México
El más horrible de los homenajes
Por Andrés Wainstein
México volvió a temblar en el 32º aniversario del sismo del 1985. Cómo se vivió en la redacción de LPO.

Cualquier extranjero que llega a la Ciudad de México escucha con asombro unos de los eventos más tristes de la historia chilanga: el temblor de 1985. Todavía hoy no se tiene claro cuántas muertes dejó. Las cifras más optimistas -las oficiales, por supuesto- hablan de 3,000 pero el cálculo del barrio habla de hasta 20,000. El terror que surcó a los capitalinos no lo discute nadie. En eso hay consenso.

Hoy todos los vecinos sabían que a las 11 de la mañana volvería a sonar la alarma sísmica, en un homenaje que se repite todos los 19 de septiembre. Una forma de recordar a los que ya no están pero también de reforzar los sistemas de seguridad que se lograron en estos últimos años.

El evento se repetiría como siempre: oficinas, empresas y organismos públicos aprovecharían este homenaje para realizar un simulacro de evacuación, una gimnasia que apenas horas después demostraría su dramática necesidad. ¿Cuánto demoramos en evacuar el edificio? ¿Cuáles son las vías de salida más rápidas? ¿Dónde me ubico una vez que estoy en la calle? Es bueno tener respuestas cuando el tiempo no alcanza ni para pensar.

Once de la mañana. La alarma suena y todos salimos tranquilos a la calle, sabiendo que es una suerte de "juego". Nos miramos, quizás con el recuerdo todavía muy tibio del último temblor. Apenas dos semanas pasaron de la sacudida de 8.2 grados que tuvo sus mayores víctimas en Oaxaca y Chiapas y dejó a la Ciudad de México a salvo del golpe más duro. Ya más de un centenar de muertos reportados. Pero volvemos a nuestra rutinas.

Con el bebe en brazos camino entre vidrios rotos, marquesinas caídas y pedazos de hormigón que se desprendieron de los edificios. Nos acompañan los helicópteros que sobrevuelan el DF, el celular recupera la señal y estalla de mensajes.

Tan sólo dos horas después, y sin aviso previo, el suelo de la redacción de LPO México empieza a moverse. Ubicada en pleno Cuauhtémoc, una de las colonias donde el nuevo sismo pegó más duro, herencia de aquel viejo terreno pantanoso que eligieron los aztecas para erigir la capital de su imperio.

Esta vez no hubo alarma sísmica que nos diera tiempo para prepararnos. Segundos que caen como dagas y disparan sensaciones difíciles de explicar. Algunos compañeros logran bajar la escalera. No lo dudan.

Otros, escuchamos crujir los cimientos. Se está moviendo más fuerte que nunca. Optamos por permanecer en la azotea, el plan B para los rezagados. Es un lugar común de estos sucesos perder el registro del tiempo. ¿Duró 20 segundos o un minuto y medio?

La tierra se calma y bajamos con ansiedad a la calle, donde cientos de personas esperan con los rostros desencajados. No me detengo y corro directo a la guardería donde está mi hijo de 10 meses. La angustia se funde con el olor a gas de las fugas que salpican la Ciudad. El miedo se respira, pero también se escuchan las primeras sirenas de policía, bomberos y ambulancias.

Ya con el bebé en brazos, recorro las cuadras del barrio. Nos acompañan los helicópteros que sobrevuelan el DF para empezar el registro de daños. Vidrios rotos, marquesinas caídas, pedazos de pierda y tuberías de agua que forman cataratas desde los pisos altos.

Cuando la señal del celular regresa -al menos por algunos minutos-, los teléfonos reciben una lluvia de mensajes desde todas partes del mundo. ¿Estás bien? Sí, por suerte estamos bien. Esperando conocer la cifra de los que no lograron salir de pie. Así vivimos el más horrible de los homenajes al sismo del 85.


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