Elecciones 2019
Canción para un pueblo bravo
Por Florencia Benson
Cambiemos exhibe bajo distintos ángulos sus tres vacas sagradas de esta campaña electoral: el populismo, Venezuela y los mercados/el mundo. Tres cucos con los que el discurso hegemónico amordaza a la oposición, acorralándola en el rincón de la corrección política.

"Es preferible irse a pique que rendir el pabellón". Almirante Guillermo Brown

"En dólares no, en dolores", dice la señora mientras me prepara el vuelto. "Por qué no nos arreglaremos con nuestro viejo y querido peso nacional, la verdad", prosigue, contando billetes. "O directamente hacernos colonia de Estados Unidos: ahí sí, se nos acaban los problemas". Sonríe cálidamente mientras deposita el dinero en mi mano por encima del mostrador.

Salgo a la calle y con el aire fresco, el ruido, un poco vuelvo en mí, avanzando por la Avenida General Juan Gregorio de Las Heras, quien también tuvo sus contradicciones, porque participó gallardamente en las campañas lideradas por el Libertador General San Martín en Chile y en Perú, pero al final de sus días presidió la comisión argentina de exiliados en Chile (aunque muchos, como él, no eran exiliados, se autodenominaban así), un grupo de presión que se oponía a Quiroga y a Rosas. Un caso, podríamos decir, de socialdemócrata anticipado, como si quisiera la independencia pero no al pueblo que con ella liberaba. ¿Existe un valor supremo abstraído de su sujeto histórico? ¿Es la Independencia, o la República o la Democracia una causa en sí misma, superior o incluso contradictoria con los derechos de los indeseables que ella misma garantiza? "Se embarazan por un plan", "la puerta giratoria" de la cárcel, "van a la marcha por el choripán y la coca".

¿Qué son las fronteras? ¿Qué es el patriotismo? Ya me siento Darío Z. ¿Acaso quedarse y luchar es mejor que irse y progresar?

Como yo lo veo, el patriotismo es hijo de la emancipación, de la descolonización, de la independencia. No termino de aceptar la narrativa de que las fronteras son inútiles, que sólo generan guerra y división: son los países centrales la causa de estos flagelos, y todo esfuerzo descolonizador por parte del resto del mundo es un esfuerzo de resistencia contra fuerzas que, en líneas generales, los superan. El caso de Vietnam, por ejemplo, es ilustrativo en cómo un pueblo pobre y sin trayectoria bélica logró vencer, a fuerza de creatividad y coraje, un ejército invasor prepotente y cuasi invicto. El caso cubano es otra mancha negra en el historial estadounidense: no sólo por su inventiva militar sino, sobre todo, por la resistencia paralela del pueblo a someterse culturalmente a la potencia vecina, misiles y todo. Una intransigencia zen que, si no pacifista, como en el caso indio y su líder Mahatma Gandhi, quien también comprendió que la insumisión no necesariamente pasa por las armas sino por una convicción, una resistencia íntima, un lugar inaccesible para el amo que subvierte e implosiona su rol en la dialéctica. El poder no es una esencia sino una práctica, dirá Foucault. Y cuando la élite se ve frustrada en ese ejercicio empiezan los problemas.

Frantz Fanon, que además de intelectual era psiquiatra, escribió dos libros en los que analizó el vínculo entre las élites locales y su connivencia con el colono, haciéndose eco, tal vez, de la famosa frase de Simone de Beauvoir, "el opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los propios oprimidos". Siempre hay un Tío Tom, un cipayo, un esbirro, un esclavo que ama sus cadenas. Las revoluciones tercermundistas son ante todo esfuerzos descomunales por liberarse de ese hábito mental, de la sumisión cultural, del amor a las propias cadenas. Un esfuerzo tanto más conmovedor en cuanto es colectivo, comunitario, político, histórico, antropológico, psicológico, espiritual. Un intento de redefinir no sólo la propia historia en tanto pueblo sino de llevar a la especie a un umbral más elevado, diferente, un horizonte de superación evolutivo: la utopía.

Así como Las Heras liberó la patria y luego, en otro suelo, se dedicó a boicotear a los líderes que continuaron la tarea emancipatoria, que nunca acaba, y que es tanto más difícil cuando ya no hay un enemigo externo, una guerra, una situación de excepción, decía, este General que en la propia tierra fue un libertador y en el exterior se unió a otros compatriotas para fomentar la caída de los líderes populares (todavía no existía la palabra populistas, pero vaya si les cabía el sayo). El socialdemócrata, al igual que su antecesor, el proto-socialdemócrata, es muy de no confiar en las capacidades de la ciudadanía para autogobernarse.

