Las etiquetas que ponemos antes de preguntarnos qué hay detrás. |
Durante muchos años dejamos la salud mental encerrada en un consultorio, como algo privado, incómodo, de lo que no siempre se hablaba con la familia, con los amigos y mucho menos en el trabajo. Mientras tanto, afuera seguimos poniendo nombres mucho más sencillos a aquello que no entendemos: "está loco", "es bipolar", "es obsesivo", "qué intenso", "es insoportable", "es un irresponsable", "sólo quiere llamar la atención". Expresiones que escuchamos todos los días en una oficina, una escuela, entre amigos, dentro de una familia o en una relación de pareja y que utilizamos para explicar rápidamente una conducta que nos desconcierta o nos molesta sin detenernos a pensar qué puede haber detrás.
Quizá ahí está nuestro primer error: hablamos siempre del otro, del compañero difícil, de la pareja complicada, del niño que no pone atención, del amigo obsesivo o de la persona que reacciona de una manera que no comprendemos. Pero también podríamos ser nosotros. Podemos llevar años normalizando determinadas conductas, desarrollando mecanismos para adaptarnos o simplemente pensando que "así somos", sin preguntarnos nunca si detrás existe algo que valdría la pena conocer. A veces un diagnóstico llega en la infancia y otras mucho más tarde. Saberlo no cambia quién eres, pero puede ayudarte a entender una parte de ti que durante años no comprendiste.
Y detrás pueden existir realidades completamente distintas que tampoco deberíamos revolver. Neurodivergencia no es sinónimo de enfermedad mental. El autismo o el TDAH no son lo mismo que el trastorno límite de la personalidad (TLP), el trastorno bipolar o un trastorno de ansiedad; el TOC tampoco significa simplemente ser ordenado u obsesivo y tener un estilo de apego evitativo no equivale por sí mismo a tener un trastorno mental. Parece una distinción de especialistas, pero entenderla importa porque cuando mezclamos todo terminamos poniendo etiquetas sobre personas que muchas veces ni siquiera conocemos.
El universo es mucho más amplio de lo que solemos imaginar. Están el espectro autista y el TDAH, pero también la dislexia, el síndrome de Tourette y otras condiciones del neurodesarrollo; están el TOC, los trastornos de ansiedad, la depresión, el trastorno bipolar, el TLP, el estrés postraumático y otros trastornos de personalidad. También están los estilos de apego -seguro, ansioso, evitativo o desorganizado- que pueden ayudarnos a comprender determinadas maneras de relacionarnos, pero que no son por sí mismos diagnósticos psiquiátricos. No todo es una enfermedad, no todo es una discapacidad y no todo es neurodivergencia, precisamente por eso necesitamos hablar con mayor información y dejar los diagnósticos a los profesionales.
Los ejemplos están alrededor de nosotros. -Alguien con TDAH puede olvidar una cita, interrumpir una conversación, perder cosas, saltar entre temas o tener enormes dificultades para organizar una tarea y desde fuera convertirse rápidamente en "irresponsable" o "desinteresado". -Una persona con TOC puede comprobar varias veces algo, realizar determinados rituales o quedar atrapada en pensamientos intrusivos que le provocan una angustia que los demás no alcanzamos a ver y escuchar simplemente "ya déjalo" o "no pasa nada". -Alguien con TLP puede experimentar emociones y relaciones con enorme intensidad, temor al abandono o dificultades para regular lo que siente y terminar etiquetado como "dramático", "conflictivo" o "manipulador". -Una persona con ansiedad puede evitar una reunión, paralizarse ante determinada situación, necesitar salir de un lugar o experimentar físicamente una angustia invisible para los demás y ser juzgada como débil, grosera o poco comprometida.
También está el autismo, que durante demasiado tiempo hemos entendido desde estereotipos. El espectro es precisamente eso, un espectro, y puede manifestarse de maneras muy diferentes. Hay personas que pueden experimentar dificultades con ciertos códigos sociales, necesitar rutinas o vivir con particular intensidad determinados sonidos, luces, texturas o estímulos; algunas aprenden además a ocultar o compensar características para desenvolverse socialmente y pueden pasar muchos años sin un diagnóstico.
Y quizá una de las palabras que peor utilizamos sea "bipolar". Se la ponemos a cualquiera que cambia de opinión o pasa de estar contento a estar enojado, cuando el trastorno bipolar implica episodios clínicos de depresión y de manía o hipomanía con características específicas. No es simplemente cambiar de humor durante el día. Ahí comienza buena parte del problema: cuando aquello que no entendemos lo convertimos en un defecto de carácter y entonces el TDAH se vuelve irresponsabilidad, el TOC una manía, la ansiedad debilidad, el TLP drama, determinadas conductas relacionadas con el autismo se convierten en "rareza" y la bipolaridad termina reducida a "locura".
