En Miguel Hidalgo, Mauricio Tabe Echartea parece confirmar que la alcaldía le queda grande. Tan grande, que decidió jugar a ser ahora canciller. |
Hay alcaldes que gobiernan su territorio. Y hay otros que gobiernan su ego. En Miguel Hidalgo, Mauricio Tabe Echartea parece confirmar que la alcaldía le queda grande. Tan grande, que decidió jugar a ser ahora canciller.
Su ocurrencia de "reubicar embajadas" no es convicción política. Es otra cosa. Un absurdo discurso, una simulación de poder que no tiene y no le alcanza. Las embajadas no son locales comerciales que se mueven por consigna ideológica, ni puestos ambulantes que se reubican por presión, moches o capricho político. No funcionan como aperturas de restaurante irregulares ni como construcciones ilegales con pisos de más. Pretenderlo no es valentía: es imaginar que el poder local es algo que no es y actuar como si pudiera imponerlo.
Un alcalde no tiene absolutamente ninguna atribución en política exterior. No reconoce gobiernos, no decide relaciones diplomáticas, no define el destino de embajadas. Eso es facultad exclusiva del Estado mexicano. Todo lo demás es pose.
Pero el fondo del asunto no es jurídico. Es político. Cuando un alcalde necesita hablar más allá de su territorio es porque dejó de escucharlo. Es el reflejo del mini canciller: cuando la gestión local no alcanza para construir autoridad, se busca una épica más grande, más ruidosa, más lejana. Enemigos externos, antagonismos imaginarios, conflictos ajenos, discursos grandilocuentes. Todo sirve si distrae de lo que no se está resolviendo en casa.
Miguel Hidalgo no es un tribunal ideológico. No está para repartir certificados morales ni para juzgar conflictos internacionales desde una oficina administrativa. Gobernar una alcaldía es hacerse cargo de la vida cotidiana: seguridad, convivencia, servicios, espacio público. Todo lo que no entra en la diatriba, en la consigna, en el eslogan que sustituye a la gestión.
Hay además una contradicción que termina de desnudar el asunto. México ha sido históricamente un país de refugio. Muchas embajadas atienden a personas que ya rompieron con sus regímenes: exiliados, migrantes, gente que huyó de la persecución y que hoy busca regularizar su vida, trabajar, estudiar y vivir en libertad aquí. Estigmatizar o expulsar simbólicamente esas representaciones no "castiga a ningún gobierno autoritario". Complica la vida de personas reales que ya tomaron la decisión más difícil: irse.
Decir que "aquí la libertad se defiende" mientras se obstaculiza a quienes la ejercen no es defender la libertad. Es usar la palabra como consigna vacía. Es confundir Estados con personas, ideología con derechos. Y esa confusión, históricamente, siempre termina mal.
Convertir una demarcación en plataforma personal para cruzadas ideológicas no es liderazgo. Es irresponsabilidad. Es reducir un gobierno local a una escenografía.
Los dichos de Tabe son jurídicamente inválidos, administrativamente inútiles, institucionalmente vergonzosos y políticamente oportunistas. El problema no es que opine. El problema es que actúe como si gobernara algo más grande de lo que realmente gobierna.
Ese es el síndrome del mini canciller: cuando no alcanza el gobierno, pero sobra la pose.
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