Cárteles
La 4T y el estallido contra Ovidio
Por Raymundo Riva Palacio
La presidenta se lanza contra un abogado de criminales pero evita el choque frontal contra un Donald Trump cada vez más mercurial e impredecible.

El litigio mediático contra Jeffrey Lichtman, abogado de Ovidio Guzmán López, asimétrico por definición, lo convirtió la presidenta Claudia Sheinbaum, en simétrico al responderle al tú por tú, dándole, como jefa de Estado, interlocución a un defensor de criminales.

Sheinbaum dijo primero que el gobierno de Estados Unidos debía informar a su gobierno del acuerdo con Guzmán López para que se declarara culpable, con lo cual oficializó su colaboración con la Administración Trump.

Lichtman le respondió que su planteamiento era "absurdo". Sheinbaum calificó las declaraciones como "irrespetuosas totalmente a la institución presidencial".

Litchman dijo que como "el pueblo (de México) y yo sabemos", la presidenta "actúa más como el brazo de relaciones públicas de una organización de narcotráfico".

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Sheinbaum contestó que el pueblo de México sabe que no establece ninguna relación de contubernio ni complicidad con nadie. Y dijo que lo demandaría por difamación, un delito que no existe en el Código Penal, pero que su consejera jurídica presentó como una demanda por daño moral.

Menos de 72 horas después, el presidente Donald Trump, en televisión nacional, frente a su gabinete en la Casa Blanca y los líderes del Congreso, dijo: "Los cárteles tienen una influencia enorme en México. Quiero ser amable al respecto. Lo estoy intentando. (Los cárteles) ejercen un control muy fuerte sobre México. Tenemos que hacer algo al respecto. No podemos permitir que eso suceda. Las autoridades mexicanas están petrificadas. Están atemorizadas de presentarse en sus oficinas. De ir al trabajo porque los cárteles tienen un control tremendo sobre México, sobre los políticos y sobre las personas que resultan electas".

"¿Cómo dijo él?", respondió Sheinbaum al día siguiente. ""Que tenemos miedo o no sé qué. Pues no, claro que no... No queremos polemizar públicamente al tú por tú. No nos ayuda. Lo que sí es que decimos lo que pensamos y defendemos la soberanía. Y no nos agachamos. En este caso, con sus declaraciones, pues son de la manera que él dice que tenemos nosotros (sic)".

En la síntesis de sus posiciones esta semana, salió a responderle a Lichtman, pero a bajar la cabeza ante Trump. El abogado emitió una opinión al llamarla publirrelacionista del crimen organizado, pero el presidente de Estados Unidos la llamó miedosa -a ella y a toda la clase política-, dijo que los cárteles tienen un control enorme en el país que gobierna, que les tienen miedo y que van a hacer algo, dejando en el aire lo que significa esa advertencia.

La presidenta tiene que aguantar las puñetazos de Trump no por ser una indigna cobarde, sino porque el bien mayor, el último, no es ella, sino el futuro de 130 millones de mexicanos.

Sheinbaum no es consistente. Si quiere defender la soberanía de México, como el presidente de Brasil, Luis Inazio Lula da Silva, que no acepta las agresiones de Trump, rebatir al abogado y demandarlo es actuar en el vacío. Si a Lichtman lo va a llevar a tribunales mexicanos una frase, con Trump debería hacer lo mismo, o cuando menos, enviar una nota de protesta al Departamento de Estado para emitir un "extrañamiento" por las palabras del jefe de la Casa Blanca.

No lo hará. Trump la ha utilizado como piñata cada vez que quiere, dejándola como una gobernante débil frente a los cárteles de las drogas, y ella tiene que aguantar. Dice que actúa con la cabeza fría, pero cada vez parece más un comportamiento de miedo y, por tanto, de subordinación.

La 4T y el estallido contra Ovidio

Se metió indignada contra Litchman porque no vale nada, en términos de política estratégica, pero es distinto con Trump. La viabilidad económica no solo de su gobierno, sino de su movimiento, el régimen y su gobierno, depende de tener una buena relación comercial con Estados Unidos. A diferencia de Lula, que gobierna un país que tiene como principal socio político y comercial a China, México depende casi en su totalidad del mercado estadounidense y, en la actualidad, de los humores, favores, concesiones y la piedad de Trump.

La presidenta tiene que aguantar las puñetazos de Trump no por ser una indigna cobarde, sino porque el bien mayor, el último, no es ella, sino el futuro de 130 millones de mexicanos. La responsabilidad que tiene con el país es mayor que la subordinación, que debe ser vista como una estrategia y no como una actitud de debilidad.

Pero si esta es su realidad, sobran sus bravuconadas como las que suele tener diariamente con quien no es Trump, y esos arranques de enojo nacionalista porque un abogado de criminales le dijo una cosa, que es poco si se compara con cómo ella se ha expresado de otros. No puede presumir cabeza fría con el toro loco de la Casa Blanca, y cabeza hirviendo y mecha corta con el resto de la humanidad. Si quiere que la respeten todos, deben ser congruente y consistente, firme y sin zigzagueos.

Es la presidenta de México, a quien las condiciones políticas y económicas actuales no le dan espacio ni remansos para recurrir a las payasadas retóricas matutinas del expresidente Andrés Manuel López Obrador para tender cortinas de humo. Nadie antes había enfrentado a un presidente de Estados Unidos con la virulencia mercurial y el poder que ejerce Trump. Los mexicanos, sin distinción ni posición la respaldaremos, pero como la jefa de Estado que es, no como una militante partidista que gobierna solo para un segmento de la Nación. Con seriedad, no con frivolidades. Mucho está en juego para todos, para que no ajuste su comportamiento.

rrivapalacio2024@gmail.com

X: @rivapa_oficial

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