Nuevo León
La 4T y sus muertos vivientes
Por Miguel Ángel Romero Ramírez
Con los señalamientos desde Washington y las pugnas internas, el partido oficialista avanza hacia un escenario de ingobernabilidad.

La corrupción detrás del huachicol fiscal, el desabasto de medicinas, el INSABI, Segalmex, las adjudicaciones directas en la refinería Dos Bocas, el Tren Maya, así como los vínculos con el crimen organizado, han dejado una estela de muerte política entre personajes que la presidenta Sheinbaum heredó de Andrés Manuel López Obrador. En el marco del internacionalmente conocido Día de Muertos, los stakeholders del país elevan su expectativa sobre quiénes continuarán en el 2 año de gobierno y quiénes -por su radioactividad- serán escondidos o relevados rumbo a las elecciones intermedias.

Si bien la lógica de Palacio Nacional es deshacerse de los cadáveres políticos para no arrastrar su desprestigio en la lucha por las 17 gubernaturas, los personajes sin pulso - aunque igualmente forman parte del partido que la llevó a la silla presidencial- se han afianzado como la verdadera oposición a la mandataria. A eso habría que sumar la agresiva agenda de Washington, que bajo el liderazgo de Donald Trump, considera que el Estado mexicano está secuestrado y, por ende, dirigido por los carteles de la droga.

Se trata de un doble proceso de depuración que irremediablemente impactará en la gobernabilidad del país. Mientras la presidenta necesita limpiar su entorno para configurar su autoridad, el gobierno estadounidense presiona -so pretexto de la seguridad nacional- para demostrar su ascendencia geopolítica en la región. La cancelación de las visas a legisladores, alcaldes, gobernadores, empresarios e integrantes del gabinete presidencial identificados como parte del profundo andamiaje del narcotráfico es apenas el inicio de la reprimenda.

La necropolítica simbólica, en este contexto, parece servir a una agenda binacional. Para quienes conocen los resortes del poder la pregunta de cuándo cae el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, qué pasará con Andy López Beltrán, el hijo del ex presidente AMLO, -señalado de liderar una poderosa red de corrupción-, hasta cuándo habrá recambio en las coordinaciones del Morena en el Congreso, es totalmente irrelevante. Todos ellos pueden seguir en sus cargos. Son muertos vivientes.

Norberto Bobbio escribió que las democracias rara vez mueren de golpe; se pudren lentamente. La frase encierra una advertencia que hoy parece escrita para México: los regímenes hegemónicos confunden su estabilidad con salud, su duración con legitimidad. La Cuarta Transformación vive en esa paradoja. Sobrevive en términos de estructura y potencia electoral pero se degrada moral y políticamente. Gobierna pero cada vez persuade menos.

El poder de Sheinbaum encarna la fase que Bobbio llamó "decadencia silenciosa de las formas": la política se conserva en apariencia, pero su espíritu se agota. La presidenta mantiene los rituales del sistema -informes, conferencias matutinas, reformas, giras- mientras el Estado mexicano padece la metástasis institucional.

Lo que debería ser combate a la corrupción se ha convertido en una penosa gestión del miedo. La presidenta usa los silencios de Washington para disciplinar a los suyos, mientras las agencias estadounidenses aprovechan el discurso doméstico de limpieza para afianzar su influencia.

Sheinbaum encabeza un régimen que conserva su arquitectura democrática mientras erosiona su sustancia. No hay contrapesos visibles, pero sí un creciente vacío de legitimidad. Busca mantener la ilusión de control, pero cada semana se enfrenta al recordatorio de que los muertos caminan. Las viejas redes del obradorismo siguen activas en secretarías, congresos y gobiernos estatales.

El país vive un perverso equilibrio: demasiados vivos sin poder y demasiados muertos con influencia. Cada semana, un nuevo escándalo de corrupción que afecta a algún personaje heredado por AMLO se promueve desde Palacio Nacional ¿Quiénes sobrevivirán?

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