Estados Unidos
Un señor de la guerra
Por Milton Merlo
Trump se juega su segunda administración en un tablero militar de final incierto. El apoyo republicano y la comparación con Venezuela.

 El miércoles pasado, el secretario de Estado, Marco Rubio, protagonizó una serie de conversaciones con diplomáticos caribeños en la isla de San Cristóbal y Nieves. En esa cumbre se habló del futuro de Cuba y, en privado, el secretario señaló que Donald Trump no dudará en usar la fuerza militar para liquidar a un régimen que languidece.

Se mencionó también, a modo de ejemplo, que el mejor momento en cuanto a aprobación de la segunda administración Trump fue el pasado enero con la captura de Nicolás Maduro. A finales de ese mes, The Wall Street Journal señaló que el 92 % de los votantes republicanos apoyaba al presidente.

Rubio, según deslizan quienes participaron de la reunión, fue enfático en que la Casa Blanca tiene respaldo interno para sus incursiones militares. Ese axioma está a prueba desde ayer sábado, cuando Trump se lanzó a una nueva guerra en Medio Oriente con la mayor concentración militar en la región desde 2003, cuando George W. Bush atacó Irak.

Las primeras señales de combate aparecieron, paradójicamente, en la reunión de la Junta de la Paz la semana pasada en Washington. Allí, un funcionario del Departamento de Estado compartió con diplomáticos latinoamericanos una encuesta del medio digital Politico -el más influyente en la capital estadounidense-, que decía que el 65 % de los votantes republicanos apoyaba un ataque contra Irán. México no participó del foro, pero envió al embajador ante las Naciones Unidas, Héctor Vasconcelos, como observador.

Allí también se dijo, siempre en privado, que el votante de Trump apoyaba operativos militares concretos, de gran impacto, sin bajas en las tropas y de corta duración, que no costaran pérdidas duraderas al erario; una conversación llamativa considerando que el encuentro era para hablar de paz.

La definición ganó estatus público una semana más tarde, concretamente el jueves pasado, cuando el vicepresidente JD Vance, histórico crítico de la guerra en Irak, le dijo a la prensa que Trump nunca apoyaría una intervención militar de larga duración en el extranjero, sino solo operaciones para objetivos puntuales.

Pero las primeras señales de la incursión contra Irán no parecen las propias de un ataque relámpago. Ayer sábado, el presidente dijo en Mar-a-Lago que los ataques aéreos se podrían extender a lo largo de toda esta semana y "el tiempo que haga falta".

Al mismo tiempo, Irán, a diferencia de Venezuela, desató un vendaval de misiles contra los aliados de Washington en la región y atacó, incluso, el aeropuerto de Dubái, así como bases militares de Estados Unidos.

La otra diferencia con Venezuela es que Irán es un país de extensa geografía, con más de 93 millones de habitantes, diferentes credos religiosos y un esquema político de alto componente teocrático que, de momento, no hace visible una transición al estilo de Delcy y Jorge Rodríguez en Caracas.

Por cierto, este fin de semana adquirió pleno sentido un comentario que la encargada de negocios de Estados Unidos, Laura Dogu, suele hacerle a políticos chavistas y diplomáticos latinoamericanos: "A Maduro le fue relativamente bien". Por estas horas no se sabe si la funcionaria se refería al general Qasem Soleimani, a quien Trump ordenó ejecutar en su primer mandato, o si Dogu ya sabía lo que le esperaba al ayatolá Alí Jamenei.

Esa pulsión militar de Trump motivó este fin de semana que senadores y congresistas abandonaran sus estados para regresar de urgencia a Washington y comenzar a pedir -especialmente los demócratas- una reunión del Congreso para discutir si el presidente tiene autorización para una guerra contra Irán sin el visto bueno del Poder Legislativo. Es el mismo debate sobre los aranceles, ya resuelto por la Corte Suprema, pero ahora bajo la urgencia de una escalada militar de final incierto.

Los demócratas intentarán desde mañana limitar los poderes de guerra del Ejecutivo, pero el trámite es complejo: en 1983, la Corte en Washington concluyó que, si el Congreso limita esa capacidad del comandante en jefe, el presidente puede vetar la votación y luego, para que esta sea oficial, se requieren los dos tercios de cada cámara.

No hay antecedentes de que el Congreso haya podido frenar la planificación bélica de un presidente. En el primer mandato de Trump se buscó limitar su escalada en Irán después de la muerte de Soleimani y también el apoyo a la guerra de Arabia Saudita contra Yemen; Trump vetó las dos resoluciones.

Sin control del Congreso, ante la angustia de sus aliados extranjeros y las dudas del Pentágono, el presidente republicano ingresó ayer sábado a un escenario que definirá su segunda administración cuando faltan solo ocho meses para las elecciones de medio término.

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