Un hartazgo legítimo, secuestrado por los mismos de siempre. |
En casi todo el mundo, las grandes irrupciones juveniles han sido verdaderos temblores políticos. Ahí están las huelgas climáticas de 2019, cuando más de seis millones de jóvenes paralizaron ciudades exigiendo acción contra la crisis ambiental -solo en Alemania hubo 1.4 millones-, y cientos de miles marcharon en Australia, Reino Unido, Italia o Canadá. O la marcha más grande de Chile, con 1.2 millones en Santiago y más de tres millones en todo el país en 2019, un estallido sin líderes partidistas visibles que empujó un giro político completo. Esas son movilizaciones donde la juventud se reconoce, se apropia del espacio y dicta su propio relato: nadie habla por ellos.
Con ese espejo internacional, era natural que en México surgiera expectativa alrededor de la llamada marcha de la Generación Z, esa etiqueta que nació en redes para agrupar a jóvenes nacidos entre 1997 y 2012, la generación que creció entre crisis, violencia normalizada y una relación rota con el Estado. El hartazgo juvenil es real; aparece en universidades, trabajos precarios, diagnósticos de salud mental y redes donde la ironía es síntoma y refugio. Y si alguna causa podía detonarlo, era la violencia: el asesinato del alcalde de Uruapan, la impunidad que no afloja, la sensación de vivir entre crisis permanentes.
Pero lo que vimos el 15 de noviembre no fue un despertar generacional ni un intento fallido: fue una oportunidad desperdiciada.
La marcha convocó a miles. El gobierno capitalino habló de 17 mil asistentes, cifra retomada por El País, ABC, Reuters y buena parte de la prensa internacional. Las imágenes aéreas lo confirmaban: una movilización relevante, pero lejos de cualquier parámetro global de irrupción juvenil. No porque hubiera poca gente, sino porque hubo pocos jóvenes. El País lo dijo sin rodeos: "escasa afluencia de jóvenes". AP, Al Jazeera, Sky News y The Guardian subrayaron lo mismo: marcha importante, sí, pero con un perfil mayoritariamente adulto. A eso se sumó un saldo de más de 100 policías heridos, 20 detenidos y choques que terminaron por dominar la conversación.
¿Por qué en México no ocurrió lo que en otros países? Porque el movimiento fue secuestrado por los mismos de siempre.
A diferencia de los movimientos juveniles que cuidan la distancia con los partidos -justo para no contaminar su legitimidad- aquí varias figuras opositoras no pudieron resistirse. Se colocaron al centro del encuadre. Guadalupe Acosta Naranjo, Fernando Belaunzarán, Emilio Álvarez Icaza -todos orbitando en el mismo ecosistema de Somos México- pasaron de aliados a voceros, de acompañantes a protagonistas. La estética juvenil exige anonimato, horizontalidad y ruptura con la política adulta; aquí se entregó el micrófono a los de siempre.
Y luego estuvo el activismo estridente. Vicente Fox, desde días antes, empujando la marcha como una especie de convocatoria personal. Ricardo Salinas Pliego, amplificando el movimiento como si fuera parte de su propia cruzada contra el gobierno. No fue respaldo: fue protagonismo. Cuando los referentes clásicos del viejo régimen aparecen al frente de la protesta, la etiqueta "Generación Z" empieza a desdibujarse.
A eso se sumó otro problema: los jóvenes que terminaron como voceros visibles tenían militancia abierta en el PAN o el PRI. No hay nada malo en militar, pero es insostenible vender una causa como "apartidista" cuando tus portavoces tienen filiación pública. La generación Z, más que ninguna otra, exige coherencia. Y aquí simplemente no la encontraron.
Del lado del gobierno, la respuesta no fue muy atinada. En lugar de separar ruido digital de agravio real, decidió deslegitimarlo todo: bots, Atlas Network, financiamiento extranjero, una campaña de 90 millones de pesos. Esa narrativa -aun si tiene piezas verificables- terminó mezclando a jóvenes genuinamente agraviados con estructuras políticas reales, y convirtió la protesta en un tablero binario: gobierno vs. oposición, guinda vs. azul. Lo más predecible, lo menos generacional.
La prensa internacional captó la mezcla. Reuters habló de un movimiento donde "reclamos juveniles se entrelazaron con actores políticos opositores". AP lo describió como "Gen-Z styled", pero nutrido por sectores más amplios y no necesariamente jóvenes. The Guardian lo insertó en la creciente tensión política del país. Al Jazeera lo consideró una crítica al gobierno, pero impulsada también por opositores veteranos. El País remarcó que faltó juventud. La narrativa, para bien o para mal, quedó escrita fuera antes de que aquí termináramos de discutirla.
Y sin embargo, en medio de ese ruido, hubo destellos de autenticidad. Jóvenes indignados, entrevistas donde repetían "no me importa quién convocó, vine porque tengo miedo", la presencia simbólica de One Piece como metáfora generacional -más resistencia que protesta- y un sentimiento compartido: el país no les está ofreciendo futuro. Pero esos gestos se perdieron entre los empujones de una oposición ansiosa por capitalizar.
Nada de esto significa que la marcha "no valió la pena". La libre expresión es un derecho que se le debe garantizar a cualquiera, más aún a una generación que creció entre guerra contra el narco, pandemia y precariedad. Significa reconocer que había un momento, un tono y una oportunidad política que podían detonar algo mayor... y que se diluyeron entre protagonismos indebidos y reflejos de siempre.
La pregunta no es si fueron 17 mil o 20 mil. La pregunta es si la generación joven podrá recuperar su voz sin prestársela a quienes llevan décadas monopolizando la conversación. Porque el hartazgo juvenil es real, profundo, transversal, sin distingo de partidos.
Si algo dejó claro el 15 de noviembre es que México sí tiene una juventud dispuesta a romper inercias, pero también una clase política -la oposición- demasiado tentada a usarla como escenografía.
Y esa es, al final, la crítica más dura: no fueron los jóvenes los que quedaron a deber. Fueron los mismos de siempre, incapaces de entender que la Generación Z merece algo mejor.
Por favor no corte ni pegue en la web nuestras notas, tiene la posibilidad de redistribuirlas usando nuestras herramientas.