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Una dirigencia de adorno
Por María Scherer
Alcalde subestimó la naturaleza salvaje de la política partidista; en el partido se sobrevive por la capacidad de repartir juego y de castigar a quien se sale del huacal, capacidades que no quiso o supo ejercer.

 Se nos vendió la llegada de Luisa María Alcalde a la dirigencia nacional de Morena con fanfarrias, el gran relevo generacional. Se nos dijo que su juventud y su paso por dos secretarías más pesadas del gabinete -Trabajo y Gobernación- eran credenciales suficientes para institucionalizar un movimiento que operaba como una asamblea universitaria. Ese liderazgo se ha desgastado antes de que termine el primer semestre de su gestión y lo que dejó no es la consolidación de un partido moderno, sino el naufragio de una figura que parece más cómoda en la oratoria oficialista que en la negociación política. Alcalde resultó ser la administradora de una herencia que le queda grande, atrapada en una estructura donde las decisiones cruciales se tomaban en despachos que no son el suyo.

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Alcalde heredó una maquinaria electoral inmensa, pero también un partido que es un archipiélago de tribus en conflicto, contenido solo por el fresco recuerdo de su fundador. Su principal encomienda era la unidad, que en el léxico morenista es sinónimo de sumisión. Pero la unidad no se decreta; se construye con una mano izquierda que Alcalde, al parecer, no posee. En lugar de depurar un padrón de militantes que es un misterio o de establecer reglas que frenen el canibalismo interno, su dirigencia optó por el inmovilismo. Bajo su mando, Morena dejó de ser un movimiento vibrante para convertirse en una burocracia en la que el mérito se mide por la docilidad.

Es imposible analizar el fracaso de Alcalde sin mencionar la sombra que proyecta la Secretaría de Organización, donde Andrés López Beltrán opera como el verdadero arquitecto del poder. Esa sombra redujo a Alcalde a ser el rostro público del partido, una portavoz ornamental, una figura cuya función era dar la cara mientras la estructura se reparte en la oscuridad. En los estados, la militancia espera con rabia (y en algunos casos con resignación) cómo el partido se llena de arribistas de la peor calaña, exgobernadores del PRI y operadores del PAN que hoy recitan los mandamientos de la moralidad transformadora. Alcalde ha validado este pragmatismo, al permitir que el partido se convierta en una agencia de colocación de impresentables con tal de mantener una hegemonía electoralmente rentable. En el terreno legislativo y en la relación con los gobernadores, la falta de una línea política clara desde el CEN fue alarmante. Los caciques locales detectaron esta debilidad, se fueron por la libre y desvirtuaron el proyecto nacional en favor de sus agendas regionales. Alcalde subestimó la naturaleza salvaje de la política partidista; en el partido se sobrevive por la capacidad de repartir juego y de castigar a quien se sale del huacal, capacidades que la dirigente no quiso o supo ejercer. El resultado es un partido que gana elecciones por inercia, pero que se está desmoronando por dentro y que repite de manera monótona las frases del sexenio pasado.

Las diferencias y tensiones entre Alcalde y Andy López Beltrán existieron desde el primer momento.

El balance de Luisa María Alcalde es el de una oportunidad desperdiciada. Morena se encamina a ser un cascarón vacío, una estructura hueca que, como el PRI en su etapa terminal, confunde la obediencia con la lealtad y el control territorial con la legitimidad social. La mística del movimiento se ha diluido en un mar de burocracia y mercadotecnia política barata. Si la misión de Alcalde era salvar al partido de sus demonios, pues los demonios no solo van ganando, sino que se sentaron a la mesa de la dirigencia con el visto bueno de quien debería estarlos combatiendo. El tiempo de la gracia se terminó; lo que queda es el espectáculo de una descomposición que hasta los morenistas perciben en el ambiente.

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