Así como la auto-emancipación del pueblo cubano generó un desplazamiento migratorio de las capas medias y superiores de la estructura social, que se instaló mayormente en Miami y generó su propio lobby de cara a su tierra natal pero modificando, en el proceso, el paisaje político de su tierra de adopción, engendrando Marcos Rubios e insertándose en corrientes específicas de la política doméstica local, del mismo modo la autodeterminación y el subsiguiente conflicto geopolítico venezolano viene, setenta años después, a replicar ese desplazamiento en el cono sur del continente, con Buenos Aires como epicentro.

Mientras tanto, al calor de los reflectores y las bobinas de imprenta sobre-exigidas, Cambiemos exhibe bajo distintos ángulos sus tres vacas sagradas de esta campaña electoral: el populismo, Venezuela y los mercados/el mundo. Tres cucos con los que el discurso hegemónico amordaza a la oposición, acorralándola en el rincón de la corrección política. No deja de ser una forma de censura, y "Venezuela", en particular, resulta un significante polisémico y explosivo, que el sentido común habilita para usar como hombre de paja en contra del chavismo o del kirchnerismo o del comunismo o cualquier colectivo demonizado de moda. Mientras existan temas tabúes para la discusión política -o para determinados actores-, no existe auténtica libertad de pensamiento y de expresión; el macartismo es una forma de censura antes que de persecución. Es curioso que los mismos actores que emiten comentarios xenófobos y racistas son los mismos que se rasgan las vestiduras por los inmigrantes venezolanos, tan latinoamericanos como los paraguayos o bolivianos. Les "duele" que los venezolanos pedaleen para las apps pero les resulta natural que los paraguayos levanten paredes o limpien sus inodoros. Ni hablar de los manteros senegaleses, quién sabe qué epopeyas habrán realizado para llegar a las costas rioplatenses, qué familias han dejado atrás, cortado todo lazo, la dificultad del idioma, los papeles, la violencia de la policía, de las miradas cargadas de odio, o las condiciones de su vivienda.

La eficacia de estos tres cucos electorales, sin embargo, aún no está definida, la puerta está abierta y el resultado final permanece incierto. Sabe el oficialismo, eso sí, que no necesita vencer en la elección de octubre sino, simplemente, avanzar hacia la próxima instancia, el balotaje.

Es entonces una larga marcha hasta noviembre, y una buena porción de la ciudadanía argentina ha decidido quedarse y luchar, es decir, resistir, en esta guerra contra un enemigo de mano invisible que nos bombardea con misiles cambiarios, carencias en los servicios públicos, tarifas dolarizadas, licuación del poder adquisitivo y represión microsegmentada, la que se afirma y redobla su apuesta en la fábrica, en el aula, en la pyme, en la poesía, en el crédito hipotecario, en el embarazo, en la marcha del orgullo, en la básica, en la mateada.

No tiene nada de malo irse, no hay vergüenza en progresar emigrando, y sostener a la familia con remesas es directamente una acción heroica. Todo acto, todo gesto de emancipación, de lucha, por más pequeño, es profundamente conmovedor y valioso. Pero al partir, hay que abrir bien los ojos para no convertirse en socios involuntarios de un hostigamiento a los que se quedan, para no renegar del origen ni travestirlo con intereses que atentan contra él. Porque casi seguro allí donde existe una "causa" existen intereses, donde existen cámaras y reflectores y micrófonos apuntando, hay una base de sustentación articulada por poderes que no siempre son visibles, identificables, o amables.

Si hay voz y protagonismo de las víctimas entonces hay que preguntarse dónde están las verdaderas víctimas, porque el sujeto subalterno, por definición, no puede hablar (Spivak). Hay que preguntarse por la narrativa de los inmigrantes senegaleses, o los paraguayos, para cuestionar bajo esa luz los discursos circulantes acerca del conflicto venezolano. ¿Se convertirá Buenos Aires en una nueva Miami? ¿O será, acaso, nuevamente, la gran máquina asimiladora? En todo caso, la Argentina es una gran nave de los sueños, una tierra prometida más modesta que la Land of Opportunities del norte, pero que la dobla en magia para el ojo entrenado.

Los sueños son importantes. Cuando el Comandante Fidel Castro falleció, a los pocos días se paseó por mis sueños y me enseñó algunas cosas. Antes de despertar, me dijo: "¿Qué hace falta para encender la chispa de la Revolución?"

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