La derrota del presidente Lula Da Silva en la primera vuelta electoral de Brasil detonó una serie de intercambios y lecturas en el entorno presidencial. Un tema de conversación que todavía perduraba en los festejos por el aniversario de Morena en el Auditorio Nacional de la CDMX, en la tarde de este miércoles.
El epicentro del análisis se ubicaba en que el gasto social del gobierno del Partido de los Trabajadores no alcanzó a compensar la avanzada de la oposición encabezada por Flavio Bolsonaro.
Según detallaban aquellos funcionarios que tuvieron contacto con el entorno de Lula, su gobierno invirtió alrededor de 60.000 millones de dólares anuales en transferencias directas a los sectores menos favorecidos, aproximadamente un 3,5% del PIB. En México ese rubro ronda el 2.5% del PIB.
Es un debate de altura porque en el equipo económico de Claudia Sheinbaum se habla cada vez más de la presión que implican los programas sociales en una economía con visibles señales de estancamiento. La pregunta ineludible: ¿Ese esfuerzo de las finanzas públicas se traducirá en votos en la elección de medio termino?
Al interior del gabinete se menciona que los destinatarios de los programas, al tener sus tarjetas y cobrar por sucursales bancarias, con el paso de los meses pierden registro de que ese recurso es una decisión del Gobierno de la 4T.
Los funcionarios encargados de operar los apoyos ya se dedican, mayoritariamente, a entregar tarjetas nuevas o reponer las pérdidas, producto del crecimiento de los puntos de cobro. La conclusión en Palacio es ácida: inicialmente se los veía como grandes operadores territoriales y ahora son empleados de las sucursales de los bancos del Bienestar.
Desde la Secretaría de Hacienda agregan un detalle crucial, en un intento por explicar el revés de Lula: Brasil tiene una inflación subyacente en alimentos entre un punto y un punto y medio por sobre la de México.
Se trata de un detalle crítico. El enviado de LPO a San Pablo, Augusto Taglioni, desarrolló a lo largo de su cobertura de la primera vuelta que, en diversas conversaciones al interior del staff de Lula, se mencionaba que la inflación había atenuado el impacto positivo de los apoyos sociales. Una advertencia directa para el equipo económico de la 4T.
Otra arista decisiva es la de la movilización. La campaña brasilera, igual que la colombiana, donde hace meses también perdió el candidato de centro-izquierda, fueron anticlimáticas, con poco entusiasmo previo en las calles, movilizaciones mesuradas y sin los rastros del fervor de años anteriores.
Un rasgo que instala en Morena la necesidad de insistir con movilizaciones, asambleas y convocatorias al Zócalo bajo la lógica de que apaciguar los ánimos puede ser la tónica del declive. Por eso la necesidad de que el movimiento encuentre una cohesión urgente en los estados que disputará el año próximo.
En Brasil, además, flota la teoría de que a la campaña del PT le costó encontrar grandes temas para movilizar al electorado. En una comparación directa, en el oficialismo mexicano ya hablan sobre cuál será esa agenda para el primer semestre del año que viene.
De momento ese panorama es difuso. El actual periodo legislativo avanza con leyes sobre la ciudadanía de los candidatos, los contenidos digitales o la regulación de la reforma judicial. Son temas que concentran la atención del círculo rojo, pero parecen lejanas al gran público.
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