Opinión
Morena en piloto automático
Por María Scherer
Morena llega a la antesala de 2027 como una fuerza hegemónica indiscutible, pero no sin fisuras que podrían comprometer su estabilidad a largo plazo.

 En el tablero político mexicano, los rumores sobre cambios en la cúpula del poder a veces funcionan como termómetros de tensiones internas. La reciente ola de especulaciones sobre la posible salida de Luisa María Alcalde de la presidencia de Morena se inscribe en esta lógica. Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum ha salido a desmentir tales versiones y respaldar la gestión de la joven dirigente, el episodio lleva a reflexionar sobre la arquitectura del partido oficialista de cara a las elecciones intermedias de 2027. ¿Qué problema buscaría resolver la presidenta con su permanencia o su eventual relevo en un momento de supuesta consolidación del segundo piso de la transformación?

Morena llega a la antesala de 2027 como una fuerza hegemónica indiscutible, pero no sin fisuras que podrían comprometer su estabilidad a largo plazo. Bajo la superficie de la unidad, el partido enfrenta tensiones evidentes con sus aliados, el PT y el Verde, quienes han dejado ver fricciones derivadas de la conducción de la reforma electoral y el reparto de posiciones territoriales. Al interior, el conflicto es de otra naturaleza, más metabólica: un partido que crece a una gran velocidad y que debe arbitrar permanentemente entre corrientes locales, liderazgos regionales y la disciplina que emana del centro, todo esto sin rupturas públicas. Por eso, la figura de la dirigencia es la pieza maestra del control de daños y la administración de ambiciones legítimas.

La gestión de Luisa María Alcalde ha sido la de una operadora eficiente y de lealtad probada. Su mayor activo es la simbiosis total con el proyecto presidencial, primero con Andrés Manuel López Obrador y ahora con Claudia Sheinbaum. Como figura de una nueva élite política joven, ha proyectado una imagen de renovación generacional sin romper con los principios fundacionales del movimiento. Además, su paso por la Secretaría del Trabajo -donde gestionó aumentos históricos al salario mínimo- le otorga un peso político que trasciende lo partidista. Bajo la dirigencia de Alcalde, la estructura territorial de Morena se ha aceitado y los procesos de selección interna no se han desbordado de manera caótica (todavía) y ha mantenido la cohesión en una coalición muy heterogénea.

Frente a la posibilidad de un cambio, el cálculo político es delicado. Un relevo podría mandar una señal de corrección interna, pero abrir la sucesión interna tan temprano podría exacerbar las disputas entre las distintas facciones internas

Las voces críticas señalan que el manejo de los conflictos internos ha sido, en el mejor de los casos, preventivo y administrativo: se han contenido las crisis de candidaturas, pero no se han resuelto las causas que generan estas disputas. La falta de institucionalización, que se suma a la áspera relación con los aliados de coalición que ven amenazada su propia relevancia, constituye el flanco más débil de la actual administración partidista.

Frente a la posibilidad de un cambio, el cálculo político es delicado. Un relevo podría mandar una señal de corrección interna y permitir la entrada de perfiles con mayor capacidad de conciliación, capaces de recomponer la mesa de negociación con el PT y el Verde, que serán decisivos para mantener las mayorías legislativas en 2027. Pero abrir la sucesión interna tan temprano podría exacerbar las disputas entre las distintas facciones que conviven bajo el paraguas de la Cuarta Transformación y provocar una fragmentación que el movimiento no puede permitirse. La señal de continuidad enviada desde la Presidencia sugiere que, por ahora, considera que el riesgo de inestabilidad provocado por un cambio de mando supera con creces el costo del desgaste acumulado por la actual dirigencia.

En última instancia, el éxito de Morena hacia la segunda mitad del sexenio no dependerá solo de un líder, sino de su capacidad para transitar, finalmente, de un movimiento electoral a una institución política estable y autónoma. La permanencia de Alcalde se justifica como una apuesta por la estabilidad y la unidad, pero si el partido no logra procesar su pluralidad interna y consolidar una voz que trascienda la reacción a la agenda presidencial, la dirigencia podría terminar desgastada. Por ahora, la disciplina se ha impuesto sobre la renovación.

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