Saciar el apetito de Washington es cada vez más complejo. La élite mexicana duda sobre el tipo de cooperación que mantiene Sheinbaum con EU. |
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha ocupado cabeza y energía en desfondar -por lo menos mediáticamente- a sus adversarios internos. La mayoría de quienes la desafiaron desde su candidatura única de facto y durante su primer año de gobierno padecen la erosión reputacional en la opinión pública. Si bien ese desgaste proviene, en parte, de la propia ineptitud y soberbia de estos personajes, también se explica a partir de la operación poco sutil de los propagandistas disfrazados de periodistas cercanos a Palacio Nacional e incrustados en diversos medios.
Sin embargo, la confirmación de Reuters sobre una lista de 50 políticos mexicanos con visa estadounidense cancelada reactiva la duda poco discutida en exteriores pero sistemáticamente referida en el epicentro de la élite mexicana desde hace meses ¿hasta dónde está dispuesta a cooperar la mandataria con EU para consolidar su liderazgo y, al mismo tiempo, ofrecer gobernabilidad sin ruptura entre sus huestes?
Los descalabros públicos de alcaldes, gobernadores, legisladores, los hijos del ex presidente AMLO, así como operadores electorales del partido en el poder (Morena) y sus estrafalarias vidas y multimillonarias e inexplicables cuentas han permitido a Washington alimentar la narrativa de que el narcotráfico y las autoridades de México rebasaron su histórica convivencia y que, desde la estrategia de "abrazos no balazos" promovida en el sexenio pasado por el líder moral, se configuran como una misma fuerza que simula gobernar el país.
De confirmarse la decisión estadounidense de retirar visas a personajes señalados por sus vínculos con el crimen organizado, la presidenta mexicana afrontaría un escenario complejo que rememora al Plan Colombia que tuvo origen en 1998. Dicho plan trazó una estrategia de "ayuda" en términos de fuerza operativa y judicial desde Estados Unidos que buscó solventar la incapacidad y el vacío institucional del país andino para hacer frente al cáncer que que devoraba cada resquicio de su sociedad.
El diagnóstico de Donald Trump ha sido consistente: Sheinbaum es una mujer "hermosa" y "elegante" pero México está dirigido por el narcotráfico. Lamentablemente, la natural asimetría de fuerzas entre México y Estados Unidos, tiene como aderezo esta percepción que crece con episodios de desestabilización que semana a semana se replican en distintas entidades con escenas violentas que exhiben la supremacía del crimen organizado.
En los últimos meses, la "cooperación" entre ambas naciones ha permitido que 50 líderes del narcotráfico que estaban en cárceles mexicanas fueran enviados a Estados Unidos para terminar de ser castigados. Mucho se ha cuidado la narrativa para evitar el uso del concepto "extraditable", sin embargo, en la práctica, el individuo que adquiere esa etiqueta se describe como aquel que cumple las condiciones para ser entregado por un país a otro para que sea procesado o cumplimente una pena por delitos cometidos en detrimento de dicha nación.
En términos llanos, el Estado mexicano está cediendo a Estados Unidos su capacidad de castigar a los criminales, lo cual refuerza la tesis de una tropicalización del Plan Colombia que en una de sus etapas más álgidas (entre 1984 y 1991) permitió el envío de 500 criminales a EU. En ese momento, Pablo Escobar, líder del cártel de Medellín convirtió el concepto de "Los extraditables" en una bandera de resistencia. "Preferimos una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos". Su deseo se cumplió... con la injerencia de agentes estadounidenses en suelo colombiano.
México vive un momento que asemeja la presión que dio origen al Plan Colombia pero con diferencias relevantes. La administración de Donald Trump ha firmado distintas órdenes ejecutivas que la habilitan para dejar de tratar a los cárteles de la droga como redes económicas ilícitas para ser concebidas como enemigos armados. Ahora se usan conceptos como "narcoterrorismo" cuando se juzga a los líderes del crimen organizado, al tiempo que se faculta a sus agencias para sancionar, perseguir extraterritorialmente y realizar operaciones letales.
Es decir, en comparación con el pasado en el que había un "acuerdo" explícito sobre la "ayuda" que EU ofreció a Colombia, ahora los estadounidenses se autoconcedieron el permiso para intervenir sin consultar y de acuerdo a su conveniencia.
Sheinbaum enfrenta un dilema que ningún manual de poder resuelve: proteger a sus correligionarios aunque los desprecia y le estorban, o permitir que Washington haga la limpieza de su casa mientras ella observa en silencio. En ambos caminos se juega su autoridad.
Si los defiende, asume el costo político de encubrirlos; si los entrega, acepta la narrativa de que la justicia mexicana sólo opera cuando Estados Unidos lo decide.
Su subordinación a Palenque o su subordinación a Washington no parece tener escapatoria y elegir cualquiera de los dos caminos definirá su sexenio.
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