Eso tampoco significa irnos al extremo contrario. Un diagnóstico no justifica cualquier comportamiento ni elimina la responsabilidad que todos tenemos sobre la manera en que tratamos a los demás. Comprender no significa justificar, significa tener más herramientas para saber qué ocurre, buscar atención profesional, establecer límites, hacer ajustes cuando sean necesarios y evitar que el desconocimiento de unos y otros termine provocando todavía más daño.
Hay además otra realidad de la que hablamos poco: mucha gente no quiere saber. Hay quien lleva años sintiendo que algo ocurre pero evita acudir con un profesional por miedo al diagnóstico y, sobre todo, por miedo a lo que vendrá después. ¿Qué van a pensar de mí? ¿Qué pasa si se enteran en mi trabajo? ¿Mi pareja comenzará a verme diferente? ¿Mi familia me tratará como una persona enferma? No es un miedo inventado. La Organización Mundial de la Salud ha advertido que el estigma y la discriminación continúan siendo barreras para buscar atención y pueden aparecer en hogares, escuelas, centros de trabajo, comunidades e incluso dentro de los propios sistemas de salud.
Y entonces llegó la pandemia. No creó el TDAH, el autismo, el TOC, el trastorno bipolar o el TLP, pero el aislamiento, la incertidumbre, el miedo, las pérdidas, la convivencia prolongada y la ruptura de las rutinas sometieron nuestra salud mental a una presión extraordinaria. La OMS estimó que durante el primer año de la pandemia la prevalencia mundial de ansiedad y depresión aumentó alrededor de 25 por ciento y señaló entre los factores el aislamiento social, la soledad, el miedo al contagio y la muerte, el duelo y las preocupaciones económicas. Para algunas personas fue también un momento para comenzar a preguntarse por qué reaccionaban, sentían o procesaban determinadas situaciones de una manera distinta; quizá algo estaba ahí desde mucho antes y el cambio radical de nuestras vidas simplemente hizo imposible seguir ignorándolo.
La emergencia sanitaria terminó, el problema no. Esto ocurre todos los días en una escuela, cuando un estudiante es castigado por una conducta que nadie se ha detenido a comprender; en una oficina, cuando alguien prefiere esconder un diagnóstico por temor a ser considerado menos capaz; en una familia, cuando una condición termina interpretándose como mal carácter; o dentro de una pareja, cuando dos personas pueden hacerse muchísimo daño intentando interpretar comportamientos para los que ninguno tiene herramientas.
Y aquí también hay una responsabilidad pública. El tema ya comenzó a entrar al Congreso de la Ciudad de México y eso es importante. Legisladores de diferentes fuerzas políticas han presentado propuestas relacionadas con neurodivergencia, autismo, inclusión, accesibilidad y salud mental. Este septiembre, por ejemplo, la diputada Diana Barragán, presentó una iniciativa para reformar los artículos 2, 4 y 11 de la Constitución capitalina y reconocer expresamente a las personas neurodivergentes.
Es un avance, pero quizá sea momento de ir más lejos. El Congreso podría abrir una discusión mucho más amplia, no solamente entre legisladores, sino con psiquiatras, psicólogos, especialistas en neurodesarrollo, universidades, escuelas, empleadores, organizaciones, familias y, especialmente, con quienes viven diariamente estas condiciones. No se trata solamente de hablar de ellos, sino de escucharlos y permitir que sus experiencias también formen parte de las políticas que pretenden protegerlos.
Porque la Constitución puede reconocer derechos, combatir la discriminación y establecer obligaciones, pero difícilmente puede enseñarnos por decreto cómo mirar a la persona que tenemos enfrente. Esa parte corresponde también a la sociedad. Durante demasiado tiempo convertimos en "rareza", "mal carácter", "exageración", "flojera", "drama" o "locura" muchas cosas que quizá nunca intentamos comprender y también durante demasiado tiempo hicimos que acudir con un psicólogo o un psiquiatra fuera motivo de vergüenza y que recibir un diagnóstico pareciera una sentencia que había que esconder.
No necesitamos convertirnos todos en especialistas ni mucho menos comenzar a diagnosticar a nuestros amigos, compañeros o parejas a partir de lo que vemos en TikTok. Necesitamos información, atención profesional y hablar abiertamente de algo que ya está en nuestras escuelas, trabajos, familias y relaciones, porque quizá no sea solamente el compañero de trabajo, el alumno, la pareja, el amigo o la persona que tenemos enfrente. Quizá también seas tú, quizá sea yo.
Y sí, seguramente todavía nos incomoda hablar de ello, probablemente esa sea la mejor razón para empezar ahora.
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