La muerte de Nisman
No caigamos en la trampa
Por Diego Armesto
El Gobierno quiere distraernos con pequeños maquillajes, como discutir sobre lo positivo o negativo de reformar un organismo como la SI, que durante largos años estuvo al servicio del oficialismo de turno.

La muerte del Fiscal Alberto Nisman es un golpe directo a la democracia y, principalmente, a la República.

El oficialismo pareciera estar sumergido en un cuento de Borges, donde los impíos (la sociedad) afirman “que el disparate es normal en la biblioteca (el gobierno) y que lo razonable (y aún la humilde y pura coherencia) es casi una milagrosa excepción”.

Claramente, desde que se produjo la muerte del Fiscal, el Gobierno Nacional se encuentra sumergido en un callejón sin salida, en idas y vueltas, en perplejidades, mentiras y confabulaciones. Tal como el propio Nisman lo manifestó en la denuncia que realizó: “el despliegue de campañas de desprestigio, engaño y manipulación mediante la articulación de una artillerías de mentiras, falacias, puestas en escena”.

A mi entender estas puestas en escena son cada vez más parecidas a tramas de películas policiales o de agentes secretos de fin de semana, que a una búsqueda sincera de la Verdad y la Justicia, tanto respecto a lo sucedido en el atentado a la AMIA, como a la denuncia realizada y las circunstancias finales sobre el deceso del propio Fiscal.

El problema es que, en este contexto de improvisaciones, mensajes contradictorios, especulaciones interesadas, acusaciones y señalamientos irresponsables, nadie habla ni debate acerca de la grave denuncia que hizo Nisman, y ello nos arrastra, indefectiblemente, a continuar transitando el camino de la más absoluta impunidad.

Evidentemente nos están tendiendo una trampa en la que sólo quieren distraernos con pequeños maquillajes, hacernos salir del eje principal y mudar la atención hacia otras cuestiones, como ser que la sociedad discuta sobre lo positivo o negativo de reformar algún organismo del Estado como la SI que durante largos años estuvo al servicio del oficialismo de turno.

En tal sentido, la muerte del Fiscal Alberto Nisman no puede quedar en el olvido o en una simple anécdota en el marco de un proyecto sobre la democratización de los Servicios de Inteligencia o designar un candidato a la Corte Suprema. Las muertes de la democracia deben tener respuesta: indefectiblemente deben tener culpables y responsables.

Esta falta de interés por la Verdad y la Justicia no se condice con los fines prescriptos en el Preámbulo de nuestra Constitución Nacional. En ese prólogo los Constituyentes declaraban resumidamente los objetivos y metas a cumplir para ser una Nación, y la frase “afianzar la Justicia” adquiere hoy un valor superlativo y fundacional. 

No es posible pensar una República seria, moderna, equilibrada y justa, sin la justicia como garantía del respeto por los derechos individuales y colectivos de todos y cada uno de los argentinos.

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