Energía
El talón de Aquiles
Por Carlos José Aga
El verdadero punto débil de la Argentina no es la deuda, sino su causa: la mala política energética explica los déficits del kirchnerismo y también la recesión y empobrecimiento de Cambiemos.

Aquiles fue el principal héroe griego en la guerra de Troya. Cuenta la leyenda que para hacerlo inmortal, su madre Tetis sumergió el cuerpo del recién nacido en un rio sosteniéndolo por el talón, así que fue la única parte del cuerpo de Aquiles que, al no tocar el agua, no alcanzó la invulnerabilidad. Y fue justamente en ese punto donde se clavó la flecha envenenada lanzada por el príncipe troyano Paris, que lo mató.

En estos días de transición hay mucha gente que está segura que la mayor debilidad de Argentina para revertir su decadencia está en el volumen de su deuda. Y sin embargo se equivocan porque no se trata de una causa sino de una consecuencia.

La expectativa de poner en marcha la economía, reactivar el aparato productivo y levantar el alicaído nivel de vida de nuestro pueblo tiene en el sector energético su verdadero "Talón de Aquiles", donde se estrellan todas las políticas al recibir su "flecha envenenada".

Podría hacer una larga historia desde la crisis energética que precipitó el derrumbe de Alfonsín, pasando por distintos episodios, hasta nuestros días. Pero, más vale concentrarse en los últimos períodos para darse cuenta del peso creciente que ejerce esta debilidad sobre la estabilidad de los gobiernos.

El gobierno kirchnerista careció de una política energética clara y, siguiendo el juego de intereses poco transparentes, cayó en fuertes insuficiencias. La falta de inversión llevó al país a recurrir a un costoso sistema de "parches", que se fueron incrementando hasta llegar a casi 20.000 millones de dólares anuales en subsidios e importaciones (reflejados en déficit fiscal, de balanza comercial, e inflación).

La producción de energía (petróleo, gas y electricidad) se derrumbó, convirtiendo al desabastecimiento y los apagones en una constante. Estos factores y sus consecuencias sobre la vida de las familias resultaron decisivos para el ascenso de Cambiemos al poder.

El gobierno de Macri tampoco desarrolló una política energética enfocada a resolver esa problemática. Pensó que el mercado solucionaría todos los dilemas estructurales del sector. Así que "re-dolarizó" y aplicó fuertes tarifazos (más de 2000% en gas y 3000% en electricidad) para capitalizar a las empresas (y también recaudar más) para que, con esas ganancias superlativas, éstas últimas invirtieran y levantaran la producción.

Los empresarios se capitalizaron y sus balances tuvieron rendimientos excepcionales, pero las mejoras no se concretaron. También el gobierno de Macri cayó en el juego de los intereses y, como su antecesor, llevó a cabo contrataciones inconsistentes y costosas. Subsidios incomprensibles.

Los aumentos hicieron estallar la economía de las familias y, al mismo tiempo, significó un violento aumento de costos para todas las actividades productivas. Este manejo provocó un drástico derrumbe para toda la economía y una pérdida grave de la competitividad del país en el contexto mundial.

Para colmo, para cubrir el déficit, el gobierno recurrió al endeudamiento de corto plazo con altas tasas de interés, al incremento del precio de los combustibles y a hipotecar YPF. La inflación se desbocó en simultáneo con la paralización económica.

Resulta claro que las consecuencias del manejo político en materia de energía también resultó ser el "Talón de Aquiles" del gobierno de Macri, justo donde se clavó la flecha del descontento de quienes lo apoyaron en 2015 buscando un cambio. Y sobrevino su derrota.

En ambas administraciones el ojo del huracán fueron los hidrocarburos, que siguen significando el 85% del consumo energético del país y, más concretamente, el fomento a Vaca Muerta que desde 2013 se ha llevado prácticamente el equivalente del préstamo recibido del FMI -considerando todos los factores de infraestructura implicados-. A cambio, aporta módica una exportación de petróleo y gas que no llega a los 1.500 millones de dólares.

Nuestro esquema actual, que algunos pretenden blindar mediante una futura ley, es un sistema de "cancha inclinada" que impide jugar a todos los actores y movilizar todos los recursos. Todas las pelotas van siempre para el mismo lado.

Esta "apuesta" excluyente por los hidrocarburos es consecuencia del pensamiento de una dirigencia anacrónica, que no entiende los grandes procesos de cambio que están ocurriendo especialmente con la energía, o que están en concubinato con intereses subalternos. En lugar del gran salto hacia adelante que se necesita dar para sustentar el desarrollo argentino, sistemáticamente apelan a soluciones que han quedado obsoletas incluso antes del surgimiento de la IV Revolución Industrial.

Este esquema de subsidios provocó una concentración de la actividad sobre los hidrocarburos no convencionales y prácticamente determinó el abandono de los pozos tradicionales. Por este camino es imposible revertir la declinación de la producción de energía y, lo que es peor aún, se encarece toda la cadena energética. Esa "apuesta" enriqueció mucho a los más ricos y empobreció más al resto de la sociedad argentina. Va en línea con el sendero de "africanización" que sigue la Argentina.

El actual abastecimiento y las pequeñas exportaciones no son fruto de los resultados positivos de una política, sino todo lo contrario. Son producto de una industria que trabaja al menos del 50% de su capacidad, de un comercio diezmado y una sociedad que redujo su consumo a mínimos históricos.

Llevamos casi 10 años sin crecer. Un verdadero récord mundial. Para encontrar una producción industrial como la de 2019, hay que remontarse 14 años para atrás.

Hay grandes proyectos paralizados (Garabí), al lado de otros que son inconsistentes (las represas patagónicas). La mayoría de los proyectos de energías renovables están paralizados y carecen de transporte y de las usinas (térmicas) de respaldo que permitan su ingreso al sistema. La energía nuclear no avanza y, cuando se la menciona, es en base a proyectos (la central china) que arrasarían con lo poco que queda de la industria atómica argentina.

Todas las variables muestran retrocesos como la generación (15 años), la producción de gas (10 años) y la refinación (25 años).

Los gabinetes energéticos que van trascendiendo en estos días se arman y se desarman. Sus posibles integrantes improvisan esquemas, son muy heterogéneos y elaboran planes de apuro para impulsar candidaturas al sólo efecto de ocupar espacios y después ver cómo seguir.

Frente a la fiebre de los protagonistas por acceder al poder en las estructuras del sector, se cierne nuestro "Talón de Aquiles" como un poderoso impedimento para cualquier programa económico que pretenda movilizar el aparato productivo tratando de salir de la crisis externa y, lo más importante, revertir el crónico empobrecimiento que padecemos.

Apretar el botón equivocado puede llevar a un colapso.

En lugar de una pelea por el reparto de cargos, lo que más se necesita es una estrategia modernizadora de nuestro sistema energético, capaz de dar un gran salto adelante, tendiendo un puente que permita funcionar mientras se transforman nuestras estructuras obsoletas en un sistema que agregue valor a toda la economía y sustente nuestro desarrollo.

Pese al entorno adverso, todavía las condiciones están dadas para proteger nuestro "Talón de Aquiles".

Pero si no logramos cambiar los paradigmas obsoletos que nos rigen, perderemos el tren de la historia; y la flecha envenenada se clavará en nuestro punto más débil, esta vez causando daños definitivos, tal vez irreparables. 

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