Cumbre
AMLO, Biden y la conexión sudamericana
Por Milton Merlo
Acuerdos y silencios tras la Cumbre de CDMX. Blinken satisfecho. Regreso complicado a Washington.

 La actualidad de América Latina fue el punto de mayor sintonía en las conversaciones que sostuvieron Joe Biden y Andrés Manuel López Obrador esta semana en la Ciudad de México. Fundamentalmente dos ejes: la concordancia en la defensa del gobierno de Lula Da Silva en Brasil y el silencio absoluto sobre la destitución de Pedro Castillo en Perú.

Los dos asuntos tenían en la previa su cuota de densidad. El ataque a instituciones de gobierno en Brasilia por parte de una turba bolsonarista los días pasados fue entendido por Washington como una embestida a la democracia y, concretamente, como una afrenta hacia quien Biden quiere como su socio regional que es Lula. De hecho, el presidente de Estados Unidos llamó a Lula desde México, lo respaldo y lo invitó a Washington el mes que viene.

López Obrador, en tanto, en ninguna conversación privada sacó a relucir cierta información diplomática que llegó desde la representación mexicana en Brasil que sugería que Lula pudo haber dejado correr el descontrol para ahora iniciar una persecución de bolsonaristas. Al contrario, López Obrador se sumó gustoso a un comunicado conjunto con Estados Unidos y Canadá donde se promueve una "salvaguarda de las instituciones democráticas".

Lo que agradó particularmente a Biden y al secretario de Estado Anthony Blinken es que López Obrador suscribió la tesis de que la democracia es valiosa y que está en riesgo. Este es un axioma inamovible de la actual administración demócrata y que tiene su base en el ataque al Capitolio del 6 de enero del 2021 por parte de una turba de seguidores de Donald Trump.

Un tema que también tiene su peso en la relación bilateral entre México y EU porque los demócratas suelen asimilar a López Obrador con Trump bajo la lógica de que no creen en la democracia liberal. Desde esa óptica se entiende, por ejemplo, la batalla de Morena contra el INE o la militarización extrema de la seguridad.

La captura de Ovidio Guzmán, otro asunto tratado con máximo sigilo en la Cumbre, también abona a esta satisfacción de Blinken con México porque el Departamento de Estado siguió de cerca el rol del Cartel de Sinaloa en procesos electorales en el país. La caída de Ovidio es un golpe a la noción de "narcoestado" tan presente en el "desk" encargado de Venezuela en Foggy Bottom.

El mutismo sobre el drama peruano fue otra concordancia. El entorno personal y familiar del presidente mexicano, el mismo que lo convenció de no ir a la Cumbre de las Américas el año pasado, está convencido de que Castillo fue removido del cargo gracias a una supuesta conspiración entre militares peruanos, empresarios mineros y la embajadora estadounidense en Lima, Lisa Kenna, ex funcionaria de la CIA y cercana a Trump.

Pero López Obrador guardó silencio. No habló con Biden del arresto de Castillo, no sacó el tema y este no apareció en ninguna declaración. Washington respalda al nuevo gobierno de Lima y Blinken no tiene interés en remover a la embajadora Kenna.

Enigma: ¿Hasta qué punto el silencio presidencial tiene conexión con el dato que llegó hasta la Cancillería mexicana de que algunos militares que propiciaron el arresto de Castillo tienen vinculación con grupos criminales mexicanos?

Esta sintonía tiene hándicap porque la percepción que deja la Cumbre en el gabinete de López Obrador es que Biden cada vez va a estar más enfocado en la política exterior porque su situación interna se vuelve difícil por el rol prominente de los republicanos en la Cámara de Representantes y por el estallido, esta semana, de un asunto delicado relacionado con ciertos documentos clasificados que fueron encontrados en un think-thank de Washington que Biden fundó cuando dejó de ser vicepresidente de Barack Obama. Un símil del affaire Mar-a-Lago pero con un poco más de distinción. 

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