FIFA
El fútbol es un género dramático
Por Esteban Eseverri
El escándalo FIFA se colará en la campaña presidencial y llegue quien llegue al poder deberá resolver el fenómeno barrabrava, la opacidad de las transmisiones televisivas y la circulación de fondos públicos en la AFA.

Así opinaba Borges del fútbol, irónicamente, cuando sostenía junto a Bioy Casares que los partidos no se jugaban, sino que eran inventados por el locutor, en su cabina, o a lo sumo, se figuraba una pantomima de actores frente a una cámara de televisión.

Lo que no pudo prever nuestro escritor más insigne es que la organización de ese espectáculo fuera enrareciéndose con el tiempo, y sumara desde simpáticos truhanes hasta peligrosos delincuentes y que en definitiva, el afecto que los niños profesan por la pelota y los adultos conservan toda su vida, fuera convertido en un negocio de globalización cruda y dura.

El escándalo de las coimas a dirigentes de decenas de países podría alumbrar una posible consecuencia procesal en nuestro país, si es que hubiera algún fiscal que -aún cuando el delito o parte de él se hubiera producido fuera del país-, considerara que existen efectos en Argentina para investigar, por caso, la eventual evasión tributaria local.

Tirar de ese cordel puede llevarnos a iluminar otro costado siniestro dentro de un conjunto mayor de malas noticias para el fútbol, cuyo certamen de amores y aversiones semanal ha dejado en los últimos tiempos un rastro de violencia, muertes y descontrol creciente.

Por supuesto, resulta muy complejo conversar cuando estamos apasionados, pero de por sí la apelación a la pasión del fútbol es indudable que ha traspasado la línea del folklore para ingresar en terrenos mucho más propios de la agresividad social.

Como en otros campos de lo dirigencial, la rotación y las renovaciones generacionales parecen costarle mucho a la Argentina: la tendencia a la perpetuidad sin duda no colabora con establecer estrategias diferentes para abordar soluciones.

Muy probablemente el tema fútbol se cuele en la campaña presidencial, lo que generará no pocas incomodidades. Como se sabe, en el drama siempre hay un villano, y naturalmente, el proselitismo es bien afecto a apuntar que el malo es el otro.

Llegue quien llegue al poder, se encontrará con un estado de situación en la relación fútbol-política que tiene enormes desafíos por resolver, entre ellos el fenómeno barrabrava, la opacidad de las transmisiones televisivas y la circulación de fondos públicos en una Asociación privada cuya promiscua ligazón entre dirigentes de ambos mundos deportivo y político es pública y notoria.

Más allá del escándalo internacional, es evidente que el fútbol local precisa un movimiento telúrico de sanación, de lo contrario cada episodio será una gota más de suciedad en un barril de un exquisito mérito nacional que desperdiciamos domingo a domingo.

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