Desde hace semanas la agenda social y política del secretario de Seguridad Omar García Harfuch solo rivaliza con la de su jefa, la presidenta Claudia Sheinbaum.
Secretarios de estado, gobernadores, encuestadores, alcaldes, capitanes de empresa, sindicalistas y embajadores buscan con insistencia un espacio para ser recibidos por el funcionario más influyente del gabinete.
Como suele suceder con las celebridades, los visitantes, una vez que logran la cita, llevan todo tipo de regalo, desde objetos históricos, como mapas y códigos, hasta libros, películas y accesorios de oficina.
El secretario recibe a los visitantes en soledad y, durante los 45 minutos exactos que suelen durar los encuentros, les pregunta sobre el rumbo del país, la política, las elecciones y la economía.
Estos encuentros suelen terminar con el visitante preguntando qué puede hacer para impulsar al secretario hacia la contienda presidencial del 2030. La respuesta es la habitual: García Harfuch agradece el apoyo y dice que, en algún momento, próximamente, habrá una convocatoria para una eventual reunión donde avanzar en la conversación. Y no más.
El proyecto presidencial del secretario de Seguridad, de momento, existe solo en los limites de su función diaria: mejorar los índices de seguridad y de percepción delictiva.
García Harfuch no tiene War Room, ni un batallón de asesores políticos ni equipo de encuestadores ni organizadores territoriales. A lo sumo un colaborador antiguo que lo ayuda con ciertas cuestiones retóricas.
Y sin embargo, su volumen en redes sociales es arrasador: todos los días, según registros de Facebook entregados a Palacio Nacional, se pautan decenas de contenidos con García Harfuch de protagonista, en general, fotos de políticos de todos los partidos que quieren que el público sepa que se llevan bien con el secretario. Ese caudal tiene niveles similares en los espacios de cobertura periodística.
Un nivel de exposición que mostró sus efectos en la última incursión pública de García Harfuch, cuando se había generado el revuelo por los dichos del senador Manuel Velasco. El secretario dijo que sería una falta de respeto a sus colaboradores estar enfocado en las próximas elecciones presidenciales. El mensaje fue cristalino pero se perdió en el torbellino de fotografías que los legisladores le reclamaban con furor.
García Harfuch tiene un cálculo inamovible: solo habrá 2030 si la sociedad se siente más segura. El desafío es complejo porque el secretario consigue resultados en cuestiones de alta densidad como el narcotráfico, el robo de hidrocarburos y el lavado de activos pero la percepción de las personas está condicionada por delitos del fuero común como los robos en todas sus modalidades.
Bajo esta lógica, en el entorno del secretario, esperan para este viernes los resultados de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) realizada por el INEGI, con cierto optimismo.
En ese mundo mínimo que es el entorno de García Harfuch, fuertemente custodiado, también subsiste la creencia de que la percepción debería ser un poco mejor si en las conferencias matutinas se dieran menos cifras y se explicara un poco más qué quiere decir cada una de ellas.
Pero de momento, se trata de lograr resultados y mantenerse en un discreto segundo plano. A fin de cuentas, al secretario solo le quedan las estadísticas porque los grandes capos del crimen organizado ya están todos o presos o muertos. Ya no habrá detenciones épicas o traslados espectaculares que promocionar. "A no ser que ese papel lo termine ocupando un político", susurran en su cercanía.
Los entusiastas que rodean a García Harfuch están sumamente enfocados en la elección de medio termino: creen que si Morena tiene un papel mediocre será preciso un corrimiento al centro para retener el poder en 2030. Es lo mismo que entiende Marcelo Ebrard: la necesidad de un perfil moderado que tome distancia del obradorismo y sus avatares clandestinos que han puesto al país en la mira de Washington.
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