Te puede gustar o no Bad Bunny. Lo relevante es que, durante 13 minutos, en el epicentro del Super Bowl se alojó una reivindicación del pueblo latino como identidad viva, compleja y colectiva. |
El Super Bowl no solo es el evento anual deportivo más visto del planeta: es una vitrina global donde nada ocurre por casualidad. Por eso, lo que ocurrió en el escenario durante el medio tiempo no puede leerse como un simple show musical. Fue una protesta contemporánea: sin violencia, sin consignas gritadas, sin estruendos discursivos. Una protesta hecha de símbolos -y de mensajes- diseñados para atravesar televisión, redes sociales y algoritmos.
Te puede gustar o no "Bad Bunny". Eso es lo de menos. Lo relevante es que, durante 13 minutos, en el epicentro del Super Bowl -uno de los rituales culturales más potentes y más "propios" de Estados Unidos- se alojó una reivindicación del pueblo latino como identidad viva, compleja y colectiva. Y lo más contundente fue que todo se cantó en español: en el escenario más "mainstream" del país que históricamente ha querido traducirlo todo a su medida.
Uno de los símbolos más efectivo que no pasó desapercibido fue la frase "Together We Are America" escrita en el balón. Cambia el significado por completo. Porque América no es solo Estados Unidos. América son lenguas, acentos, idiomas, migración, historias compartidas. Es Estados Unidos, sí, pero también Puerto Rico (su país natal), México, Centroamérica, el Caribe, Sudamérica y Canadá. Una frase bastó para devolver el nombre a su dimensión real: todos somos América.
Ese mensaje se reforzó con uno de los momentos más emotivos del espectáculo: el desfile de banderas. No como decoración, sino como afirmación. Verlas juntas fue reconocer una identidad continental que suele fragmentarse o invisibilizarse. No había jerarquías ni competencia: había pertenencia compartida. Y sí: Estados Unidos estaba ahí... pero no como dueño del concepto, sino como parte de un continente más grande.
Nada estaba ahí por accidente. La escenografía era memoria: la clásica "casita" puertorriqueña, fachadas de pueblo, comercios, plaza; el campo convertido en un barrio vivo. Había mercado, puestos y comida; hubo incluso una boda real dentro del show. Alrededor: boxeo, tacos, bebidas y convivencia. No como folclor reducido a postal, sino como códigos culturales vivos. La fiesta como resistencia; la celebración como una forma de existir sin pedir permiso.
El momento del niño fue clave. Cuando Bad Bunny le entrega simbólicamente su "Grammy", para muchos fue una metáfora directa: ese niño podría ser cualquiera de nosotros; podría ser el propio Benito mirándose en el pasado. La idea es profundamente latinoamericana: reconocer el esfuerzo cuando el reconocimiento externo no siempre llega; premiarse por haber llegado; sostener la cultura del trabajo, del "sí se puede", de que cualquiera que se propone algo -con disciplina, con hambre y con corazón- puede alcanzarlo.
También el simbolismo del color blanco en el "outfit" importó. No solo como "paz" o "pureza", sino como un lenguaje de vulnerabilidad: un cuerpo visible que, por contraste, recuerda lo que atraviesa a millones en América Latina -desigualdad, racismo, precariedad, migración- y aun así se planta en el escenario más visto del mundo para decir: aquí estamos.
La participación de Lady Gaga cantándole a los latinos invirtió los papeles habituales del espectáculo global. No fue el artista latino adaptándose al centro; fue el centro acompañando una narrativa latinoamericana. Y luego Ricky Martin: no como nostalgia, sino como historia viva. Uno de los primeros en romper fronteras, en enfrentar el racismo y el clasismo cultural, y en abrir camino en una industria que exigía esconder idiomas, identidades y orientaciones. Su presencia recordó también la lucha de la comunidad lésbico-gay por existir sin pedir permiso.
Sobre el escenario apareció la frase que terminó de cerrar el mensaje: "The Only Thing More Powerful Than Hate is Love" (Lo único más poderoso que el odio es el amor). No como consigna ingenua, sino como posicionamiento político en tiempos donde el odio se posiciona, se viraliza, se normaliza... y sí, incluso se monetiza.
Nada de esto fue improvisado. Un evento de este nivel existe por producción previa, patrocinadores alineados y una estrategia cuidada de lo que se quiere comunicar. Y eso no le quita valor a Benito; al contrario, lo refuerza. No fue casual que no saliera "solo": estuvo acompañado por decenas de bailarines, por invitados, por una puesta en escena milimétrica. Hubo un acuerdo para colocar este mensaje simbólico en el escaparate más grande del mundo.
Y aquí entra lo que vuelve todo central: el medio tiempo no es un show para un estadio. Es para el planeta. El año pasado, Nielsen estimó 127.7 millones de espectadores para el Super Bowl, el mayor registro histórico para el evento. Eso es lo que significa poner un mensaje ahí: no se lo dices a un público "estadounidense"; se lo dices a una audiencia mundial que luego lo multiplica en clips, reacciones y conversaciones.
No fue solo entretenimiento. No fue un espectáculo más de medio tiempo: fue dejar plasmado un mensaje sin desatar violencia, sin gritos, sin confrontación directa. Una protesta hecha de simbolismos, música y cuerpos en movimiento; diseñada para televisión, redes sociales y conversación global. Una protesta digna del siglo XXI.
Desde el escenario más visto del planeta se dejó algo simple y profundamente social, cultural y político: que en América no caben las fronteras que excluyen, ni la marginación, ni el racismo, ni el clasismo; que no hay lugar para la vulneración cotidiana de las y los latinos. Se envió un mensaje claro de unidad y de dignificación del pueblo latinoamericano. Y sí, probablemente el espectáculo -como todo en ese nivel- será monetizado una y otra vez por quienes controlan la industria. Pero lo que ya no se puede revertir es el mensaje: en un mundo donde el miedo, el terror y el odio suelen ocupar el centro, el amor, cuando se vuelve colectivo, sigue siendo una fuerza real y poderosa para disputar el sentido de nuestra época.
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