Editorial
Antártida: una política permanente
Por Fulvio Pompeo
El 22 de febrero se conmemoró el Día de la Antártida Argentina, con la celebración de los 110 años de presencia ininterrumpida de nuestro país en el continente blanco.

Como todos los años, el 22 de febrero se conmemoró el Día de la Antártida Argentina; y en esta oportunidad con la celebración de los 110 años de presencia ininterrumpida de nuestro país en el continente blanco.

A partir de 1904 y durante más de cuatro décadas, la Argentina fue el único país del mundo que mantuvo una ocupación permanente en la Antártida, en gran medida gracias a una política sostenida a lo largo de diferentes administraciones. La creación de estructuras institucionales como el Observatorio Meteorológico (1904), el Instituto Antártico Argentino (1951) o la Dirección Nacional del Antártico (1969), son ejemplos que reflejan la relevancia estratégica que adquirió la cuestión antártica para la política nacional por aquellas épocas.

Esto ha quedado claramente reafirmado cuando Argentina se convirtió en uno de los 12 países signatarios originales del Tratado Antártico (1961), asumiendo frente a la comunidad internacional la responsabilidad de limitar nuestras actividades en el continente, exclusivamente a aquellas que se desarrollen con fines pacíficos y en particular científicos.

Más aún, como una muestra del reconocimiento a nuestro rol y trayectoria, cuando en el año 2004 se crea la Secretaría del Tratado, por decisión unánime de los 50 Estados integrantes, se elige a la Ciudad de Buenos Aires como Sede permanente de esta prestigiosa Institución Internacional.
Podemos encontrar muchos más antecedentes de los innegables títulos de soberanía que nuestro país tiene en la Antártida. Desde la continuidad geográfica, pasando por las actividades científicas, hasta las tareas de rescate o apoyo en la zona.

Pero todos estos títulos requieren no sólo de continuidad y sostenibilidad a lo largo del tiempo, sino también de una visión estratégica y una política que prevea los posibles escenarios futuros y las consecuencias para nuestro país.

Mientras se encuentre en vigencia el Tratado Antártico, los reclamos territoriales proclamados previos a la firma por los signatarios como la Argentina , mantienen el statu quo. Pero en un contexto internacional donde la cuestión de los recursos naturales no renovales aparece con más intensidad en la agenda externa, no sería impensado algún tipo de evolución o revisión del sistema, sobre todo teniendo en cuenta la riqueza en materia de recursos que encierra el continente blanco.

Tal vez pensando en este escenario es que muchos países han desarrollado durante los últimos tiempos una política sumamente activa. Incluso en nuestra región, actores que no tienen la trayectoria argentina o que no reclaman soberanía territorial en la Antártida han dado muestras de su interés. Más allá de los trabajos en materia de conocimiento científico, simbolismos como los viajes que varios mandatarios de América Latina han realizado en los últimos años a la Antártida son un claro ejemplo en este sentido. Lula, Correa, Mujica, Humala, así como Bachelet y Piñera (en diferentes oportunidades) han ratificado personalmente el compromiso de sus países con el continente blanco.

Frente a esta proyección que nuestros vecinos despliegan hacia el sur; la Argentina debiera desarrollar una política estratégica que tienda a maximizar las oportunidades y enfrentar los desafíos que los escenarios futuros parecen brindarnos. Sólo podremos sostener un rol de liderazgo si le asignamos a la cuestión del Atlántico Sur un lugar central en nuestra agenda nacional. Pero este liderazgo no podrá sustentarse sólo en nuestra experiencia histórica, sino que también dependerá de nuestra capacidad para llevar adelante una política de cooperación y articulación con los países de la región, acompañada, por supuesto, por los recursos necesarios y adecuados para garantizar nuestra presencia efectiva en el territorio antártico.

Esta fecha quizá sea una buena oportunidad para debatir ideas acerca de nuestras prioridades como país; porque estoy convencido que el futuro nos demandará planificar y proyectar una política de estado sobre estos temas, que defina con claridad sus objetivos estratégicos, no sólo hacia la Antártida sino también hacia el Atlántico Sur en su conjunto.

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