Diplomacia
Sheinbaum y Trump en la pelea por su voto duro
Por Milton Merlo
En las horas más bajas de la relación bilateral, los presidentes libran sus batallas domésticas. Urgencia electoral y frente migratorio. María Corina en el Capitolio.

 El pasado jueves, después de conversar por más de dos horas con Donald Trump en la Casa Blanca, María Corina Machado se dirigió al Capitolio donde la esperaba un nutrido grupo de legisladores demócratas y republicanos.

En un momento de la reunión el senador republicano Rick Scott deslizó que Trump, pese al proclamado aislacionismo de su movimiento político que urgía por replegar a Estados Unidos de la arena global, había reconfigurado en pocos meses el mapa de asuntos de interés y que el nuevo escenario tenía tres capitales: Groenlandia, Teherán y Caracas.

La avanzada del presidente a tres bandas lo obliga a maniobras internas de cara a las elecciones de medio termino. Esta semana Trump ha recuperado con mayor centralidad el discurso económico, no solo con su intención de remover, a como de lugar, al titular de la Reserva Federal Jerome Powell sino también con anuncios de tinte populista, por momentos, con ecos latinoamericanos.

Trump se manifestado en favor de poner tope a las comisiones de las tarjetas de crédito, de impedir que los fondos de inversión adquieran viviendas y de limitar los grandes salarios corporativos y la recompra de acciones.

Una narrativa sin fisuras internas, tal como lo comprobó el lunes pasado el secretario de Hacienda Edgar Amador, que escuchó en Washington a su homólogo Scott Bessent decir que Wall Street ya había ganado demasiado dinero y que era momento de proteger al consumidor promedio.

La pulsión electoral de Trump y la búsqueda de sostener su base de votantes tiene su impacto directo en México en la cuestión migratoria y la avanzada frenética del servicio de Immigration and Customs Enforcement (ICE), corporación conducida intelectualmente por Stephen Miller, el principal consejero político de la Casa Blanca.

Y es que ante las peripecias globales del presidente, se ha vuelto inevitable aplicar el plan de deportaciones. El pasado miércoles hubo un primer golpe de efecto cuando se anunció la suspensión de visados para 75 países con el argumento de que procesar los permisos sería una carga para el erario estadounidense en favor de quienes llegar al país a "extraer su riqueza". Así lo dijo el portavoz del Departamento de Estado Tommy Piggot.

Lo frontera ha dejado de ser una urgencia en sí misma. En 2025, según la Secretaría de Gobernación, las intercepciones fronterizas se redujeron en un 87%. Ahora Miller va por los migrantes que ya se encuentran dentro de estados Unidos, convencido de que será el vehículo para una buena performance electoral del partido Republicano.

Para tal finalidad, el ICE ya es una de las corporaciones más grandes de Estados Unidos. Conducida formalmente por la secretaria de Seguridad Interior Kristi Noem, tiene 22 mil agentes, más otros 20 mil de la Patrulla Fronteriza. Cuenta con 200 centros de detención y más de 70 mil personas bajo su custodia. En diciembre el ICE recibió un fondo de 280 millones de dólares para pagar a cazarrecompensas que tienen por misión delatar a indocumentados.

Una maquinaria potente que tiene por misión deportar a miles de personas hacia América Latina y que vendría a compensar, en la lectura del ámbito diplomático en Washington, el malestar que genera en los votantes de Trump las incursiones externas del comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo.

El mejor ejemplo de este viraje es el vicepresidente JD Vance, que pasó de combatir en Irak y regresar con un fuerte discurso aislacionista a tener que defender la incursión militar en Venezuela.

"Entiendo la ansiedad por el uso de la fuerza militar, pero ¿acaso debemos permitir que un comunista nos robe nuestras cosas en nuestro hemisferio y no hacer nada? Las grandes potencias no actúan así", escribió el vicepresidente en la red social X el 4 de enero.

Pero no solo es Caracas. Desde que volvió a la Casa Blanca, Trump ha autorizado bombardeos en Yemen, Nigeria e Irán, ha capturado busques petroleros, concentrado un nivel de fuerza naval inédito en el Caribe y ha obligado a la OTAN a suministrarle más armas a Ucrania en la administración de Joe Biden. Una demostración de fuerza que reformatea el mundo pero que empuja a las deportaciones y a hablar mal de los bancos para no perder las elecciones.

La presidenta Claudia Sheinbaum está en una sintonía parecida. No tiene elecciones tan cerca como Trump, pero pelea para conducir a su movimiento y doblegar a sus aliados con una reforma política de la que está convencida.

Así lo reforzó el pasado jueves en la intimidad de su grupo compacto: una reforma que no baje los plurinominales y recorte el gasto en partidos políticos no tiene sentido y deberá posponerse en su discusión.

Un senador del Partido Verde asegura haberle dicho a Sheinbaum que su reforma electoral conduce a la desaparición del Verde y del PT en 2030. Pero la mandataria se mostró imperturbable.

Mientras libra esa batalla no pierde de vista su base electoral que estima, según las encuestas que le acercan, en 7 millones de votantes. Ese sector explica argumentos que dan cuenta de la actual relación bilateral con Estados Unidos: insistir con el envió de petróleo a Cuba, criticar el ataque a Venezuela o impedir que los marines operen en México contra los cárteles.

Tanto para Sheinbaum como para Trump la defensa de la base electoral está por encima de la relación entre ambos países. El problema es que esas líneas no siempre son paralelas y cuando se cruzan aparece el vértigo y el riesgo de un desastre

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