La revocación de visas no pretende derrocar a un partido; busca imponer costos y acumular piezas para apretar a Palacio Nacional.
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Andrés Manuel López Beltrán decidió enviar una carta de tres cuartillas al presidente de Estados Unidos para exigirle, entre reclamos por la revocación de su visa, la destitución inmediata de Marco Rubio y de Christopher Landau. Que un cuadro del movimiento de la presidenta, que diariamente eleva la no intervención al rango de dogma sagrado, le pida a Trump despedir a la cúpula de su polÃtica exterior es un chiste que se cuenta solo. El gesto está más cerca del berrinche que de la diplomacia. No es posible que asuma que en el Despacho Oval sobra tiempo para atender querellas burocráticas de un polÃtico mexicano menor, por más que sea hijo de quién es. La carta buscaba salvar algo que le importa más que su visa: su carrera polÃtica.
Andy López Beltrán es un ciudadano común. Pero desciende del fundador del régimen, fue operador clave de Morena y ahora aspira a una curul. Nadie en Estados Unidos ni en México puede leer su airado reclamo como la carta de un particular agraviado. Si el argumento oficial es que los ciudadanos de a pie gozan de libre albedrÃo para opinar sin ataduras, la misma regla ampara a Landau al soltar ironÃas desde sus redes. Lo que el episodio deja al descubierto es que la soberanÃa, en la narrativa claudista ha dejado de ser un principio para convertirse en un escudo: se blinda ante el escrutinio exterior, pero se diluye cuando se trata de repartir lecciones fronteras adentro.
La anécdota de la carta, sin embargo, oculta otro fenómeno, mucho más denso. Por lo que se sabe, ya son cerca de cincuenta los gobernadores, alcaldes fronterizos y legisladores que han perdido la visa estadounidense. SerÃa fácil interpretar esto como quiere Morena, una embestida doctrinaria contra ella, pero la explicación responde a algo más simple: Morena controla aduanas, fronteras y la mayorÃa de los estados. Si el Departamento de Estado revisa la estructura polÃtica mexicana, la enorme mayorÃa de los expedientes pertenecerá al partido gobernante. La revocación de visas no pretende derrocar a un partido; busca imponer costos y acumular piezas para apretar a Palacio Nacional.
La fuerza de esta medida radica también en el silencio. Estados Unidos no tiene por qué exhibir pruebas ni justificar sus listas y no hay quién lo obligue; la opacidad mantiene el instrumento listo para activarse de nuevo cuantas veces sea necesario. Sheinbaum lo sabe, y esto también explica la postura de la Presidencia de la República, que en la misma mañanera puede acusar injerencismo y, de inmediato, garantizar que la relación bilateral goza de cabal salud. En el fondo reconoce que la factura la están pagando quienes han caÃdo o están por caer en el purgatorio de los desvisados.
La carta es un despropósito en sà misma, pero su peor desacierto es que le demuestra al poderoso vecino del norte que su estrategia sigue funcionando. Hasta antes de las demandas de Andy, el retiro de una visa era un golpe más discreto; tras su queja, se convirtió en una crisis muy ventilada y en un trofeo para Washington. Hacia el inminente futuro electoral de 2027, además, la sombra de estas listas amenaza con convertirse en un filtro informal pero rotundo para definir candidaturas. La viabilidad de las figuras locales ya no dependerá únicamente de los consensos partidistas o de las urnas, sino del miedo a un veto silencioso que no da razones y no rinde cuentas. En la asimetrÃa que no es novedad, el gobierno de Estados Unidos encontró otra palanca de presión muy eficaz y le recordó a Sheinbaum que después de Rocha Moya la cuenta no se ha saldado. Ya truenan las palomitas.
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