidad de poderes barriales que apalancan el vertiginoso crecimiento en altura de las villas; con un financiamiento que bien puede venir de actividades ilícitas y, en particular, del narcotráfico. Más un provechoso rendimiento que termina saldándose bajo el imperio de prácticas mafiosas de dominación, apriete y control territorial.

Siempre planteamos que la solución para eso, como para las demás desgracias en las villas, asentamientos y barrios precarios, era su completa y formal urbanización, no de cualquier manera. Ahora quizá se entienda, porque en las últimas décadas el concepto de urbanización ha sido objeto de innumerables distorsiones. Tanto por derecha, como por izquierda.

Desde las intervenciones puntuales a la Medellín, para sólo mejorar determinados aspectos del equipamiento y el entorno, pasando por los edificios pantalla y terminando en el desvirtuado respeto a las "tradicionales" formas de vida de los villeros. Ya sea por un motivo u otro, todo ese espectro ha eludido la tarea ardua, y por cierto onerosa, de una urbanización en serio.

El inmenso reflector del Covid19, esclarecedor de tantas deficiencias económicas y sociales de carácter estructural que arrastramos en nuestro país, también ha puesto mucha luz sobre esta tremenda falta; que ahora nos pone los pelos de punta por el temor a que el hacinamiento, la precariedad e insalubridad de las villas, se conviertan en un espantoso multiplicador de contagios.

El Presidente ya planteó la necesidad de una suerte de "Plan Marshall" para la Argentina post pandemia. Esperemos que vaya en serio y que una buena parte del mismo se destine a urbanizar como corresponde estos barrios, en una sinergia eficiente entre los recursos de la Nación y de los distritos donde hace falta; con la ventaja adicional, por otra parte, de contribuir con creces a la reactivación de la economía.

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Buena nota! Lo de las villas se puede descontrolar