El final de la Copa del Mundo es el anticipo de nuevas tensiones en la relación bilateral. |
¿De qué tamaño serán las presiones de Estados Unidos para que la presidenta Claudia Sheinbaum haya aceptado viajar a Nueva York para asistir a la final de la Copa del Mundo, después del desprecio que mostró por el torneo que se inauguró en México?
El presidente Donald Trump llamó, le dijo "ven" y, corriendo, canceló sus giras político-electorales que no suspende por nada, para acudir al llamado. Irá también el primer ministro de Canadá, dijo, como primera justificación.
El mensaje que transmite, sin embargo, es de una profunda debilidad. El Mundial arrancó en México ante su desprecio. Desairó a la FIFA y no asistió a la inauguración, convirtiéndose en la primera jefa de Estado que, aunque no hay nada que la obligara, reveló su desinterés -que podía haber disfrazado de la contrario- por la máxima expresión deportiva, en términos de aficionados, del mundo. Fue con una cara de pocos amigos a la cena de la FIFA previa a la inauguración, para leer un breve discurso y se fue. Sheinbaum estuvo ausente del Mundial y, ahora, va a la final y clausura a la tierra de Trump.
Es la segunda vez que cuando llama Trump, la presidenta atiende. La primera cuando viajó a Washington junto con Carney al sorteo. La segunda será este domingo. Sheinbaum tuvo una gran oportunidad en sus manos para darle un realce distinto al Mundial, en el terreno de la geopolítica -que ni sustituye ni pretende subordinar lo que significa la fiesta deportiva-, invitando a la inauguración en el Estadio Azteca a Trump y Carney, mostrando que el torneo no era de vecinos distantes, sino del bloque económico más poderoso del mundo.
Pero ni para eso le alcanzó. Vamos. Ni siquiera fue ella. Su lugar en el palco no estuvo vacante: lo ocupó Salma Hayek, la imagen de México para seis mil millones de personas que vieron la inauguración.
Durante todo el Mundial, Sheinbaum estuvo ausente. De hecho, en todo su gobierno se mantuvo alejada e indispuesta a hacer de esa ocasión una vitrina nacional. Se logró, pese a ella. La selección y la gente tuvo una conexión que la borró y transmitió la imagen al mundo de un México diferente.
La presidenta, que nunca hizo nada por la selección, quiso montarse en ella al final de su participación e invitar al equipo a un evento multitudinario en Palacio Nacional. Problemas logísticos lo impidieron y evitaron su aprovechamiento electoral de un grupo de mexicanos que le devolvieron el orgullo nacional a todos, pese a sus gobernantes.
La presidenta estuvo ausente de la fiesta mexicana, pero nadie la extrañó. El Mundial provocó tanto interés en los mexicanos que hasta las guerras entre los cárteles bajaron su intensidad y los asesinatos bajaron casi a la mitad. El remanso no significó que la realidad se modificara; solo entró en una pausa que, al día siguiente de que México perdió con Inglaterra y fue eliminado, se acabó.
Se renovaron las imputaciones contra el gobernador interino de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y la defensa irrestricta de Sheinbaum a quien Estados Unidos señala de coludirse con el narco para ganar elecciones. Lo mismo hizo con la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, que comenzó a colaborar con las autoridades de ese país que la investigan de vínculos con el crimen organizado. La etiqueta de "narcogobierno" con el que cada vez más se identifica al de Andrés Manuel López Obrador, queda cincelado más profundo en el imaginario colectivo, pese a su desesperación por evitarlo.
No va a poder lograrlo. Vienen los estadounidenses por más. Son los mensajes que han llegado a Palacio Nacional. Y aunque esto ya no es nuevo, la interrogante que surge es qué nueva información tiene la presidenta para que ante una llamada de Trump corra a Nueva York. Probablemente se le retorció el estómago, porque en privado lo desprecia y habla muy mal de él. Públicamente presume de tener la cabeza fría que es una forma muy conveniente y convincente para esconder que lo que le tiene es terror.
La presidenta habla mucho con un lenguaje duro contra el gobierno de Estados Unidos que no pasa de ser una mera retórica. Hasta ahora no hay nada que haya dolido en Washington. Puras palabras huecas, que no tienen la menor importancia en Estados Unidos, que trata a toallazos al gobierno mexicano.
Sheinbaum viaja después de otra pésima semana en la relación con Estados Unidos. El viernes no le quisieron recibir en Washington sus cartas de protesta contra la violencia de los agentes migratorios contra mexicanos. Ventanilla equivocada, les dijeron, aprendan mejor dónde están los timbres de las puertas. Y la infección en 34 estados por alientos descompuestos, resultaron ser lechugas mexicanas. En la misma semana, el jefe de la DEA dijo que gobierno y narco en México son la misma cosa. La lista podría aumentar con el seguimiento de temas en el horno que siguen quemando al gobierno, y que ella sigue tratando de minimizar.
La invitación a la final del Mundial, dijo el sábado, es por la buena relación que hay con Estados Unidos. Más palabras huecas y falta de solidez. La relación está peor que nunca. Las humillaciones a ella y a su gobierno no paran, como está, que acude obligada por las circunstancias, lo que lleva a pensar de qué tamaño podrán ser las cosas que le anticiparon que vienen, para que haya guardado su orgullo en la caja fuerte, su discurso soberano lo haya encerrado debajo del tapete y vaya esperando que el costo político que pagará en México sea menor que el beneficio de dar las largas a las acusaciones con políticos vinculados con el narcotráfico que cada vez acercan más la escalera al expresidente Andrés Manuel López Obrador.
X: rivapa_oficial
Por favor no corte ni pegue en la web nuestras notas, tiene la posibilidad de redistribuirlas usando nuestras herramientas.